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El reciente cese indefinido del programa Jimmy Kimmel Live representa mucho más que una anécdota mediática en Estados Unidos. Se trata de un síntoma de la intolerancia política que se profundiza en un país que solía proclamarse como el bastión de la libertad de expresión. El asesinato del influencer conservador Charlie Kirk, a la par de la cancelación de la voz crítica y satírica de Jimmy Kimmel, muestra una deriva peligrosa: la intolerancia, pero, sobre todo, la sátira política —históricamente un espacio de resistencia— se convierte en un blanco directo del poder. En términos foucaultianos, lo que observamos es la reafirmación de un régimen discursivo que busca silenciar a los actores que cuestionan la narrativa dominante.
Escribe: Guillermo Ramirez-Rentería
El papel de los comediantes en la política estadounidense nunca ha sido menor. Desde Jon Stewart hasta Stephen Colbert, el humor se ha convertido en una herramienta de crítica social y en un catalizador de la conversación pública. Jimmy Kimmel, con sus monólogos iniciales cargados de ironía, ha sostenido un espacio de resistencia frente a la administración Trump, exponiendo contradicciones, mentiras y negligencias.
El cierre de su programa, sumado a la advertencia presidencial de que “personas sin talento” como Jimmy Fallon seguirán el mismo destino, envía un mensaje inequívoco: el humor crítico ya no es tolerado. Este fenómeno revela cómo las democracias contemporáneas pueden deslizarse hacia un modelo autoritario en el que la censura no se impone de forma abierta con leyes represivas, sino mediante presiones políticas, mediáticas y económicas.
En América Latina, hemos conocido bien estas dinámicas. Desde la censura a programas de sátira política en México durante el priismo, hasta las limitaciones mediáticas impuestas en regímenes conservadores y progresistas por igual, el humor ha sido objeto de control cuando incomoda al poder. En este sentido, lo que ocurre hoy en Estados Unidos refleja una fragilidad institucional que antes se presumía superada.
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El asesinato de Charlie Kirk en Utah agrega un elemento perturbador al escenario. Más allá de las profundas diferencias ideológicas que pueda despertar su figura, lo cierto es que su muerte es utilizada políticamente por el trumpismo para reforzar su narrativa de victimización y para justificar el endurecimiento contra las voces críticas; pero, sobre todo, es un misil político a sus detractores, a quienes señala de sujetos incapaces de sostener un diálogo. Este es un discurso muy peligroso, pues deshumaniza al adversario.
El hecho de que Trump haya instrumentalizado el asesinato de uno de sus más notorios simpatizantes, aunque al día siguiente no le importara demasiado—justo de eso fue el chiste de Kimmel que causó el cierre de su programa—pero haya aprovechado la coyuntura para hostigar a comediantes opositores, evidencia la lógica represiva del poder.
En clave foucaultiana, no se trata solo de actos aislados, sino de dispositivos de disciplinamiento social. El asesinato y la censura operan como tecnologías del poder que delimitan lo que se puede decir y lo que no en el espacio público. El mensaje es claro: ni siquiera los espacios de humor, tradicionalmente asociados al entretenimiento, quedan fuera del campo de control político.
Si trasladamos este razonamiento al caso mexicano, es inevitable pensar en cómo periodistas, caricaturistas y comunicadores han sido blanco de violencia. México es uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo, y los intentos de silenciar voces críticas han sido constantes. Uno de los casos más célebres, es el del periodista Manuel Buendía y su columna Red Privada, pero tristemente no es el único. La diferencia es que, en Estados Unidos, el ataque ocurre en el corazón de la industria cultural más influyente del planeta, lo cual exhibe la magnitud del retroceso democrático que se vive en la actualidad.
¿Qué garantiza que este análisis no sea una exageración? La respuesta está en el propio marco normativo. La Primera Enmienda de la Constitución estadounidense protege la libertad de expresión como un derecho fundamental. Sin embargo, lo que observamos es cómo las prácticas políticas erosionan esas garantías. Al cancelar programas críticos bajo presiones indirectas, se vacía de contenido un derecho que, en teoría, debería ser intocable.
Aquí es donde el pensamiento de Michel Foucault cobra fuerza. Para el filósofo francés, el poder no se ejerce únicamente a través de la represión formal, sino mediante la producción de discursos que determinan qué puede decirse y quién puede hablar. La cancelación de Kimmel y la advertencia contra otros comediantes ilustran un proceso de normalización autoritaria: se admite la sátira siempre y cuando no cuestione los fundamentos del régimen.
El refuerzo de esta interpretación puede encontrarse en múltiples antecedentes. Organismos internacionales como Human Rights Watch y Reporteros Sin Fronteras han documentado el deterioro de la libertad de prensa en Estados Unidos durante y después del primer mandato de Trump. Asimismo, la historia reciente muestra cómo gobiernos que comienzan atacando a comediantes y periodistas terminan avanzando hacia mecanismos más duros de represión. Sin embargo, este análisis permite reconocer que el sistema judicial y parte de la sociedad civil estadounidense aún poseen capacidad de resistencia: comediantes como Colbert, Fallon o Leno han manifestado públicamente su solidaridad con Kimmel, lo que indica que el campo de disputa no está completamente cerrado.
El cierre del programa de Jimmy Kimmel no debe interpretarse como un hecho aislado, sino como parte de una estrategia de disciplinamiento político que combina violencia, indiferencia y censura. El asesinato de Charlie Kirk, lejos de ser un motivo de reflexión sobre la violencia política, ha sido instrumentalizado para reforzar el silenciamiento de voces críticas. Desde una mirada latinoamericana, este proceso revela un espejo inquietante: la democracia estadounidense, que durante décadas se presentó como ejemplo, hoy se enfrenta a sus propios fantasmas autoritarios.
En última instancia, la pregunta es si la sociedad estadounidense permitirá que el humor —ese espacio irreverente y libre que tantas veces ha puesto en jaque al poder— sea clausurado en nombre de una falsa debacle del diálogo. Como señala Foucault, el poder siempre produce resistencias. Y quizá, en esa risa que incomoda al poder, siga latiendo una de las últimas trincheras de la libertad.
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