
Las mitologías del mundo se hermanan en los mitos de sus héroes. Estructuras simbólicas y narrativas más antiguas que el propio registro de los hechos y los documentos (sin hablar de las fronteras y la propiedad privada, también posteriores a ellas). En dichas mitologías, el protagonista del relato deberá emprender un viaje para regresar el orden a un mundo sumido en el caos; y en ello habrá de enfrentar su destino. En casi todos los casos, ese viaje iniciático, si bien se emprende por un individuo, tendrá alcances universales. En el libro “El héroe de las mil caras”, el especialista en mitos y literatura, Joseph Campbell lo resume de la siguiente forma: “El héroe inicia su aventura desde el mundo de todos los días hacia una región de prodigios sobrenaturales, se enfrenta con fuerzas fabulosas y gana una victoria decisiva; el héroe regresa de su misteriosa aventura con la fuerza de otorgar dones a sus hermanos”.
De lo anterior se resume que el triunfo del héroe no está en la obtención de algo en concreto; está más bien en el hecho de dar ese paso hacia lo desconocido y su destino es inspirar a los otros, se gane o se pierda; se sobreviva o se perezca.
Con los héroes nacieron las tragedias, formas narrativas que antecedieron la literatura, en las que inevitablemente -y por eso son tragedias- se tiene que encarar el origen, los hechos y/o las consecuencias. Posteriormente llegaron los cantos épicos. Ambas maneras de narrar, tragedia y épica (teatro y poesía, respectivamente), más que referir una o varias anécdotas, buscan una explicación cosmogónica, una manera de entender los enigmas para dar significado o identidad a los pueblos.
Toda forma narrativa se deriva de un conflicto. Todo problema ha de solucionarse, y para ello habrá que emprender un viaje, seguir un camino en busca de un objetivo o una misión. Ya lo decía Jorge Luis Borges, si hubiera que resumir los temas de la literatura en uno solo, sería éste: el perseguido y el persecutor, siendo este último el destino, o uno de sus heraldos.
Muchos son los ejemplos que podrían usarse. Sin embargo, considero los más idóneos los que tienen que ver con la Grecia antigua: Edipo Rey, La Odisea y Los Argonautas, por mencionar sólo algunos. En cada una de estas historias somos testigos de un viaje con todos los ingredientes señalados por Campbell. El primero, un exilio obligado por una maldición que traerá consecuencias funestas para el heredero del trono; el segundo, un regreso de la guerra, accidentado y sin rumbo, en el que parece imposible volver al origen y a la familia; y, finalmente, el tercero, un condena al fracaso (y la muerte) disfrazada de misión heroica, la potencial inmolación de los hombres más justos y virtuosos de su época en pos de mantener un poder usurpado.
“Edipo Rey”, tragedia de Sófocles, nos cuenta la historia del hijo de Layo y Yocasta, reyes de Tebas; quien al nacer carga sobre sus hombros una profecía terrible: crecer para convertirse en el asesino de su padre y el esposo de su madre. Layo decide abandonar a su hijo a su suerte para que no se cumpla lo señalado. Sin embargo Edipo es adoptado y siendo adulto regresa a Tebas, a donde se enfrenta a muerte con un desconocido por una disputa en un puente. Más adelante conoce a Yocasta, ya viuda, y se enamora de ella sin saber que es su madre. Envestido como rey, decide buscar al asesino de Layo, ignorando que fue él mismo en la reyerta ya mencionada. Tres son los viajes de Edipo, el primero es un escape para salvar la vida, del segundo un regreso a su origen y el tercero su búsqueda de la verdad, por terrible que ésta sea.
“La Odisea”, épica de Homero, es una de las obras más conocidas de la historia y da cuenta de las vicisitudes de Odiseo, rey de Ítaca, quien tras haber participado en la guerra de Troya emprende el regreso a su reino, mismo que será obstaculizado por fuerzas que lo superan, así como por las malas decisiones de sus hombres. Al final, únicamente él regresará con vida. El retorno sólo habrá sido posible por su astucia. La Odisea marca el punto en que el hombre griego renuncia a la tutela de los dioses (incluso les desafía y ofende), y se permite dar ese paso, con el que naufragará en la incertidumbre, remando sobre la nave de su inteligencia para emanciparse. Su viaje es tortuoso y lento, pero representa el triunfo de la humanidad, la libertad.
En “Los Argonautas”, de Apolonio de Rodas, leeremos la historia de Jasón, heredero despojado del reino de Tebas, quien para recuperarlo deberá emprender un viaje cuyo fracaso no sólo es inminente, sino mortal. Una trampa, en pocas palabras. El viaje de Jasón y Los Argonautas es un recorrido al patíbulo en el que los hombres más valientes ven sus vidas en riesgo en pos de un trofeo invaluable, y del que sólo salen airosos por hechicerías y asesinatos que ofenden a los dioses. Lo último desencadenará la tragedia de Medea.
Hemos visto en este recorrido de recorridos al exilio la guerra y al sacrificio como detonadores del viaje. Los héroes que protagonizan estas obras tienen en común que ninguno emprendió su búsqueda por placer, sino por una imperante misión, una gran necesidad.
El bienestar termina y la vida sigue, y habrá que encarar el destino, así la vida se ponga en juego. Todo para ir y regresar, para volver al origen con un aprendizaje en las manos; con un legado, una enseñanza para los hermanos o los hijos, después de emprender odiseas que comenzaron con un paso, como el que dan cientos de personas en el mundo, todos los días. Este texto es para ellas, con respeto.•

