Según la ONU, la edad de 60 años es la entrada a la vejez, momento en la vida de las personas en que se vislumbran cambios importantes: disminución de capacidades físicas y mentales, retiro del trabajo, aparición de padecimientos crónico-degenerativos, deterioro de los roles familiares y sociales y una importante reducción en la capacidad económica o de auto aprovisionamiento.
María Julieta Odonne opina que, contrario a las definiciones institucionales, la vejez debería delimitarse a partir del reconocimiento de las capacidades de las personas para realizar actividades de la vida diaria, no sólo a partir de criterios arbitrarios como la edad, sino de otros como las condiciones de vida; por ejemplo, sabemos que quienes viven en situación de pobreza envejecen antes que quienes viven en condiciones más favorables.
Odonne es tajante al decir que la categoría de edad para la delimitación de la vejez es totalmente vacía. Hay que construir otras categorías, como la autovalidez y la dependencia o la semidependencia. La autora considera que éstas son categorías insuficientes, por lo que debemos reconocer a la vejez como producto de una historia biológica, biográfica y del contexto social. Existen tantas vejeces como circunstancias se atraviesan en la vida.
La vejez como categoría social tiene fronteras intangibles e irregulares; difíciles de asir, delimitar y nombrar. ¿Cuándo y cómo comienza?, ¿cuáles son sus características?; ¿es algo físico-orgánico evidente ante una paulatina pérdida de capacidades instrumentales, orgánicas y mentales?; ¿es sólo algo biológico, o una suerte de programación genética con información para el envejecimiento y muerte de nuestras células?; ¿es una cuestión de tiempo y edad?; ¿es una construcción cultural y social?; o, como señala Goerges Minois, la vejez, ¿es meramente una construcción de la historia?
Comenzamos a envejecer desde el momento en que nacemos, pero con diferentes ritmos unos y otros, dependiendo de factores como el entorno social, cultural, económico, e incluso geográfico, que aceleran o retrasan este proceso biológico.
Pero, ¿a qué nos refiere la vejez?, ¿envejece el alma, el cuerpo, la mente o el corazón? Parece que se trata de la suma de realidades físico-biológico-psicológico-sociales y culturales, de ahí que se considera una arbitrariedad el encasillarla en la edad, la cual es tan sólo una de sus aristas y, por cierto, no la más significativa.
Hemos construido diferentes vocablos para nombrar a la vejez y a las personas en esta etapa de vida: edad de oro, tercera edad, adultos en plenitud o adultos mayores, o bien viejos, ancianos, vetarros, venerables, rucos, cáscaras, chochos, betabeles, entre otros; y estos vocablos se relacionan con los aspectos positivos o negativos con que hemos representado a la vejez, y reflejan el miedo, la incomprensión y la impotencia del ser humano ante el envejecimiento y la muerte (Georges Minois).
Arrastramos, entonces, un cúmulo de contradicciones con respecto a la vejez; hacemos referencia a la decrepitud y a la fealdad física a partir de concepciones sobre la belleza basadas en características de la juventud, al tiempo que reconocemos y enaltecemos el valor de la edad, de la sabiduría y la paz espiritual de las personas mayores. Una doble moral social que, por un lado, manifiesta respeto público a las personas viejas, y por otro, los descalifica, ofende, desprotege y olvida.
Estigmatizados
La vejez estigmatiza a la persona y se expresa en el lugar que hemos asignado a las personas de la tercera edad en la sociedad. El deterioro de la imagen y la autoimagen de los adultos mayores nos permiten dar cuenta de las experiencias por las que pasan a partir de que la sociedad los etiqueta, obligándolos a reconocer esta nueva condición, a aprender que son portadores de un estigma y a aceptar las consecuencias que ello implica.
Tal vez las implicaciones más profundas del envejecimiento se reflejan en la visión social sobre esta etapa de la vida. Prevalece una fuerte tendencia hacia la conceptualización de la vejez como algo desfavorable e inmanejable, pues, pese a su condición universal y natural, ha sido altamente estigmatizada. Según Carmen Delia Sánchez, "esto hace que las personas viejas sean consideradas como una "carga" para la familia, la comunidad y el Estado. Es como si, por decirlo de alguna manera, las y los viejos se hayan buscado el menosprecio y la marginación de que son víctimas; como sentenciar que son "culpables" de ser demasiados/as, de estar de más o de haber vivido más de la cuenta. Las y los viejos ocupan en alguna medida el lugar de los desechos, se promueve un modelo de ‘déficit’ de la persona vieja que ‘ya no sirve para nada’ y su valor de uso y de cambio se ha anulado".

Cadáveres Sociales
Los avances médicos, mejores condiciones nutricionales y de saneamiento de las sociedades y la disminución en la natalidad han producido un considerable aumento en la esperanza de vida. Los descensos en mortalidad y fecundidad no sólo han llevado a un envejecimiento en la población, sino que también han cambiado a las familias, pues hoy en día llegan a convivir en un mismo hogar hasta cuatro generaciones.
En México, por ejemplo, el incremento en la esperanza de vida ha superado las estimaciones de la CEPAL; sólo en 2005 se superó lo proyectado para el quinquenio 2010-2015, de 75.1 años, alcanzando los 75.7 años, apenas dos décimas debajo de lo calculado para el periodo 2015- 2020 (OPS, 2005 y CEPAL, 2004). Lo anterior ha contribuido al acelerado crecimiento del número de personas de 60 años y más, que en México actualmente representa el 8% del total de habitantes y que para el 2025 se estima sea el 13.5% (INEGI, 2005 y CEPAL, 2003).
Con dicho porcentaje, nuestro país ingresaría al bloque de las llamadas "naciones envejecidas", nombradas así "cuando la proporción de personas de 60 años o más excede el 10 o 12% de la población total" (Peláez y Palloni en Engler y Peláez, 2002). Éste es un panorama que no podemos pasar por alto, ya que, a medida que crece la población de adultos mayores, la demanda de servicios también incrementa, en especial los de salud, integración social y autonomía financiera.
En las sociedades urbanas, donde condiciones como la pobreza, la falta de oportunidades y el hacinamiento provocan inconscientemente la pérdida de identidad y la masificación del individuo, el envejecimiento poblacional ha provocado un quiebre social que resulta en un desinterés mutuo, dando lugar a lo que denominamos como "Muerte Social", es decir, la condición en que los adultos mayores son relegados a vivir, al ser tratadas como objetos y no como sujetos con derechos, circunstancia paradójicamente compartida con aquéllos que viven en condiciones económicas más favorables. La vejez es, pues, independientemente de la condición económica de quien la vive y de la edad, sinónimo de exclusión.
La Muerte Social ocurre antes de la muerte física o "muerte clínica"; y refleja la condición en que las personas de la tercera edad se ven obligados a vivir sin posibilidades de participar activamente en la vida social y familiar tan sólo por su edad, sin oportunidades de empleo o ingresos, sin acceso a oportunidades de entretenimiento y recreación, sin aceptación plena para la convivencia por otros grupos de su comunidad; hombres y mujeres invisibles, a quienes en el mejor de los casos, se insiste en infantilizar e inutilizar, situaciones todas que los obligan a reconstruir sus identidades y su vida en una sociedad cargada de discriminación y estereotipos relacionados con la edad.
Los ancianos están siendo víctimas de una exclusión que se traduce en Muerte Social y los convierte en fantasmas del pasado, a quienes, como tales, hay que conjurar; seres olvidados que poco a poco van transformándose en cadáveres sociales.

El mito de la Vejez Indígena
Ya hemos referido el carácter de la doble moral hacia la vejez; en este marco, la mirada occidental sobre las culturas prehispánicas ha construido uno de los grandes mitos sobre lo que significa ser viejo o vieja en los pueblos indígenas, basado en una visión romántica de las llamadas "sociedades tradicionales" y sus manifestaciones, como el otrora importante consejo de ancianos, que en algunas comunidades aún tiene un peso específico en la toma de decisiones, pero que cada vez corresponde más a un anhelo o nostalgia antropológica que a una realidad. En estos contextos comunitarios, los ancianos son cada vez más relegados.
El mito del reconocimiento de las personas viejas en las comunidades o pueblos indígenas, sirve para ocultar graves carencias en el cumplimiento de sus derechos. Cada vez viven más inmersas en el mundo global, en sociedades regidas por las leyes del mercado y formas de organización social, económica y política que privilegian los bienes de consumo por encima de las personas, que han procurado la depauperación masiva de los pueblos y provocado éxodos de jóvenes y familias completas de sus comunidades en búsqueda de mejores destinos de vida, procesos que devienen en el abandono de los ancianos, y han reducido y delimitado el papel y la participación de sus consejos de ancianos a tan sólo momentos rituales comunitarios y familiares.
Es, pues, la vejez y el cumplimiento de los derechos de las personas de la tercera edad, un tema de la más alta prioridad que requiere ser abordado integralmente desde el ámbito de las familias y las comunidades, así como desde el terreno de las políticas públicas y la responsabilidad del Estado, teniendo en cuenta las diferencias entre sociedades y culturas diversas, de género y condición social. De esta forma, mantenerse erguidos a pesar del canto de la vieja piel, será más fácil y nos tornará en mejores sociedades.•
María Cruz Hernández
Experta en temas de desarrollo. Actualmente trabaja con ONCA Maya, organización que impulsa la creación del corredor biológico del Balam. Es socia de la Organización Kanché A.C., especializada en desarrollo sustentable y organización comunitaria para el desarrollo del ecoturismo con perspectiva social. Fue secretaria de Desarrollo Social del estado de Chiapas y ha desempeñado múltiples encargos en la Administración Pública.
Carlos Miranda
Director de proyectos en Jumaltik, Equidad Sur, A.C.; cuenta con estudios sobre gerencia social del envejecimiento exitoso por el BID, y posgrado en Investigación Gerontológica por la FLACSO con sede en Argentina. Actualmente es candidato a Doctor en Antropología por la ENAH.
