En una callejuela grisácea, o bajo la espesura de los árboles canallas y protectores del campo, brillan con discreción dos pequeñas luces. Son los ojos avispados de alguien que camina en la oscuridad mientras baraja posibilidades en la mente, ideando recursos para llevarse algo al estómago –quizá una golosina- y paliar el hambre. O bien, para conseguir algunas monedas. Únicamente le acompañan las sombras. De la propia, por cierto, ha aprendido a desconfiar. O por lo menos eso quiere creer, pues en verdad aprecia la amistad y la compañía, las charlas interminables. Pero, por ahora, camina solo, quizá un poco melancólico, y lo hace silbando con una extraña alegría, sentimiento compuesto por partes iguales de temor y esperanza. Solamente pueden silbar así los chavales indestructibles; aquellos que cuando están a punto de darse por vencidos ante el mundo descubren que ya no es necesario, que ya no hace falta. Han sobrevivido el paso del tiempo.
La infanciaparece entonces, un recuerdo agridulce. Parece, porque no lo es. Y no es recuerdo porque paradójicamente siempre estará ahí. La infancia es más que ese manojo de años que transcurrieron desde que cobró conciencia hasta que se convirtió en una persona adulta. Es un cúmulo de enseñanzas (buenas y malas, ojalá más buenas que malas), un estado mental permanente; el combustible y el motor que le permitieron caminar y caminar por derroteros inhóspitos, ya fuera solo, ya fuera con un amigo en similares circunstancias. Sí, hubiese querido disfrutarla más, ¿por qué no?, era tan sólo un chico, un chico como cualquier otro. Su nombre no me queda claro. Ni su origen. Pudo ser novohispano, inglés o estadounidense.
Lo cierto es que habitó ese episodio tan difícil como áspero –incluso sórdido- que fue el Siglo XIX para los más necesitados. Y aun así, en medio de ese contexto, salió airoso, en gran medida, gracias a una astucia casi inagotable y a prueba de todo, otra de las características de esos seres indestructibles. De haber sido novohispano, pudo llamarse Pedro, u Oliver, en caso de haber sido inglés. O simple y sencillamente, Huck, de haber nacido en los Estados Unidos de América. Lo que podemos tener por una verdad irrefutable es que fue huérfano. Basta observar cualquiera de sus tres posibles historias para concluir que la dualidad de la naturaleza huma es escalofriante. La orfandad de un niño despierta tanto lo mejor como lo peor en quienes lo rodean. No faltará quien tienda la mano generosamente, como no faltará quién busque abusar de la situación, valiéndose de lo más ruin.
Pedro Sarmiento, mejor conocido bajo el apodo de “Periquillo Sarniento” vagó al filo de la conducta más licenciosa en la colonia españolaque fraguaba su independencia y a la postre sería el México que hoy conocemos. Oliver Twist haría lo mismo en un Londres laberíntico y nada aristocrático, en cuyas entrañas se desenvolvía un mosaico de historias oscuras y delincuenciales. El último, Huckleberry Finn, hizo lo propio en el Mississippi rural y bucólico, donde la esclavitud era cosa de todos los días. El personaje de nuestras primeras líneas puede ser cualquiera de ellos, quienes, además de compartir una situación de precariedad y peligro, son los personajes centrales de tres de las novelas más importantes del Siglo XIX, todas, protagonizadas por niños (aunque lo cierto es que en la primera el personaje crece hasta morir de viejo). El Periquillo Sarniento, Oliver Twist y Las aventuras de Huckleberry Finn, escritas por José Joaquín Fernández de Lizardi, Charles Dickens y Mark Twain, respectivamente,pertenecen a la narrativa decimonónica que buscó condenar la corrupción social, sirviéndose para ello de los personajes en cuestión, niños en un entorno para nada protector.

La primera es una obra picaresca, y por tanto, tiene aspiraciones moralizantes al señalar los vicios en que incurre Pedro, motivado, sí, por un hedonismo, pero también por ambiente descompuesto –que no era otro que el caldo de cultivo de la Guerra de Independencia–, en el que todos transan, abusan, mienten y engañan. Dicha narración fue publicada desde 1816 y no vio llegar su conclusión hasta ya entrados los años treinta, ya culminado el movimiento independentista y con su autor muerto (y excomulgado por la iglesia, por cierto).
La segunda data también de los treinta y nos describe puntualmente el submundo de la explotación infantil, ya fuera mediante trabajos inhumanos y peligrosos como por las redes que obligaban a los chicos al robo y a las chicas a la prostitución. Aunque cabe señalar que Dickens también se da tiempo de señalar la hipocresía de la moral victoriana, capaz de criminalizar la pobreza y la infancia. Nunca murieron tantos niños por problemas respiratorios como entonces, época en la que limpiar chimeneas de carbón era no sólo socialmente aceptado, sino también un castigo común para los menores infractores.
Nuestra tercera historia se publicó en 1884, y narra la historia de Huckleberry Finn y su amigo Jim, quienes cruzan el río Mississippi para escapar de la servidumbre y el maltrato (al primero lo atormenta un padre violento y golpeador, el segundo es esclavo). Dicha obra es la segunda parte de la célebre Las aventuras de Tom Sawyer, sin embargo, al paso del tiempo ha sido reconocida no sólo como superior a su antecesora, sino como una obra maestra de las letras norteamericanas, en gran parte por su visión de la joven y muy contradictoria “tierra de la libertad”, donde la esclavitud de la población negra era moneda corriente (aunque sería, a la larga, motivo de la Guerra Civil Norteamericana).
Los elementos en común de estas tres grandes historias son más de los que se pudiera suponer en un primer momento. Ya se comentó el del uso de personajes infantiles que son entrañables, astutos y simpáticos, y están obligados a capotear las amenazas del mundo adulto. Otro de estos elementos, quizá el más importante, es que las tres novelas referidas son piedra angular de la narrativa en sus respectivos países, ejemplos de la novela social que no sólo condenaron los vicios de su época, sino que influyeron en la toma de conciencia de los lectores ante las problemáticas señaladas. La novela se caracteriza, más allá de su extensión, por presentar ante los lectores el mundo interno de un personaje que vivirá un viaje que la mayoría de las veces, como en los tres casos que nos ocupan, no es fácil. El recorrido presenciado en El Periquillo Sarniento, Oliver Twist y Las aventuras de Huckleberry Finn, no es para nada sencillo. En él desfilan toda serie de vicisitudes,se interponen obstáculos que podrían doblegar a cualquier persona adulta, se aparecenseres grotescos y mezquinos, cuya presencia tan sólo es tolerable por tener su contraparte en las almas bondadosas que le tienden la mano al protagonista, a ese chaval indestructible que si bien lleva su camino de forma melancólica, lo hace silbando con una extraña alegría.
