01.11.11

Como una Banda sin Fin

por  Rogelio Flores
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La palabra crimen tiene dos connotaciones, la primera y más conocida, es aquélla que se refiere al asesinato. Es decir, a la acción voluntaria de matar a una persona, a la intención de terminar con la vida de alguien. La segunda se refiere a la comisión de un acto de gran maldad, negligencia o irresponsabilidad cuyas consecuencias son graves y nocivas para los semejantes. Es decir, tenemos por un lado que crimen es el asesinato de un individuo, y por otro, el sinónimo de un perjuicio colectivo. Ambas connotaciones son igualmente nocivas y una forma parte de la otra. Toda agresión a un individuo repercute en lo social. Y viceversa

Cualquier asesinato debería ser motivo de escándalo y censura, ya que, a fin de cuentas, es una agresión al contrato social, a todos los miembros de una so­ciedad. Terminar con la vida de otro ser humano es una de las fronteras mo­rales más difíciles de traspasar, máxime cuan­do hubo intención en hacerlo. No me refiero a los homicidios imprudenciales o culposos, por supuesto, sino a los que son mediados por el dolo, aquéllos donde, insisto, hubo una volun­tad de matar, y, en casos más terribles, hasta método. En breve, me refiero a aquéllos que apuntalan a una cultura del crimen.

Pecaríamos de ingenuos (y de mentirosos) al no reconocer que la cultura del crimen ha sentado sus reales en nuestro país. Más allá de la presencia de distintas bandas del crimen or­ganizado, aspectos de la vida social y cultural se han visto invadidos por los códigos, las ma­neras y la cultura del narcotráfico; tales usos y costumbres abonan el terreno de las rela­ciones humanas y lo aspiracional. De ahí que el entusiasmo por seguir tales derroteros en­cuentre tierra fértil en la población marginal económica, cultural y socialmente hablando. Ser o no ser (narco), más que un dilema exis­tencial y shakespereano, ha cobrado la condi­ción de signo de pertenencia y supervivencia para diversos sectores. Lamentablemente, la infancia no es la excepción.

Mucho se ha escrito al respecto, y para de­limitarlo al tema que nos ocupa, sirva como ejemplo la figura del niño sicario, la cual, de manera inquietante, ha ganado terreno en el imaginario popular, como una amenaza cada vez más latente y cercana. Tristemente, los ejemplos abundan. Tan sólo basta echar un vistazo a las edades de los sicarios que son de­tenidos con frecuencia… ¿qué edad tenía cada uno al inicio del sexenio?

Por sicario entendemos a la persona que se emplea para asesinar a alguien. Es, pues, un asesino a sueldo, generalmente muy joven, y casi siempre sin trabajo ni estudios. Un sica­rio no necesariamente forma parte de un gru­po delictivo, puede ser alguien que vende sus servicios y talentos al mejor postor. Es decir, un sicario puede ser un agente libre… algo así como un miembro de la economía informal del hampa, el prestador de un servicio. La sola idea de que alguien se gane la vida ejecutando personas es por sí misma escalofriante. Con­siderar que esta actividad pueda ser llevada a cabo por un niño o un adolescente, es peor aún. Esta última idea, más allá de lo depri­mente que nos pueda resultar, nos habla de un fracaso rotundo como sociedad. ¿Qué tuvo que pasar para que un chico común y corriente decidiera renunciar a su infancia y poner a la venta sus servicios como asesino? p55

En 1994, Fernando Vallejo publicó la nove­la “La virgen de los sicarios”, en la que detalla esta problemática propia de la Colombia de la época. En esta historia los lectores somos tes­tigos de cómo un escritor, Fernando, regresa a su país después de un aparente autoexilio de treinta años. Al hacerlo, encuentra una socie­dad distinta a la que él había dejado, en la que el sicariato es moneda corriente. Medellín es, en esta historia, una zona de guerra donde los cárteles colombianos, al diputarse el mercado, contratan los servicios de adolescentes impla­cables y efectivos para los constantes ajustes de cuentas que demanda el negocio.

En ese contexto, Fernando conoce a Alexis, un chico de 17 años que se emplea en el sica­riato. Entre ambos se da una relación más allá de la amistad: en gran parte, por los sobornos con los que el escritor seduce al chico. Even­tualmente la relación se verá interrumpida por el asesinato de Alexis. Tras su muerte, Fernan­do entablará relaciones con otro adolescente, Wilmar, calca del primero; con una vida muy parecida, llena de ejecuciones absurdas y estú­pidas, y con una muerte idéntica, deprimente a más no poder. Para sorpresa del escritor, su segundo amante resulta ser el asesino del pri­mero. La juventud, pues, se asesina entre sí, como una serpiente que se devora a sí misma mientras cada una de sus partes compite por baratijas.

A cada sicario detenido o muerto, vendrá otro. En esta historia, como en la realidad que vivimos a diario, observamos al sicariato como una industria perenne e inagotable, en la que el hampa cosecha carne de cañón entre los más jóvenes e ignorantes de forma permanen­te, como si de la banda sin fin de una fábrica mágica y horrenda se tratase. Comenzamos estas líneas reflexionando sobre las conno­taciones de la palabra crimen, vista desde su condición individual como de la social.

Ya como asesinato, ya como condena para una generación entera, la criminalización de la juventud no sólo ha asesinado el espíritu de todos los chicos inmiscuidos en este negocio, sino que ha inoculado su gangrena en el tejido social, pudriendo la vida de muchas personas en el futuro más inmediato. Estamos pues, ante un crimen por partida doble. Estamos ante esa banda sin fin que produce un asesino joven tras otro. En breve, La virgen de los si­carios cumplirá veinte años de haber sido pu­blicada por primera vez, más que la edad que alcanza el sicario promedio. Goza, por cierto, de una excelente salud.•

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ROGELIO FLORES.

 Escritor. Cursó estudios de Ciencias de la Comunicación en la UNAM, de Creación Literaria en la Escuela de Escritores de la SOGEM (Sociedad General de Escritores de México), y de Realización Cinematográfica en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de Cuba (EICTV). Ha colaborado en publicaciones como Arcana, Cambio y El Semanario. Es coautor de los libros de cuento Abreletras, Prohibido fumar: cuentos contra la represión, Palabras Malditas y Códices en el asfalto; y autor de Adiós, Princesa y Rocanrol Suicida, también de cuento. Recientemente, ganó el concurso Palabras Malditas. 

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