Oscar Wilde señaló en alguna ocasión que no existen libros morales ni inmorales, sino los bien escritos y los mal escritos. Esta afirmación nos invita a llevar a cabo tres reflexiones para comenzar el año y sobre los libros que nos depara 2012: es duro ser escritor, los libros no tienen moral y la lectura de ficción es ficción y sólo debe ser vista con criterios estéticos

 

Todo comienza con un paso. Las distintas culturas de la humanidad se han visto en la necesidad de buscar un lugar mejor; desde los antiguos humanos, quienes, al no saber cómo sembrar y cultivar, anduvieron errantes por el mundo, hasta los inmigrantes del subdesarrollo que, hoy día, parten a buscar suerte en una tierra que no es la que conocen. O aquéllos que temen por su seguridad y huyen para proteger su vida. El principio es el mismo: el bienestar se termina, la vida sigue

 

Muchos especialistas en poseía prefieren dejar el poema a la interpretación del lector, y esto dicho como autores y lectores. Sin embargo, la anécdota que produjo estas páginas podría haber provocado una novela, un ensayo o un buen libro de cuentos: el silencio de los jornaleros que día a día pueblan los surcos de la tierra que nunca será de ellos.

(Extracto de la Presentación del poemario “Tierra de fantasmas”, escrito por Martín M. Carracedo Navarro.)

 

La palabra crimen tiene dos connotaciones, la primera y más conocida, es aquélla que se refiere al asesinato. Es decir, a la acción voluntaria de matar a una persona, a la intención de terminar con la vida de alguien. La segunda se refiere a la comisión de un acto de gran maldad, negligencia o irresponsabilidad cuyas consecuencias son graves y nocivas para los semejantes. Es decir, tenemos por un lado que crimen es el asesinato de un individuo, y por otro, el sinónimo de un perjuicio colectivo. Ambas connotaciones son igualmente nocivas y una forma parte de la otra. Toda agresión a un individuo repercute en lo social. Y viceversa

 

La poesía es una mejor manera de comprender las cosas a partir de referentes aparentemente ambiguos, discordantes o contradictorios. En este caso, el tema es la desigualdad, que dicho sea de paso, es preciso combatir. La lucha contra la desigualdad -y por ende a la pobreza- en un contexto como el nuestro, ya no es solamente un asunto ideológico o un imperativo moral; se ha convertido, o debería convertirse, en una política de seguridad pública. Neruda lo advertía: la pobreza (que no los pobres) es una amenaza, es ese barco a punto del motín que nos conduce a una tormenta de sangre

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¿Por qué alguien en el ocaso de su vida tendría que cambiar su manera de ver el mundo, sus creencias y sus actos? ¿Hay necesidad de ello, cuando lo que se espera de los años por vivir es calma y se tiene todo para alcanzar ese buen fin? 

 

A todos nos preocupa el porvenir, no podemos evitarlo, como no podemos evitar hacernos preguntas y planes al respecto,ya como individuos, ya como sociedades. Sin embargo, el futuro no existe. El futuro es una construcción simbólica de algo que no ha pasado, es una idea. No hay manera de afirmar categóricamente qué es o qué no es, o qué será, o cómo pasará. Tan sólo podemos hacer aproximaciones, y éstas siempre serán desde nuestro aquí y ahora, con los sesgos que ello implica. Ya sean ideales o apocalípticas, las versiones proféticas que se han tenido a lo largo de la historia cambian constantemente, pasando del optimismo más ingenuo (incluso ramplón), a la incertidumbre o, bien, a la desolación absoluta

 

Negro y profundo como un cuervo. Así es el lado oscuro del alma, donde agazapados, descansan nuestros miedos, siempre listos a saltarnos a la yugular. Los seres humanos, desde siempre, hemos experimentado una relación extraña con los temores personales más hondos, llegando incluso al culto por ellos. Así fue que construimos las diferentes nociones que tenemos del bien y del mal, siendo este último, la abstracción de todo lo que nos resulta una amenaza para el cuerpo físico. O peor aún, condena para el alma

 

Afirmar la existencia de libros que nos han cambiado la vida es incurrir en un viejo lugar común que colma los labios cual caramelo. Nunca está de más empeñar nuestra palabra para rendir testimonio del cambio experimentado en nosotros, invitando otra alma a una lectura entrañable. Dicho lo anterior, pongo sobre la mesa una que me resulta necesaria para ahuyentar el miedo que me infunde la muerte (la mía y principalmente la de mis seres queridos): El mundo según Garp, de John Irving

 

La orfandad de un niño despierta tanto lo mejor como lo peor en quienes lo rodean. No faltará quien tienda la mano generosamente, como no faltará quien busque abusar de la situación, valiéndose de los más ruin 

 

El 2010 fue el año de las conmemoraciones inmensas, la del centenario de la Revolución Mexicana y la del bicentenario de la Independencia. Algunas personas, deseosas de un cambio, apostaban con esperanza y cierto romanticismo a qué éste año sería el que marcaría un reacomodo en las estructuras sociales y políticas. No fue así.

 

Quienes lo vivimos, lo recordaremos como el año en que murieron más de 15,000 personas en una guerra sin ideología, ni propósito de cambio. Una guerra vista por un Coloso, un gigante vacío, mudo y desechable que paseó su señorío la noche del 15 de septiembre, ante miles de personas ignorantes de su identidad (de la identidad del Coloso, aclaro). Jorge Ibargüengoitia lo afirmó hace décadas: los mexicanos confundimos lo grandioso con lo grandote, y el dispendio de recursos en dicha celebración lo confirma: lo nuestro, lo nuestro, es lo grandote.

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