La primera. Ser escritor no es fácil, sobrelleva un costo muy alto. Lo más común, para quien abraza las letras como proyecto de vida, es terminar atascado en el desconocimiento público, casi en el anonimato; terminar como un fantasma al que nadie parece notar, salvo los críticos que, con la generosidad de un ave carroñera, vuelan en círculos sobre el incipiente prestigio del autor, para –si es posible, y en el nombre de la literatura- borrarlo de la faz de la tierra. Para quienes trascienden esta zona de tinieblas, es decir, para quienes sí son conocidos, la cosa tampoco es un caramelo. Insisto, ser escritor es duro. El oficio te puede llevar a la cárcel, el manicomio o el panteón. Aunque si las condiciones y el talento lo permiten, el punto de llegada puede ser La Gloria (así, con mayúsculas).
Para este último destino, es necesario aclararlo, los asientos disponibles son escasos, prácticamente todos los lugares están ocupados y no hay mafias de revendedores que puedan ofrecer los pocos boletos que circulan por ahí, a pesar de que exista quien esté dispuesto a vender a su propia madre para conseguir su lugarcito en el Olimpo literario. Uno de los ilustres personajes que transitó por lo menos en tres de estos derroteros (hasta donde sé, se salvó del manicomio) y sin necesidad de vender a su madre o sus principios, fue el gran Oscar Wilde; quien antes de dar con su fina persona a la cárcel de Reiding protagonizó un sonado escándalo, cuyo escenario fue el tribunal donde se llevó a cabo un juicio en su contra por los cargos de indecencia y sodomía. En uno de los momentos cumbres de este hecho, Wilde fue increpado por la parte acusadora, la cual cuestionaba la moralidad de su obra. El genio irlandés respondió –palabras más, palabras menos- con una sonrisa seductora: no existen libros morales ni inmorales tampoco, sólo hay libros bien escritos y mal escritos.
Por supuesto, los de Oscar Wilde pertenecían a los bien escritos.
Segunda reflexión. Todo esto viene a cuento porque me parece importante partir de esta aseveración: los libros no tienen moral. Ni deben tenerla. La cercanía con el lenguaje poético, con las figuras retóricas y las metáforas y la belleza de la literatura nos hacen atribuirle una condición casi mística a los libros, incluso mágica (¿cuántas veces hemos querido convencer a los demás y a nosotros mismos con frases como ésta: “a este libro no lo encontré, él me encontró a mí”?).
Y eso está bien, es difícil no encariñarse con textos que han sido parte importante de nuestras vidas. Pero seamos objetivos y aguafiestas: los libros son sólo objetos inanimados de papel con cubiertas de cartón. No tienen alma y no determinan la conducta de nadie. Aunque algunos (y ahí yo me incluyo, con todo el romanticismo del que soy capaz) quisieran pensar que sí.
Todavía hace una década había ingenuos que tachaban como “libro maldito” a “El guardián en el centeno”, de J. D. Salinger, alegando que por ser lectura de un par de pobres diablos, Mark David Chapman y John Hinckley (el asesino de John Lennon y el perpetrador de un atentado fallido en contra del entonces presidente norteamericano, Ronald Reagan, respectivamente), podían inducir a los jóvenes solitarios a la locura magnicida.
A la fecha, muchos lectores tienen la peor impresión de “Lolita”, de Vladimir Nabokov, condenándola rabiosamente por considerarla más que como una novela, como una apología a la pedofilia del perverso y cínico profesor Humbert Humbert. “El club de la pelea”, de Chuck Palahniuk, carga con el estigma de ser un instructivo para el ejercicio de la misoginia más acabada, o incluso de terrorismo para adolescentes globalifóbicos, pero lo más que inspiró fue una película. “Escupiré sobre vuestra tumba”, de Vernon Sullivan (seudónimo del chiflado genial que fue Boris Vian) fue considerado un llamado a la violencia sexual y a los asesinatos racistas, incluso se retiró del mercado tras aparecer como evidencia en un crimen pasional, en Francia.
La lista de ejemplos podría seguir, sin embargo, hago una pausa y me permito lanzar una pregunta: ¿alguno de estos libros está mal escrito?
Para la tercera reflexión, continuo más preguntas:
1. ¿Alguien determinado a asesinar a un líder político necesitará de la inspiración de una novela sobre un adolescente melancólico (en la que, dicho sea de paso, no se comete asesinato alguno)?
2. ¿El acto de un pedófilo está mediado por la aprobación que le pudiera dar una lectura?, ¿no es lo suficientemente perverso un pedófilo como para actuar por sí mismo?
3. ¿Leer la historia de un esquizofrénico con delirios de grandeza nos inspira a sembrar bombas en los complejos financieros o a maltratar mujeres?
4. ¿Adentrarnos en la mente de un joven negro que odia a chicas blancas y racistas nos convierte en violadores o asesinos potenciales?
Una respuesta afirmativa a cualquiera de estas interrogantes sería tan ingenua como el considerar que para regenerar criminales bastaría con acercarles lecturas edificantes. Y justo éste es el punto al que quería llegar. La literatura de ficción es ficción, y sólo debe ser vista con criterios estéticos, separando nuestras lecturas de nuestros actos. Ahora bien, hay quien basa o justifica su conducta en su consumo cultural, pero eso es otra cosa, eso es un acto de irresponsabilidad en el que se usa a la literatura como coartada a un comportamiento que, de antemano, se reconoce perverso.
En lo personal, considero que, en efecto, el oficio literario debe perseguir la belleza y la claridad en el lenguaje en lo que quiere expresarse. Dicho en términos de Oscar Wilde, un escritor sólo debe escribir bien. Nada más. Lo moral o inmoral que pueda tener su obra, siempre dependerá de las creencias y valores de quien se acerque a ella. Los libros no tienen moral. Pero los escritores sí, y sus lectores también. Ellos, y sólo ellos (los lectores), sabrán qué de lo leído adoptarán como parte de sus creencias personales y futuros actos. Las novelas no son manuales de civismo, afortunadamente. Ser escritor no es fácil, ser lector, tampoco.•

