Culturalmente, los pueblos y los individuos construyen su propia idea de paz y se puede, por tanto, hablar de diversas concepciones de paz o paces; sin embargo, históricamente se ha avanzado hacia un consenso entre teólogos, juristas filósofos y científicos sociales, en que paz no sólo es ausencia de guerra (paz negativa), sino que, de acuerdo con Johan Galtung, pionero en el tema, se refiere a un conjunto de factores que conducen a vivir sin violencia y a conseguir justicia social (paz positiva).
La violencia que se vive en el país −y que se manifiesta crudamente y se sintetiza en los más de 50,000 muertos, o “daños colaterales”, resultantes de la guerra contra el narcotráfico (nombrada así concretamente en su inicio) emprendida por el gobierno federal a partir de 2007− se evidencia de forma generalizada y se encuentra presente en la vida cotidiana, en lo público y lo privado.
La OMS (Organización Mundial de la Salud) define a la violencia como “el uso intencional de la fuerza o del poder físico (de hecho o amenaza) contra uno mismo, otra persona, grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones”, descripción que reproduce fielmente lo que hoy se vive en las calles, hogares y territorios mexicanos.
Vivir en violencia, con violencia, manifestaciones de las violencias pareciera ser destino ineludible de las y los mexicanos; cada vez son más las personas jóvenes, adultas, mayores, hombres y mujeres, víctimas directas o indirectas de las violencias, sin esperanza, enfermas, deprimidas, enojadas, que no vislumbran prontos motivos de alegría.
No son pocas también las personas, grupos y diferentes formas de colectivos que empiezan a manifestar hartazgo, rebeldía y desesperación por generar transformaciones y cambios de esta realidad violenta y carente de paz. El riesgo es que también no pocos políticos, líderes y dueños del poder y del dinero sientan y caigan el rechazo, la represión de las ideas y la imposición de una paz forzada que niegue el derecho de las mayorías a buscar y construir caminos para la paz.
La paz sigue siendo una idea lejana que no se encuentra en los discursos políticos, en el diseño de las políticas públicas ni en el discurso cotidiano de las personas o colectivos; no alcanza a convertirse en esperanza ni objetivo social. No alcanzamos como sociedad a esbozar el camino de la construcción de la paz, de una positiva, de lo que los neozapatistas llamaron una paz con justicia y dignidad.
Según la ONU, la cultura de paz consiste en “una serie de valores, actitudes y comportamientos que rechazan la violencia y previenen los conflictos, tratando de atacar sus causas para solucionar los problemas mediante el diálogo y la negociación entre las personas, los grupos y las naciones”. ¿Es, pues, para México éste el camino? También somos muchos quienes hoy apostamos a la construcción de una cultura de paz que cimente, desde las personas, los hogares, las comunidades y los pueblos, un presente y un futuro de paz; se requiere crear y fortalecer las redes que enlacen a la ciudadanía con los poderes del Estado para exigir e iniciar los procesos que hagan posible vivir en paz, sin violencia.
La paz, como un derecho individual y colectivo, merece la pena de ser redimensionada en México, consensada ampliamente para su constitucionalidad y concreción en mecanismos, reglamentos y políticas de Estado que retomen los ocho componentes sugeridos por la UNESCO: promover una cultura de paz por medio de la educación; promover el desarrollo económico y social sostenible; promover el respeto de todos los derechos humanos; garantizar la igualdad entre hombres y mujeres; promover la participación democrática; promover la comprensión, la tolerancia y la solidaridad; apoyar la comunicación participativa y libre, la circulación de información y conocimientos; y promover la paz y la seguridad internacionales.
Más allá de los muertos, de la necesidad de reconocerlos y nombrarlos, de demandar y exigir el esclarecimiento de sus muertes y la aplicación de la justicia, se necesita profundizar con sus familias, las otras víctimas o “daños colaterales” del caos de esta guerra, con los niños y niñas en orfandad, con las viudas, con las madres y los padres de estos muertos; paliar el dolor, lamer las heridas, cultivar con ellos semillas no de odio, sino de esperanza de que la paz es posible.
La sociedad mexicana está rota, sólo la cohesión puede sentar las bases para restablecer el tejido social, y la paz es el camino. Ésta no será posible sin un alto al aumento de la pobreza, a la violencia de género, a la violencia contra niños y niñas, contra ancianos, contra los pueblos indios, a la inseguridad, a la violencia económica, ambiental, a la violencia política y a la institucional.
Con sentido de urgencia, se necesita cumplir la asignatura pendiente de abrir la discusión, la reflexión necesaria para definir los “cómo”; el “qué” es la paz; los “quiénes” somos todos: sociedad y gobierno; el “cuándo” es ahora. Mañana será tarde.•


