Hay un mundo en el que lo contradictorio se torna doblemente lógico, en el que lo abstracto puede cobrar vida, incluso personalidad, forma humana e ideas propias. Ahí, hombres y mujeres pierden todo aquello que los hace tales, ya sea para alcanzar la divinidad o descender a lo más sórdido; mientras que lo animal y lo salvaje ganan raciocinio como por arte de magia. Lo oscuro ilumina hasta la ceguera y lo que no existe se materializa para marchar a nuestro lado, tendiéndonos la mano, ya sea para cuidarnos o para desviarnos del camino. O sólo para acompañarnos como un perro fiel. Todo ello, para que los sentimientos evolucionen y se cristalicen en ideas, verdades irrefutables al servicio de la belleza (que no de lo bonito) y lo humano. Me refiero a la poesía.
En oposición, hay un mundo en el que lo contradictorio es el pan de todos los días, donde todo se vuelve un acertijo indescifrable y absurdo, por no decir kafkiano, grotesco e injusto (y perdón que abuse de los adjetivos). Ahí, algunos hombres y mujeres involucionan, regresan cual aberraciones a lo que naturalmente ya habían dejado atrás, hace cientos de años, casi siempre, acorralados por las circunstancias. Nada en ese lugar está al servicio de la belleza (pero sí de lo bonito) ni de lo humano; pero sí de abstracciones cada vez más carentes de sentido: el Estado, la ideología, el poder, el mercado, el bien común, etcétera. Aquí me refiero al mundo en el que vivimos, el real. Antes de continuar, hago una aclaración: hay para quienes nada de esto es cierto, para quien la realidad es casi perfecta y las cosas parecen justas. Este texto no pretende condenarles a ellos, sino a las condiciones que mantienen a la otra parte en el extremo opuesto.
Continúo. Tenemos dos mundos en pugna, el poético y el real (cualquier cosa que en nuestro contexto posmoderno signifique “real”). Escribir no es un acto natural, muchas veces ni siquiera obedece a la lógica; muchas veces, como en el caso que nos ocupa, no es siquiera testimonial. Por lo menos no cuando hablamos de poesía. La necesidad poética de construir un mundo nace de la inconformidad. Uno o varios aspectos de la realidad no nos gustan, o nos parecen insuficientes, y por ello, la transformamos, le damos la vuelta, la salpimentamos, le torcemos el cuello, la convertimos en otra cosa, para que así sea lo que es y ya habíamos olvidado. La poesía nombra lo innombrable.
Por fortuna, no es una nota periodística y no debe ser objetiva. Por fortuna, en ella se puede sublimar, exagerar y maldecir; se pueden hacer apologías o diatribas. En ella se puede decir todo diciendo nada, y viceversa. Imaginemos un cazador armado con un arco y una flecha, que apunta a las estrellas. Tensa su arma y dispara en dirección al cielo, el proyectil rabioso surca los aires, silbando con alegría y, por obra y gracia de la fuerza de gravedad, encuentra su blanco en la tierra para echar raíces y florecer.
Pablo Neruda, por ejemplo, nos dice que la modernidad es un barco en el que todos han pagado boleto, pero no todos alcanzaron lugar, mucho menos camarote, y que por ello, los pasajeros de segunda son tratados como polizontes a los que hay que echar por la borda a punta de pistola para no incomodar a los que viajan en condiciones de lujo. Lo anterior, obviamente, está dicho con palabras mejores que las mías en el poema El Barco, cuyo remate es el siguiente:
¿Por qué tantas ventajas para ustedes?/ ¿Quién les dio la cuchara cuando no habían nacido?/ Aquí no están contentos, /así no andan las cosas. / No me gusta en el viaje/ hallar, en los rincones, la tristeza, /los ojos sin amor o la boca con hambre. / No hay ropa para este creciente otoño / y menos, menos para el próximo invierno. / Y sin zapatos, ¿cómo vamos a dar la vuelta / al mundo, a tanta piedra en los caminos? / Sin mesa, ¿dónde vamos a comer, / dónde nos sentaremos si no tenemos silla? / Si es una broma triste, decídanse, señores, / a terminarla pronto, / a hablar en serio ahora. / Después el mar es duro. / Y llueve sangre.
En la Oda a la pobreza, Neruda nos describe a la pobreza como un animal predador, observando desde cada abertura posible: ya desde unos zapatos agujerados, ya desde un saco roto. Sus ojos son cuencas vacías, son los ojos sin ojos de la miseria, a los que, no por su inexistencia, les está impedido espiar y acechar, para, llegado el momento, saltar con sadismo sobre su víctima. En este poema la pobreza cobra vida, habla desde las goteras, tiene dientes afilados y lo mismo es el médico que niega atención al enfermo que carece de dinero, que el encargado de embargar los muebles de quien no ha terminado de pagarlos. Neruda le recrimina:
Tú, con amor horrible, / de un montón de abandono / en medio de la calle y de la lluvia / ibas haciendo / un trono desdentado / y mirando a los pobres / recogías / mi último plato haciéndolo diadema.
¿Es posible la existencia de un amor horrible? Sí, en el mundo de la poesía sí lo es. En el mundo de la poesía la pobreza es un amor celoso y cruel que con abnegación carcome la vida de su amante; que se pretende fiel y eterno. La Oda a la pobreza de Pablo Neruda rompe con la idea romántica de la precariedad. La pobreza no tiene nada de romántico. O quizá sí, considerando lo romántico como una idealización propia de la burguesía bohemia, como aspiración ingenua. Los pobres pueden tener dignidad, la pobreza no; y atendiendo a lo dicho por Neruda, hay que señalarlo. Con amor horrible y virulento, tal y como ella se conduce:
Otros poetas / antaño te llamaron / santa, / veneraron tu capa, / se alimentaron de humo / y desaparecieron. / Yo te desafío, / con duros versos te golpeo el rostro, / te embarco y te destierro. / Yo con otros, / con otros, muchos otros, / te vamos expulsando / de la tierra a la luna / para que allí te quedes / fría y encarcelada / mirando con un ojo / el pan y los racimos / que cubrirá la tierra / de mañana.•
ROGELIO FLORES.
Escritor. Cursó estudios de Ciencias de la Comunicación en la UNAM, de Creación Literaria en la Escuela de Escritores de la SOGEM (Sociedad General de Escritores de México), y de Realización Cinematográfica en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de Cuba (EICTV). Ha colaborado en publicaciones como Arcana, Cambio y El Semanario. Es coautor de los libros de cuento Abreletras, Prohibido fumar: cuentos contra la represión, Palabras Malditas y Códices en el asfalto; y autor de Adiós, Princesa y Rocanrol Suicida, también de cuento. Recientemente, ganó el concurso Palabras Malditas.
