por  Mario Luis Fuentes
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El Día Internacional de las Mujeres fue instituido por Naciones Unidas hace 36 años con la finalidad de transformar las condiciones de marginación, discriminación, pobreza y violencia en la que vive la mayoría de la población femenina en todo el mundo.

En tres décadas y media, los progresos han sido no sólo lentos, sino a todas luces insuficientes: el salario promedio de las mujeres sigue estando muy por debajo del que obtienen los hombres; y la mortalidad materna, como un indicador emblemático de la desigualdad, se ha mantenido en niveles inaceptables, en particular en las regiones más pobres.

Por otra parte, las mujeres, junto con las niñas y los niños, constituyen la mayor proporción de personas pobres en el planeta, así como los grupos con menor grado de acceso a los servicios sociales básicos tales como el agua limpia y los servicios sanitarios como el drenaje.

 

En México, de acuerdo con el último Informe sobre el Desarrollo Humano, no hay un solo municipio en el que las mujeres tengan el mismo nivel de desarrollo humano que sus contrapartes masculinas; su representación política sigue estando sujeta a la lógica de exclusión de los partidos políticos; y aun en el ámbito privado los espacios para su incorporación y desempeño laboral están sumamente acotados.

Es un hecho que las inequidades siguen siendo la mayor constante en la vida cotidiana de las mujeres, pues no se ha logrado erradicar el machismo, la misoginia y las distintas formas de intolerancia y exclusión que se ejercen con base en la discriminación por razones de género.

Debido a lo anterior, este número de México Social está dedicado fundamentalmente al análisis de temas que consideramos estratégicos en la determinación de las condiciones estructurales de pobreza que enfrenta la población femenina de nuestro país.

Esperamos que el debate pueda traducirse en una acción política mucho más decidida para lograr una intensa movilización por la equidad que nos lleve a una nueva dinámica de convivencia en el que el ser mujer no sea valorado como un obstáculo.

Requerimos generar una rápida transformación de nuestros principales valores y principios, a fin de poner al centro de todas las decisiones públicas y privadas el principio de la equidad, lo cual exige de manera simultánea la construcción de una democracia cimentada en el respeto a la diversidad y la pluralidad que nos caracterizan en el siglo XXI.

Debemos reconocer también que a la discriminación de género se suman otras expresiones de rechazo: a la mujer que tiene preferencias no heterosexuales; a quien pertenece a un pueblo o comunidad indígena; a quien vive con alguna discapacidad se les sigue estigmatizando, lo que lleva a una “doble discriminación” que llega ya a niveles intolerables en el marco de una sociedad justa.

No hay duda de que para México ha llegado la hora de la reivindicación de la igualdad. Debemos estar conscientes de que no hay ya lugar para la intolerancia y el odio, y que es momento de erradicar las oprobiosas condiciones que limitan las posibilidades de vivir con dignidad, a todos, independientemente de nuestro género, preferencias, creencias y convicciones.

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