Por terror entendemos a la suma de nuestros miedos, a ese temor que se ha desbordado y –como un incendio- ya no se puede detener, reduciéndonos a marionetas con los hilos rotos. El terror es el pasaporte a nuestro estado más primitivo y de indefensión absoluta, esa condición animal que considerábamos olvidada, donde una tormenta deja de ser un fenómeno de la naturaleza y se convierte en una señal de infortunio, y la oscuridad deja de ser la ausencia de luz para erigirse como el escenario de nuestras pesadillas. Entonces,y a pesar de todo escepticismo, creemos lo increíble.
Eso es el terror, y Edgar Allan Poe su más grande exponente literario. Nacido en los Estados Unidos, Poe tuvo una vida signada por la tragedia, en la que su mente pudo salir a flote (es un decir) gracias a su pasión por la escritura, que lo llevó a ser uno de los más grandes cuentistas del mundo. Más allá de lo sobrenatural –que a fin de cuentas siempre es una metáfora–, uno de los aspectos más perturbadores en la literatura de terror es su posibilidad de mutar de género para convertirse en algo “realista”. Es decir, en algo cercano a nuestra cotidianidad. Cuando el miedo deja de ser fantástico, y se percibe como aspecto de la realidad, se transforma en terror puro. Más allá de lo monstruoso está lo humano, lo real, lo que existe dentro de nosotros y nuestro semejantes: la locura, la violencia y el crimen.
Gran parte de la obra de Poe podría resumirse en esta triada, generalmente, a través de seres inmersos en sus propios infiernos, como en el caso de El gato negro, El corazón delator, Berenice y demás cuentos, o en el del poema El cuervo. Hay un texto, sin embargo, que si bien nos ofrece un personaje trágico cuyo proceder desencadena una maldición y al terror, se refiere más bien a lo colectivo, a la triada ya referida –locura, violencia y crimen–, pero llevada a cabo por un grupo social. Este relato es La máscara de la Muerte Roja.
EN RESUMEN, LA OBRA TRATA DE LO SIGUIENTE:
Un reino ficticio, pero que pudo (y podría) ser cualquiera, es azotado por una peste: "la Muerte Roja”. Su monarca, el Príncipe Próspero, no pierde el sueño por ello; por el contrario, indiferente al dolor de sus gobernados, decide encerrarse con su corte en un castillo, esperando a que la catástrofe se resuelva por sí misma. Mientras tanto, disfruta no sólo de la tranquilidad de mantenerse incomunicado, sino de todo lujo y placer dignos de su investidura. Afuera la peste arrasa con todo; adentro, los privilegiados viven entregados al hedonismo. Una noche se convoca a un baile de máscaras, y todo transcurre de acuerdo al dispendio y el lujo de un carnaval imperial, hasta que aparece un invitado disfrazado de víctima de la peste. Tal irrupción ofende al anfitrión y sus invitados, así que el individuo recibe la orden de revelar su identidad. Al hacerlo, la persona bajo la máscara resulta ser la misma Muerte Roja. Uno a uno, y comenzando por el Príncipe Próspero, todos los participantes del baile de máscaras mueren horrorizados, bañados en su propia sangre y aislados del mundo exterior.
Resulta interesante observar las reacciones en los personajes. Por un lado, su indiferencia criminal ante el dolor de los desposeídos, condenados a morir ineludiblemente. Si bien el personaje central, el infame Príncipe Próspero lleva su frivolidad hasta este punto, su causa solamente es posible ante la complicidad de sus cortesanos. Él es el personaje que desencadena el cuadro de terror y muerte de la peste llegando a los salones imperiales, pero no experimenta este viaje en la soledad, como la mayor parte de los personajes clásicos de Poe; lo hace acompañado. Y con bombos y platillos, por si eso fuera poco.
Por el otro lado, el baile de máscaras alcanza un punto genial cuando el Príncipe Próspero se considera ofendido por la presencia de alguien disfrazado de víctima. Resulta entonces, un príncipe vano e hipócrita disfrazado de gobernante preocupado. Antes del disfraz no siente pesar alguno por las víctimas de la peste, no es sino hasta que ve a la representación de una de ellas interrumpiendo su fiesta. El disfraz de víctima despierta en él y sus cortesanos una profunda indignación, no así su bacanal, su orgía y su dispendio. Esta doble moral, esta demagogia no resultan poco familiares en nuestros días para los lectores de Poe. Como se mencionó en párrafos anteriores, lo terrorífico en una narración como ésta, no está en lo sobrenatural (la fantasmal Muerte Roja que ha cobrado cuerpo), sino en la posibilidad de que la premisa de la historia (Próspero y sus cortesanos, cerrándole las puertas a la realidad y el dolor de los otros) sea parte de nuestra vida cotidiana.
¿Cuántos rostros podrían anidar bajo el disfraz fantasmal?, ¿la pobreza, la enfermedad, la miseria, el hambre, el deterioro ambiental, la desigualdad, la inseguridad desatada por el crimen organizado? Temo decir, no sin terror, que quizá todos. Sería bueno que todos los Príncipes Prósperos se prepararan a desenmascarar su Muerte Roja, y que sea antes de que sea demasiado tarde.•


Rogelio Flores
Escritor. Cursó estudios de Ciencias de la Comunicación en la UNAM, de Creación Literaria en la Escuela de Escritores de la SOGEM (Sociedad General de Escritores de México), y de Realización Cinematográfica en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de Cuba (EICTV). Ha colaborado en publicaciones como Arcana, Cambio y El Semanario. Es coautor de los libros de cuento Abreletras, Prohibido fumar: cuentos contra la represión, Palabras Malditas y Códices en el asfalto; y autor de Adiós, Princesa y Rocanrol Suicida, también de cuento. Recientemente,ganó el concurso Palabras Malditas.
