Mentir es un proceso cognitivo bastante complejo, necesita información, agilidad mental y pensamiento lógico para llevarse a cabo. No es un talento (aunque en algunos lo parezca), pues requiere de experiencia. Cuando niños y borrachos no mienten, suelen exhibir las pretensiones, puestas en escena y convencionalismos del mundo adulto y por ello son objetos de descalificación. Con los borrachos, esto no es mayor problema. A fin de cuentas son (somos) individuos constituidos. Los niños en cambio, al estar formando su personalidad y recibir una descalificación o castigo por decir lo que piensan, se enseñan a mentir, o por lo menos, a guardar silencio y reprimir sus opiniones. Por supuesto habrá los que aprendan que las opiniones son posturas personales, que estas no son bien recibidas por todo el mundo (ni deben serlo) y que disentir no es un crimen. Estos últimos tendrán posibilidades de ser adultos honestos en el futuro, aunque estén sobrios.
La novela Kensington gardens, de Xabier B. Fernández, es una entrañable adaptación de Peter Pan a la Inglaterra “tatcheriana” de los años setenta, con el movimiento punk como telón de fondo. En ella un Peter Punk rabiosamente inconforme adoctrina a su pandilla de chicos perdidos (todos traficantes y delincuentes) en su rencor por la generación que los precede, afirmando que todo adulto es un asesino que ha matado por lo menos a un niño: al que fue en el pasado.
No es descabellado pensar en que los niños puedan odiar a su predecesores, y menos en un contexto como el nuestro. Un principio de civilización y humanismo en toda sociedad es cuidar de los vulnerables, principalmente de los que son personas en formación, y justo vivimos lo contrario. Como sociedad, estamos cancelando toda posibilidad de formación y bienestar en la infancia, parecemos émulos de Cronos; asustados de que nuestros hijos crezcan para derrocarnos, los devoramos cuando aún no pueden defenderse.
No sólo parece aberrante, lo es.
Tan sólo en los medios masivos hemos sido testigos del adiestramiento en asesinatos para “El Ponchis”; del circo mediático y jurídico del caso de la niña Paulette (digno de un cuento de Edgar Allan Poe); de la indiferencia e impunidad ante el incendio en la guardería ABC, con sus casi cincuenta muertes infantiles; de la protección a pederastas pertenecientes al clero o las cúpulas empresariales y políticas; de las escandalosas cifras de obesidad infantil, aderezadas con los entrenamientos en escuelas públicas para saber cómo reaccionar ante fuegos cruzados entre el gobierno y el crimen organizado; de la tolerancia a redes de explotación sexual en menores de edad; de las contrataciones a menores como mano de obra barata y sin derechos, así como de los sistemáticos asesinatos a adolescentes en distintos estados de la república. Para rematar este cuadro goyesco, el espacio que debería garantizar una formación académica, cívica y humanística, que es la educación pública, deja mucho que desear.
Chicos ansiosos por dejar de serlo
Con panorama tan desolador (¿qué no sucederá en el ámbito privado?), no es difícil comprender que haya chicos ansiosos por dejar de serlo. En la novela Uno soñaba que era Rey, de Enrique Serna “El Tunas” es un niño de la calle que sufre por no tener vello púbico, y en sus viajes de cemento añora crecer para convertirse en policía judicial y no buscar quien se la hizo, sino quien se la pague. La historia se escribió en 1986, y ya advertía las consecuencias de pervertir a la población más joven del país al despojarles de un presente –su infancia– y educarlos en un sistema que rendía culto a la corrupción, el clasismo, la hipocresía, la doble moral y el tráfico de influencias.
Comencé este texto con el ejemplo de Bukowski en el tren. El poeta (y borracho) californiano no tiene empacho en confesar que para reconocer lo obvio precisó del sentido común de un chaval de seis años. Habría que consultar a los niños sobre que les parece este contexto tan adverso, ese mar oscuro y negro. “No es hermoso”, responderían algunos. Y tendrían razón.
