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Niñas, niños y adolescentes merecen respeto:  bullying por apariencia física

En pleno siglo XXI, miles de estudiantes continúan siendo objeto de bullying, exclusión, violencia verbal, física y psicológica por una razón tan absurda como dolorosa: no encajar en los estándares sociales sobre cómo debería lucir una persona. Ya sea por tener sobrepeso, por su color de piel, por usar gafas, vestir de forma distinta, ser bajitos, demasiado altos o incluso por su orientación sexual, niñas, niños y adolescentes siguen siendo víctimas de acoso escolar. Y lo peor: en muchas escuelas, este tipo de violencia ha sido normalizada o invisibilizada.

Autora: Ana Luisa Nerio Monroy[1]

Hablar de acoso escolar o bullying por apariencia física no es solo describir un problema escolar. Es hablar de una forma cotidiana de discriminación que vulnera los derechos humanos, profundiza la desigualdad y perpetúa estigmas que afectan el desarrollo emocional, académico y social de quienes lo padecen. Por eso, urge tomar acciones concretas, desde todos los frentes: familia, escuela, sociedad y gobierno.

Un término que tiene historia

Aunque el término “bullying” nos parece reciente, su raíz histórica se remonta al siglo XVII. El Diccionario de Oxford menciona el uso del término bully para referirse a un “acosador de los débiles”. Sin embargo, fue hasta 1978 cuando el académico sueco Dan Olweus utilizó por primera vez la palabra bullying en el contexto actual: como “los tratos crueles que sufrían algunos niños en las escuelas”.

Este fenómeno no es un simple conflicto entre estudiantes. Es, en palabras de la Secretaría de Educación Pública (SEP), una serie de comportamientos con la intención de dañar, que se repiten de forma constante y que se ejercen desde una posición de poder. Ya sea por edad, fuerza, estatus o influencia, quien acosa lo hace desde un desequilibrio, y quien recibe esa violencia lo hace desde una condición de vulnerabilidad.

¿Quiénes sufren más bullying?

Cualquier estudiante puede ser víctima de acoso. Pero los datos, la experiencia y la observación nos dicen algo muy claro: quienes son percibidos como “diferentes” tienen más probabilidades de sufrirlo.

En el Censo sobre bullying por apariencia física elaborado por Fundación en Movimiento A.C., publicado el pasado 3 de junio y aplicado a más de 45 mil adolescentes en 298 escuelas, se confirma que las principales causas del bullying por apariencia están relacionadas con el peso corporal, la estatura, el color de piel, la forma de vestir, el tipo de cabello y la orientación sexual. Todas estas características, lejos de ser “motivos” válidos para burlas, son parte de la diversidad humana.

Los testimonios son preocupantes. Estudiantes que dejaron de comer porque les dijeron “ballena”. Otros que ocultan su piel porque les llaman “negro” con tono despectivo. Jóvenes que se autolesionan porque no se sienten aceptados. La violencia deja huella. Y muchas veces, esas huellas no se ven a simple vista, pero pesan por años.

Una violencia silenciosa que afecta el aprendizaje y la salud mental

El bullying no se queda en el recreo ni en el aula. Persigue a las víctimas hasta su casa, sus sueños, sus emociones. Muchas niñas, niños y adolescentes empiezan a sentir miedo de asistir a la escuela. Según el censo mencionado, el 21.6% de los estudiantes ha faltado a clases por haber sufrido acoso.

Y lo que es aún más preocupante: el 35.2% de quienes fueron víctimas no recibió ayuda de nadie. Ni de un maestro, ni de un directivo, ni de un orientador. El silencio institucional es también una forma de violencia. El mensaje que reciben quienes sufren bullying es: “aguanta, nadie va a ayudarte”.

La escuela, que debería ser un espacio seguro para aprender y desarrollarse, se convierte en un entorno hostil. Esto afecta directamente el rendimiento escolar, la autoestima, la salud mental y, en casos extremos, la permanencia en el sistema educativo.

¿Y las niñas?

Hablar de bullying desde una perspectiva de género también es fundamental. Las niñas, especialmente en la adolescencia, enfrentan presiones sociales intensas sobre su apariencia. El desarrollo de su cuerpo, la llegada de la menstruación, los cambios hormonales y los estereotipos de belleza hacen que muchas veces se sientan incómodas con su imagen.

El bullying por peso o por la forma del cuerpo afecta con mayor frecuencia a las adolescentes. Ellas tienden a practicar menos deportes que los varones, y presentan mayores índices de sobrepeso, lo que las convierte en blanco fácil de críticas y burlas. Si además su expresión de género no encaja con lo que la sociedad espera de una “niña”, las agresiones aumentan.

Además, el bullying por orientación sexual afecta profundamente a adolescentes LGBTIQ+, que muchas veces se sienten en peligro por simplemente ser quienes son. No podemos hablar de inclusión ni de derechos si en las escuelas no hay espacios seguros para todas las identidades.

¿Quiénes son los actores del bullying?

Fundación en Movimiento propone una clasificación que evita las etiquetas y se centra en los comportamientos. Identifica cuatro roles:

  1. Quien genera la violencia: suele tener baja empatía, poca tolerancia a la frustración y ve la violencia como un medio de relación.
  2. Quien la recibe: con frecuencia tiene baja autoestima, se siente solo o es visto como “diferente”.
  3. El cómplice-testigo: guarda silencio, no interviene, normaliza la violencia.
  4. El observador-defensor: rechaza la violencia, apoya a la víctima y busca ayuda.

El censo mostró que 97.7% de los adolescentes se asumen como defensores, lo cual es una señal esperanzadora. Pero también hay un 44.5% que muestra indiferencia frente a la apariencia de los demás. La apatía no es neutral: permite que la violencia continúe.

¿Qué hacer?

La respuesta no es simple, pero sí posible. El primer paso es nombrar el problema: hablar de acoso escolar o bullying sin miedo, sin minimizarlo, sin justificarlo como “cosas de niños”. Luego, construir soluciones:

  • Educar en empatía desde preescolar.
  • Involucrar a las familias, porque siguen siendo la red de apoyo más sólida.
  • Capacitar a docentes para detectar y actuar ante casos de acoso.
  • Fomentar la diversidad y el respeto en cada clase.
  • Escuchar las voces de las y los estudiantes, que muchas veces tienen más claridad que los adultos.

La escuela que queremos

Soñamos con escuelas donde cada niña, niño y adolescente pueda ser quien es, sin miedo a ser juzgado por cómo luce o por cómo piensa. Espacios donde la diferencia sea celebrada, no castigada. Donde nadie sienta que debe esconderse, cambiar su cuerpo o callarse para ser aceptado.

Porque el bullying por apariencia física no es una broma ni un juego. Es una forma de violencia que podemos prevenir si actuamos juntas y juntos. Desde el aula, desde el hogar, desde cada rincón donde se construyen las infancias.

También podría interesarte: Las niñas y niños Víctimas inocentes de agresión

[1] Ana Luisa Nerio Monroy es Maestra en Relaciones Internacionales por la FCPyS-UNAM, con estudios especializados en derechos humanos, género y no discriminación. Autora de “La No Maternidad Elegida: ¡Mujeres que deciden no ser madres y son felices!”; con trayectoria laboral en el sector social y público. Opiniones personales.

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