Las inundaciones que han devastado Veracruz y la región de la Huasteca en octubre de 2025, dejando decenas de muertos y desaparecidos son el rostro más visible de una crisis mucho más profunda y estructural: la del colapso de los ecosistemas, la pérdida de la biodiversidad y la ineficacia de las políticas ambientales para contener los efectos acumulados del cambio climático. En esta tragedia, la política se ve interpelada no solo como instrumento de gestión, sino como el lugar donde debe refundarse la relación entre humanidad y naturaleza.
Escrito por: Saúl Arellano
Felix Guattari, en su propuesta de una Ecosofía, sostenía que el deterioro ecológico no podía comprenderse sin reconocer que se trata de una crisis de la subjetividad humana y de la organización social. La devastación ambiental es al mismo tiempo una devastación simbólica: hemos roto los vínculos que nos unían con la Tierra como morada común. Veracruz, con sus ríos desbordados y sus montañas deforestadas, se ha convertido en un espejo donde se refleja la fractura entre economía, sociedad y naturaleza.
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La política ambiental mexicana ha sido durante décadas una política “de respuesta”. Se actúa después del desastre, pero no se transforman estructuras. El país carece de una estrategia integral que reconcilie los saberes científicos sobre el cambio climático con una planeación territorial y social que garantice el equilibrio de los ecosistemas.
La deforestación en México avanza a un ritmo alarmante, especialmente en las sierras costeras del Golfo, donde se ha devastado a selvas y manglares que antes regulaban los ciclos del agua. A esto se suma la desertización progresiva de zonas del altiplano, la desecación de lagos y la contaminación crónica de los ríos Lerma, Balsas y Papaloapan. Cada uno de estos procesos representa una herida abierta en la trama de la vida. La acumulación de tales heridas constituye la verdadera catástrofe: una degradación ecológica que erosiona también los derechos humanos fundamentales.
Leonardo Boff lo ha expresado con lucidez teológica: la Tierra es un ser vivo, una red interdependiente donde todo está conectado. Destruir una selva o contaminar un río son agresiones contra el sistema de vida que sostiene nuestra propia existencia. La ética que propone Boff -una ética del cuidado- exige una nueva racionalidad política, capaz de mirar más allá del corto plazo electoral y reconocer que el desarrollo sin límites es incompatible con la supervivencia. La política de la vida, diría Guattari, debe reemplazar a la política de la acumulación.
En este contexto, el nacimiento reciente de una cría de jaguar en Oaxaca, destinada a fortalecer el banco genético de la especie, es un símbolo luminoso dentro del escenario sombrío. Representa la posibilidad de revertir la tendencia de pérdida, de apostar por la restauración y no solo por la mitigación. Sin embargo, la conservación aislada -de una especie o un ecosistema puntual- resulta insuficiente si no se inserta en una estrategia nacional de reconstrucción de la biodiversidad. Lo que México necesita no son programas fragmentarios, sino una nueva ecología política del Estado, en la que se trabaje bajo el paradigma común de la sostenibilidad integral y la justicia ecológica.
Desde la perspectiva científica, el Antropoceno expresa el punto de inflexión en el que la humanidad se reconoce como factor de destrucción planetaria. Pero la relación entre desarrollo y medio ambiente depende de decisiones políticas, de la distribución de los beneficios y de la forma en que se gestiona la riqueza. México se encuentra en el umbral crítico donde las presiones del modelo extractivista superan las capacidades de regeneración de sus ecosistemas.
La crisis de Veracruz, y antes las de Acapulco y las de tantos lugares que han vivido el desastre en carne propia, es una advertencia: la destrucción del hábitat y la pérdida de cobertura vegetal intensifican los efectos de los huracanes y las lluvias torrenciales. Cuando la selva desaparece, el suelo pierde su capacidad de absorber agua, los ríos se desbordan y las comunidades quedan vulnerables. Los desastres llamados “naturales” son, en realidad, desastres socioambientales: emergen de la interacción entre un entorno degradado y una población empobrecida, desplazada, sin infraestructuras adecuadas ni políticas preventivas.
Revertir esta situación exige algo más que inversión o tecnología; requiere una revolución en la manera de concebir la relación entre sociedad y naturaleza. Una política ecosófica -como la que vislumbraron Guattari y Boff- implica integrar tres ecologías: la del medio ambiente, la de la vida social y la de la subjetividad humana. Es decir, no basta con proteger bosques si no se transforma la lógica cultural que considera a la Tierra un recurso; no se puede hablar de sustentabilidad sin justicia social, ni de desarrollo si las comunidades indígenas y rurales siguen siendo las más afectadas por el deterioro ambiental.
En México, esta nueva política debería construirse sobre al menos tres ejes: a) Reforestación y restauración ecológica integral; b) Planeación territorial sustentable; y c) Educación ambiental y ética del cuidado. Estos tres ejes son ético-políticos. Buscan restablecer la comunión entre la humanidad y su entorno, comprender que cada decisión de política pública tiene implicaciones ecológicas.
Veracruz se inunda porque México se ha desbordado de sí mismo: porque ha olvidado que su territorio es, sobre todo, casa común. Recuperar la biodiversidad es una condición de posibilidad para la vida. Y solo una política fundada en la Ecosofía, que articule ciencia, espiritualidad y justicia, podrá reconciliar la economía con la Tierra y abrir el horizonte de una civilización verdaderamente sostenible.
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Investigador del PUED-UNAM
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