cancer
““La cuestión no será a la sazón si hemos de toparnos en nuestra vida con esta enfermedad inmortal, sino cuándo”
La OMS estima que 1 de cada 5 personas desarrollará cáncer a lo largo de su vida, con 1 de cada 9 hombres y 1 de cada 12 mujeres padeciendo a causa de este. Revela también que la mayoría de los países no financian adecuadamente los tratamientos oncológicos, ni cuidados paliativos. Para 2050, aproximan un 77% de aumento en casos nuevos de esta enfermedad.
Escrito por Rodrigo González Ramírez
Frente a estos datos, es importante recordar al libro “El emperador de todos los males”, obra ganadora del Premio Pulitzer 2011, escrita por el renombrado oncólogo Siddhartha Mukerjee, nacido en la India, residente de Estados Unidos, egresado de Harvard y profesor de Columbia. En esta relata, entre otras cosas, la historia de cómo la humanidad ha ido combatiendo el cáncer, y la manera en la que hemos ido entendiendo sus diversas formas y mecanismos de acción.
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Este mal tiene la misma antigüedad que el ser humano; pues es un padecimiento que está atado de una forma intrínseca a nuestro código genético. Es una versión aberrante de nuestro ser, que con el propósito de mantenerse con vida, termina con la nuestra.
La patología es causada por una mutación de genes específicos, que permite que un cúmulo de células tenga la capacidad de duplicarse sin control, secuestre mecanismos del cuerpo para su propio sustento, e invada otras partes de este.
Con esto, podemos adentrarnos a lo que ha sido la batalla: Una pelea interminable en contra de un organismo que es una imagen distorsionada de nosotros mismos; un organismo que como nosotros, ha evolucionado para adaptarse y sobrevivir.
Al estudiarlo, los egipcios lo describieron como “intratable” y los griegos, como un exceso de bilis negra o de melancolía, y claro, como tumores en forma de cangrejos, o karkinos. Casi mil quinientos años después, en el siglo XVIII, empezarían los antecedentes del tratamiento actual: las extirpaciones de tumores. Un claro ejemplo de cómo se trataba a finales del siglo XIX eran las mastectomías radicales, que no sólo removían la mama, sino llegaban a músculos profundos del pecho y la axila.
Para mediados del siglo XX, se empezaron a usar fármacos que podían combatirlo, como la aminopterina, empleada por Sydney Farber en niños con leucemia. Paradójicamente, de un arma usada en la Segunda Guerra Mundial, el gas mostaza, se extrajo otro de estos fármacos. Con estos y decenas más, se crearon los primeros regímenes de quimioterapia, creando así un gran avance.
Estos cocteles de fármacos funcionaban al atacar a células con una reproducción muy rápida, pero aunque idealmente sólo combatirían células cancerígenas, también atacaban células sanas de rápida división en nuestro cuerpo, como las de la sangre, el cabello, la piel y las uñas.
Con el descubrimiento de la radiación también se reveló que, empleada de una forma controlada, atemperaba la neoplasia, pues dañaba el ADN de las células cancerosas, y por ende, las mataba.
Así como estos sucesos, se fueron dando muchos más que nos aproximaban a una cura, como el descubrimiento de que existían virus que generaban la enfermedad; o el de mayor relevancia para nosotros actualmente: el cáncer vive en nuestros genes, pero sólo se desencadena con un cambio en estos.
Paralelamente a esta carrera por encontrar una cura, se encontraba la relativa a conocer su verdadero funcionamiento. Aunque idealmente se tendría que conocer con profundidad un padecimiento para saber tratarlo, este mal, como otras patologías, se combatía mucho antes de siquiera entender su etiología u origen.
Al inicio se sabía que este mal era un complejo celular que se duplicaba con una velocidad sobrehumana, pero a medida que avanzaba la ciencia, se descubrían más datos relevantes, como sus causantes: hollín, humo de cigarros, radiación, etc.
Poco a poco se fue pintando el panorama de cómo funcionaba esta terrible enfermedad, hasta que finalmente, entre finales del siglo XX e inicios del XXI, se reveló que provenía de versiones mutadas y dañadas de nuestro ADN, pero finalmente, de nosotros mismos.
Hoy sabemos que nuestro cuerpo está en una lucha interminable con estas células alteradas, que elimina en la mayoría de los casos antes de que se conviertan en un problema. En ocasiones, nuestro cuerpo pierde terreno, y es aquí donde empieza a ganar el mal. Gracias a los avances de la medicina, la amenaza se ha vuelto combatible, y cuando ganamos, avanzamos poco a poco hacia un futuro en el que este padecimiento no sea mortal.
Encontrar una cura definitiva para el cáncer es imposible, no porque la ciencia no nos lo permita, sino porque no es una sola enfermedad, sino un conjunto de enfermedades con etiología común, pero con características muy diferentes entre sí. Una leucemia es muy diferente a uno pancreático, y cada uno se trata de una forma diferente.
Según Mukerjee, y estoy de acuerdo con él, la mejor manera de ganar la guerra contra esta neoplasia maligna consiste, quizá, en redefinir la victoria, y también entender su escala, pues el hecho de que todos conozcamos a alguien que ha padecido esta terrible enfermedad no es un dato menor.
Hay que aceptar que el combate completamente efectivo y victorioso, multidisciplinario por necesidad, se dará cuando provenga de un esfuerzo colectivo, tanto de médicos e investigadores, gobiernos y políticos, como corporaciones farmacéuticas y organizaciones filantrópicas, y claro, de la sociedad entera.
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*Estudiante de la Facultad de Medicina de la UNAM
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