01.09.11

Una Necesidad Muy Grande

por  Rogelio Flores
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¿Por qué alguien en el ocaso de su vida tendría que cambiar su manera de ver el mundo, sus creencias y sus actos? ¿Hay necesidad de ello, cuando lo que se espera de los años por vivir es calma y se tiene todo para alcanzar ese buen fin? 

Más que las ideas y nuestros dichos, a los seres huma­nos nos definen los actos con los que nos relacio­namos con nuestros se­mejantes y enfrentamos la realidad. Cuando en ellos se deja ver una in­tención por conservar las estructuras sociales, políticas, económicas y morales como siempre han estado (léase “siempre” como una figura retórica, veleidosa e incluso bursátil), se habla de conservadurismo. Es decir, un conservador es quien quiere conservar las cosas como están, como le gustan o mejor le convienen, llámese así a un partido, un pueblo, gobierno o indivi­duo; en el imaginario popular solemos atribuir esta cualidad de conservadurismo a quien de­fiende valores y tradiciones de una época pa­sada. Así pues, los atavismos son conceptos relacionados con una imposición cultural de las generaciones que nos preceden; aquellos que tienen la costumbre habitual de oponerse a los cambios y el progreso.

Un concepto relacionado al de conservar es el de sostener: sustentar o ser el sustento de algo, dejar reposar sobre sí una idea, un credo o un principio. Lo anterior viene a colación por una serie de cuestionamientos personales he­chos alrededor de la figura de los adultos mayo­res a propósito de una novela imprescindible.

En 1994 Antonio Tabucci publicó una pe­queña novela, cuyo título es Sostiene Pereira. Su trama da cuenta de un periodista conserva­dor, viudo, hipocondríaco y solitario, quien se enfrenta a temas que lo superan: el temor a la muerte y el terror a la vida, principalmente. Sin embargo, el observatorio desde el cual se plan­tea sus dilemas existenciales no es la angustia, sino la rutina, incluso la comodidad. Hombre de horarios y costumbres, día a día cumple sin mayor complicación su trabajo como director de la sección cultural del Lisboa, periódico del Portugal salazarista del siglo XX; teniendo por interlocutor con el mundo al retrato de su espo­sa muerta y como alimento espiritual la lectura de literatura francesa de siglos pasados.

El único rasgo de humanidad que parece definirlo como un ser vivo es una permanente obsesión por la muerte. A pesar de ser católi­co practicante, Pereira no cree en la resurrec­ción de la carne ni en la vida eterna, y por ello le angustia su muerte inminente, obsesión que ha alimentado siempre, desde que en su infan­cia su padre fuera propietario de un negocio de pompas fúnebres (llamado La Dolorosa, por cierto), hasta la ejecución del siniestro trabajo periodístico que hizo durante toda su vida: la elaboración de necrologías de personajes tan ilustres como inofensivos al poder. Todo en su cotidianeidad parece estar marcado por la muerte… hasta que irrumpe Monteiro Rossi, joven filósofo de izquierdas, alegre, bohemio y romántico, a quien contrata como colaborador en el gris suplemento que dirige.

La amistad con Rossi será como la flama que derretirá lentamente la parafina de su con­servadurismo. A raíz de ese encuentro, Perei­ra notará lo que siempre fue evidente y él no había podido percibir: el clima opresivo de las dictaduras que miran a Europa con lascivia; el cinismo de los intelectuales acomodaticios y el miedo terrible que experimentan los oprimidos y más vulnerables, tanto los judíos perseguidos por los nazis, como los republicanos acosados por el franquismo; todo, ante la complicidad de la policía portuguesa. En este escenario su vi­sión de la muerte (y por tanto, de la vida) expe­rimentará una transformación y dejará de ser espiritual para cobrar un tinte completamente terreno. La muerte ya no será vista entonces como el final de la vida, sino como su terrible ausencia, incluso su prohibición.  

Más adelante los hechos llegarán al cruel asesinato de Rossi en manos de policías. En­tonces Pereira recibirá el empujón que le ha­cía falta, el que lo conducirá por el camino de la libertad, de la emancipación personal con la que denunciará el homicidio fascista y tomará partido sin importar que se fracture el orden bajo el que ha vivido toda su vida (y para el que ha trabajado). Con ello, Tabucci pone sobre el tablero literario el compromiso político del in­telectual. Antes de su transformación, Pereira es colaborador de un periódico que no informa ni da noticias; posteriormente, asume un com­promiso que pone su vida en riesgo.

p.57

Evidentemente, Antonio Tabucci, el autor, es un hombre de izquierda. Y no hay peor peca­do para un escritor de izquierda que caer en la solemnidad panfletaria, el aburrimiento. Con­dición que Tabucci elude de manera brillante. Uno de los (muchos) aciertos de esta novela radica en su narrativa: una especie de infor­me escueto a más no poder, que navega entre la declaración ante un policía o un periodista (ambos, igualmente inhumanos), en el que el lector se informa de todo lo sucedido.

Por ello el título, Sostiene Pereira, que es la manera aséptica desde la que Pereira es obser­vado por el sistema; una dictadura miope que no repara en su crueldad y relata los hechos como si de la minuta de una reunión burocrá­tica se tratase: “Sostiene Pereira que le conoció un día de verano”, dice su primera línea. De ahí en adelante, dicho texto, narrado en una leja­nísima tercera persona, nos dará cuenta de to­dos los hechos sucedidos. Todo de manera fría, en la que no será para nada difícil imaginar el cambio moral en el protagonista, quien transita de la creencia entre conservar un sistema a la de sostener un principio.

Líneas arriba lancé un par de preguntas. Ambas se refieren a la razón por la que un an­ciano conservador tendría que cambiar sus ideas y sus actos. Pregunto de nuevo, ¿qué ne­cesidad tiene un viejo para renunciar a la paz y jugarse el poco tiempo que le resta, por algo tan abstracto como la justicia y el amor a los semejantes? Yo diría que una muy grande, tan grande como para volver a la vida.• 

RFloresRogelio Flores

Escritor. Cursó estudios de Ciencias de la Comunicación en la UNAM, de Creación Literaria en la Escuela de Escritores de la SOGEM (Sociedad General de Escritores de México), y de Realización Cinematográfica en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de Cuba (EICTV). Ha colaborado en publicaciones como Arcana, Cambio y El Semanario. Es coautor de los libros de cuento Abreletras, Prohibido fumar: cuentos contra la represión, Palabras Malditas y Códices en el asfalto; y autor de Adiós, Princesa y Rocanrol Suicida, también de cuento. Recientemente, ganó el concurso Palabras Malditas.


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