01.10.11

Con Amor Horrible

por  Rogelio Flores
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La poesía es una mejor manera de comprender las cosas a partir de referentes aparentemente ambiguos, discordantes o contradictorios. En este caso, el tema es la desigualdad, que dicho sea de paso, es preciso combatir. La lucha contra la desigualdad -y por ende a la pobreza- en un contexto como el nuestro, ya no es solamente un asunto ideológico o un imperativo moral; se ha convertido, o debería convertirse, en una política de seguridad pública. Neruda lo advertía: la pobreza (que no los pobres) es una amenaza, es ese barco a punto del motín que nos conduce a una tormenta de sangre

Hay un mundo en el que lo contradictorio se torna do­blemente lógico, en el que lo abstracto puede cobrar vida, incluso personalidad, for­ma humana e ideas propias. Ahí, hombres y mujeres pierden todo aquello que los hace tales, ya sea para alcanzar la di­vinidad o descender a lo más sórdido; mien­tras que lo animal y lo salvaje ganan raciocinio como por arte de magia. Lo oscuro ilumina hasta la ceguera y lo que no existe se materiali­za para marchar a nuestro lado, tendiéndonos la mano, ya sea para cuidarnos o para desviar­nos del camino. O sólo para acompañarnos como un perro fiel. Todo ello, para que los sen­timientos evolucionen y se cristalicen en ideas, verdades irrefutables al servicio de la belleza (que no de lo bonito) y lo humano. Me refiero a la poesía.

En oposición, hay un mundo en el que lo contradictorio es el pan de todos los días, don­de todo se vuelve un acertijo indescifrable y ab­surdo, por no decir kafkiano, grotesco e injusto (y perdón que abuse de los adjetivos). Ahí, al­gunos hombres y mujeres involucionan, regre­san cual aberraciones a lo que naturalmente ya habían dejado atrás, hace cientos de años, casi siempre, acorralados por las circunstancias. Nada en ese lugar está al servicio de la belleza (pero sí de lo bonito) ni de lo humano; pero sí de abstracciones cada vez más carentes de sen­tido: el Estado, la ideología, el poder, el merca­do, el bien común, etcétera. Aquí me refiero al mundo en el que vivimos, el real. Antes de con­tinuar, hago una aclaración: hay para quienes nada de esto es cierto, para quien la realidad es casi perfecta y las cosas parecen justas. Este texto no pretende condenarles a ellos, sino a las condiciones que mantienen a la otra parte en el extremo opuesto.

Continúo. Tenemos dos mundos en pug­na, el poético y el real (cualquier cosa que en nuestro contexto posmoderno signifique “real”). Escribir no es un acto natural, muchas veces ni siquiera obedece a la lógica; muchas veces, como en el caso que nos ocupa, no es siquiera testimonial. Por lo menos no cuando hablamos de poesía. La necesidad poética de construir un mundo nace de la inconformi­dad. Uno o varios aspectos de la realidad no nos gustan, o nos parecen insuficientes, y por ello, la transformamos, le damos la vuelta, la salpimentamos, le torcemos el cuello, la con­vertimos en otra cosa, para que así sea lo que es y ya habíamos olvidado. La poesía nombra lo innombrable.

Por fortuna, no es una nota periodística y no debe ser objetiva. Por fortuna, en ella se puede sublimar, exagerar y maldecir; se pue­den hacer apologías o diatribas. En ella se puede decir todo diciendo nada, y viceversa. Imaginemos un cazador armado con un arco y una flecha, que apunta a las estrellas. Tensa su arma y dispara en dirección al cielo, el proyec­til rabioso surca los aires, silbando con alegría y, por obra y gracia de la fuerza de gravedad, encuentra su blanco en la tierra para echar raí­ces y florecer.

p.55-2Pablo Neruda, por ejemplo, nos dice que la modernidad es un barco en el que todos han pagado boleto, pero no todos alcanzaron lu­gar, mucho menos camarote, y que por ello, los pasajeros de segunda son tratados como polizontes a los que hay que echar por la borda a punta de pistola para no incomodar a los que viajan en condiciones de lujo. Lo anterior, ob­viamente, está dicho con palabras mejores que las mías en el poema El Barco, cuyo remate es el siguiente:

¿Por qué tantas ventajas para ustedes?/ ¿Quién les dio la cuchara cuando no habían nacido?/ Aquí no están contentos, /así no an­dan las cosas. / No me gusta en el viaje/ hallar, en los rincones, la tristeza, /los ojos sin amor o la boca con hambre. / No hay ropa para este creciente otoño / y menos, menos para el próximo invierno. / Y sin zapatos, ¿cómo va­mos a dar la vuelta / al mundo, a tanta piedra en los caminos? / Sin mesa, ¿dónde vamos a comer, / dónde nos sentaremos si no tenemos silla? / Si es una broma triste, decídanse, se­ñores, / a terminarla pronto, / a hablar en se­rio ahora. / Después el mar es duro. / Y llueve sangre.

En la Oda a la pobreza, Neruda nos des­cribe a la pobreza como un animal predador, observando desde cada abertura posible: ya desde unos zapatos agujerados, ya desde un saco roto. Sus ojos son cuencas vacías, son los ojos sin ojos de la miseria, a los que, no por su inexistencia, les está impedido espiar y ace­char, para, llegado el momento, saltar con sadismo sobre su víctima. En este poema la pobreza cobra vida, habla desde las goteras, tiene dientes afilados y lo mismo es el médi­co que niega atención al enfermo que carece de dinero, que el encargado de embargar los muebles de quien no ha terminado de pagar­los. Neruda le recrimina:

Tú, con amor horrible, / de un montón de abandono / en medio de la calle y de la lluvia / ibas haciendo / un trono desdentado / y mi­rando a los pobres / recogías / mi último plato haciéndolo diadema.

¿Es posible la existencia de un amor horri­ble? Sí, en el mundo de la poesía sí lo es. En el mundo de la poesía la pobreza es un amor celoso y cruel que con abnegación carcome la vida de su amante; que se pretende fiel y eter­no. La Oda a la pobreza de Pablo Neruda rom­pe con la idea romántica de la precariedad. La pobreza no tiene nada de romántico. O quizá sí, considerando lo romántico como una idea­lización propia de la burguesía bohemia, como aspiración ingenua. Los pobres pueden tener dignidad, la pobreza no; y atendiendo a lo di­cho por Neruda, hay que señalarlo. Con amor horrible y virulento, tal y como ella se conduce:

Otros poetas / antaño te llamaron / santa, / veneraron tu capa, / se alimentaron de humo / y desaparecieron. / Yo te desafío, / con du­ros versos te golpeo el rostro, / te embarco y te destierro. / Yo con otros, / con otros, muchos otros, / te vamos expulsando / de la tierra a la luna / para que allí te quedes / fría y encarcela­da / mirando con un ojo / el pan y los racimos / que cubrirá la tierra / de mañana.•p.55

ROGELIO FLORES.

Rogelio_FloresEscritor. Cursó estudios de Ciencias de la Comunicación en la UNAM, de Creación Literaria en  la Escuela de Escritores de la SOGEM (Sociedad General de Escritores de México), y de Realización Cinematográfica en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de Cuba (EICTV). Ha colaborado en publicaciones como Arcana, Cambio y El Semanario. Es coautor de los libros  de cuento Abreletras, Prohibido fumar: cuentos contra la represión, Palabras Malditas y Códices  en el asfalto; y autor de Adiós, Princesa y Rocanrol Suicida, también de cuento.  Recientemente, ganó el concurso Palabras Malditas.


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Ultima modificacion el 01.10.11
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