La Constitución mexicana de 1917 tuvo un papel pionero al sumar a los derechos de tipo patrimonial y político de los individuos un conjunto de derechos sociales, referidos por ejemplo al acceso a la educación y a condiciones de trabajo dignas, que más tarde serían incorporados a otros ordenamientos jurídicos internacionales.
Con base en esa inspiración social del texto constitucional, a lo largo del siglo XX en México se amplió de forma drástica el acceso a la educación; se crearon instituciones de seguridad social, y se dio lugar a relaciones de trabajo estables que acompañaron el proceso de industrialización y urbanización del país hasta conseguir colocarlo como una nación de desarrollo medio alto.
Por supuesto, no todo fue un proceso virtuoso y exento de dificultades. A pesar del crecimiento económico y del desarrollo del país, vastas capas de la población continuaron en la pobreza y la desigualdad se mantuvo como una de las características duras del perfil social de la nación. Pero puede afirmarse que desde cualquier indicador social robusto, México fue un país que consiguió avances notables a lo largo del siglo XX, ya sea en tasas de alfabetización y en años de escolaridad promedio, o bien, en indicadores de mortalidad infantil y materna, esperanza de vida, así como en el ingreso per cápita, que son las variables consideradas para evaluar el Desarrollo Humano de las sociedades.
Ya hacia finales del siglo XX, en particular a partir del estallido de la crisis de la deuda a inicio de los años ochenta, el trayecto mexicano hacia el desarrollo –con sus desequilibrios y omisiones- se truncó y, con ello, buena parte de lo que la Constitución disponía en materia social. Es el caso de los salarios mínimos o del acceso a la seguridad social que estuvo ligado a la incorporación y permanencia en el mercado de trabajo formal.
Tras la crisis ocurrió un replanteamiento a fondo en la forma de conducir la política económica y de fijar las prioridades de la misma. El crecimiento del mercado interno y la creación de empleo a través del estímulo directo del sector público cedieron su lugar a las metas de estabilidad macroeconómica nominal (contención del déficit y deuda públicos, control de la inflación, corrección del desbalance externo), a través de un drástico ajuste económico que en los hechos significó el abandono de los objetivos de desarrollo social que el Estado había venido impulsando siguiendo la letra constitucional. Sin que se diera un cambio a la Constitución, las prioridades habían sufrido una alteración profunda, sustituyéndose objetivos de desarrollo por metas nominales de corto plazo.
Después del ajuste se instrumentó un conjunto de reformas legislativas e institucionales para asegurar la operación de una economía abierta y de mercado. Muestra de ello son, en los años noventa, la firma del Tratado de Libre Comercio con América del Norte y la autonomía del Banco de México, que aseguró que la conducción de la política monetaria quedara salvaguardada de la intervención de los poderes públicos electos. Otro ejemplo, más reciente, fue la aprobación de la Ley Federal de Presupuesto y Responsabilidad Hacendaria que limita la planeación del desarrollo de largo plazo.
Las recurrentes crisis por las que ha atravesado la economía mexicana (1982, 1994, 2001 y 2008-9) y el bajo crecimiento económico de las últimas tres décadas han comprometido la posibilidad de que la agenda programática de tipo social contenida en la Constitución se cumpla. Más aún, algunas disposiciones legales en materia de conducción económica resultan contradictorias con los objetivos sociales de la Constitución, como el hecho de que el Banco de México tenga como imperativo controlar la inflación y no, como ocurre con otras bancas centrales –en Estados Unidos sin ir más lejos-, ocuparse también del empleo y el crecimiento.
Aunque la economía mexicana y el sistema político del país han experimentado transformaciones relevantes en las últimas décadas –con apertura al exterior y liberalización de mercados por un lado, junto con la creación de un sistema de partidos y la erradicación del presidencialismo omnipotente por el otro-, sigue intocado el principal problema de la economía política mexicana: conseguir elevar la recaudación fiscal (la carga tributaria como porcentaje del PIB no consigue alejarse del 10 por ciento), lo que evidencia no sólo una fuerte restricción presupuestal sobre la acción del sector público sino un problema de legitimidad del Estado mexicano, sobre todo entre los sectores de altos ingresos en una sociedad de alta concentración de la riqueza.
Una economía que no crece, o lo hace a tasas muy bajas (como resultado, básicamente, de una caída en el componente de inversión pública –no sustituida por la privada- como parte del producto, así como por una política cambiaria que en la búsqueda de la contención inflacionaria castiga la competitividad precio de los productos mexicanos), más un Estado que no recauda lo suficiente y que está limitado en su gasto por el objetivo del déficit cero (o cercano a cero, como ha ocurrido en los últimos años), configuran una realidad donde ni la dinámica económica general ni la intervención del Estado ofreciendo bienes públicos son propicias a la mejoría del bienestar del grueso de la población y, por lo tanto, de los indicadores sociales más relevantes.
Así, aunque en algunos circuitos internacionales, básicamente en el marco de los organismos que componen el andamiaje institucional de las Naciones Unidas, se avance en la reivindicación de los derechos sociales –de la mano de las elaboraciones teóricas y académicas identificadas con el garantismo y la igualdad-, y aunque México sea signante frecuente de tratados internacionales de avanzada, en los hechos, la política económica que impera en el país no es armónica con la expansión de las garantías sociales.
En el caso del empleo, por ejemplo, no sólo el salario mínimo ha perdido el 70% de su capacidad adquisitiva en treinta años, sino que en la actualidad puede afirmarse que más del 50% de la fuerza de trabajo está ocupada en la informalidad (esto si se aplica la metodología de la Organización Internacional del Trabajo, OIT, que estima a los informales a partir de la condición del trabajador y no del establecimiento donde labora, como hace INEGI en México).
En materia educativa, por otra parte, si bien hay una cobertura de educación primaria que ronda el 100%, existen serios problemas de permanencia en la escuela y de abandono escolar temprano: a partir de estimaciones hechas con datos del Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEE), puede afirmarse que por cada 100 niños que entran a primaria sólo 65 concluyen la secundaria, que es el nivel hasta el que abarca por el momento la educación obligatoria. Más aún, sólo 36 alumnos, de cada 100 que comienzan la primaria, terminan el bachillerato. En nuestro país, el gasto por alumno es varias veces inferior al que se hace en la media de los países de la OCDE, de tal suerte que no se puede desligar el bajo rendimiento educativo con un, todavía, escaso financiamiento público.
La acumulación y reproducción de rezagos sociales ocurre, además, en un momento crítico de la demografía mexicana: cuando la mayor cantidad de mexicanos en la historia viven su juventud. Sólo en la actual década 20 millones de mexicanos llegarán a los 18 años de edad. Alcanzarán la edad de ciudadanía habiendo, dos de cada tres, abandonado la escuela antes de concluir la educación media superior y en un contexto de bajo crecimiento económico y escasas oportunidades de empleo e inserción productiva que pueden colocarlos en riesgo de exclusión de por vida.
Es necesario que los derechos sociales consagrados en la Constitución orienten la política económica del país en estos años críticos y no que, como viene ocurriendo, la política económica del estancamiento sea insensible a la realidad del México Social.•


