01.03.11

El fulgor de la basura

por  Rogelio Flores
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El 2010 fue el año de las conmemoraciones inmensas, la del centenario de la Revolución Mexicana y la del bicentenario de la Independencia. Algunas personas, deseosas de un cambio, apostaban con esperanza y cierto romanticismo a qué éste año sería el que marcaría un reacomodo en las estructuras sociales y políticas. No fue así.

 

Quienes lo vivimos, lo recordaremos como el año en que murieron más de 15,000 personas en una guerra sin ideología, ni propósito de cambio. Una guerra vista por un Coloso, un gigante vacío, mudo y desechable que paseó su señorío la noche del 15 de septiembre, ante miles de personas ignorantes de su identidad (de la identidad del Coloso, aclaro). Jorge Ibargüengoitia lo afirmó hace décadas: los mexicanos confundimos lo grandioso con lo grandote, y el dispendio de recursos en dicha celebración lo confirma: lo nuestro, lo nuestro, es lo grandote.

 

El surrealismo –tan tan aficionado al arte de dinamitar estatuas–, se caracterizó por ser un movimiento artístico virulento y combativo; siempre se manifestó en contra del poder, afirmando que la raíz de todos los totalitarismos era el culto a la figura paterna. En los años sesenta, el surrealista Antonin Artaud visitó nuestro país y se refirió a ello en una conferencia, reflexionando sobre la correspondencia entre los conceptos “padre”, “patrón” y “patria”. Patrón y patria son derivaciones del primero de ellos. Es decir, un patrón es el “padre” que tenemos en el trabajo así como la patria es la “figura paterna” (femenina, pero paterna, para pláceme del psicoanálisis) de todos los que nacimos en el mismo país. Obvio, a cualquier figura de esta triada se le debe respeto y obediencia total, una fe ciega.

No es un escenario agradable, pensar en ello nos reduce a que en el ámbito laboral y civil vivimos en una infancia mental permanente. Debemos obedecer porque desconocemos lo que es mejor para nosotros, como sí lo saben nuestros distintos “papás”, a quienes amamos y tememos. Ser un “mal patriota”, de acuerdo a esta reflexión, es equivalente a ser “un mal hijo”. No amar incondicionalmente al país, o tolerar que se le injurie o critique, es como permitir que se insulte u ofenda a nuestro padre y por ende, a nosotros, su imagen y semejanza.

Según la Real Academia Española (tan políticamente correcta y mesurada), el patriotismo es “el amor a la patria”, así, sin más. Esta definición, que sin ánimos de menospreciar a la Academia parece corta, podríamos complementarla con la del célebre Diccionario del diablo del escritor norteamericano Ambrose Bierce, para quien patriotismo es la “basura combustible dispuesta a arder para iluminar el nombre de cualquier ambicioso”. Bierce prosigue: “En el famoso diccionario del doctor Johnson, el patriotismo se define como el último recurso de un pillo. Con el respeto debido a un lexicógrafo ilustre, aunque inferior, sostengo que es el primero”.

En el mismo sentido, Oscar Wilde opinaba que el patriotismo es la virtud de todos aquellos que carecen de virtudes. Así, en el discurso de los no virtuosos, es tolerable ser injusto, corrupto y autoritario, siempre y cuando se sea un patriota. Para ejemplificarlo (y darle la razón a Johnson, Bierce, Wilde y Pacheco, de manera absoluta), baste recordar la tristemente célebre Ley Patriota emitida por Estados Unidos en 2001, permisiva ante distintos tipos de abusos, toda vez que estos apelaran a la defensa del bien común abstraída en la idea de “la Patria”.

Amar a una abstracción es fácil y dicho sea de paso, útil para quién otorga significado a esa abstracción fulgurante. Pero, ¿dónde queda lo demás, los territorios, la cultura y la historia de un pueblo? Y principalmente, ¿qué lugar ocupan su gente, sus derechos? ¿No habríamos primero de amar y defender a las personas (y no por el hecho de pertenecer a la misma patria, sino por el simple hecho de ser personas)?

 

        Los poetas dan voz a lo innombrable, a lo paradójico, a todo aquello que lo racional apenas puede acercarse. Sus poemas son revelaciones cuyo

sentido  cobra vida cuando las leemos, son profecías que comienza el autor y culminamos los lectores. En nuestro contexto reciente, Alta traición, de José

Emilio Pacheco ilumina las tinieblas de los sentimientos encontrados del mexicano promedio. Lo cito: No amo mi patria. / Su fulgor abstracto /es inasible. /

Pero (aunque suene mal) /daría la vida /por diez lugares suyos, / cierta gente, /puertos, bosques de pinos, / fortalezas, / una ciudad deshecha, / gris,  

monstruosa, / varias figuras de su historia, / montañas / -y tres o cuatro ríos.

 

Es curioso cómo los gobiernos neoliberales y sus clases políticas buscan seducir ciudadanos y electores apelando a los sentimientos patrios o nacionalistas, cuando en su cruzada globalizadora han sido ellos mismos quienes han minimizado todo rasgo de identidad y pertenencia en sus ciudadanos, a la vez que han relativizado el significado de lo referente a la patria. Tal parece que la abstracción de “patria” es moneda de cambio, y que como en las economías bursátiles, su valor sube y baja indistintamente, siendo ellos y nadie más, los depositarios de su significado y valor de uso.

Es ahí donde radica lo trascendente de Alta traición. Su primer verso es una sentencia demoledora: no amo a mi patria; de ahí en adelante, el poema enlista todo aquello por lo que vale la pena jugarse la vida: el territorio y su gente; sus edificaciones, su historia y cultura. Si todo lo anterior; lo que une a quienes nacieron en el mismo pueblo, no es la patria. ¿Qué es la patria entonces: un mero discurso?, ¿sería pues, un acto de alta traición, dudar de este discurso?

Tal parece que sí. Todo comentario crítico –interno o externo- es tomado como afrenta a la patria; todo cuestionamiento, como un acto de deslealtad (cuando el poderoso es tan delicado, algo extraño pasa).

La idea de la patria, impuesta y sin significado, ahí está, es evidente. Parafraseando a Ambrose Bierce y a nuestro gran poeta, José Emilio Pacheco, la vemos arder en ese fulgor de la basura, iluminando discursos que se pretenden incuestionables. Tanta es la insistencia que parece imposible no sentirse deslumbrado ante su resplandor. Amarlo, es otra cosa.

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