El Balance Preliminar de las Economías de América Latina y el Caribe 2025 de la CEPAL es un informe coyuntural sobre tasas de crecimiento, inflación o balances fiscales de la región. Pero leído con atención, es también un documento que describe una forma de tiempo histórico: un tiempo lento, contenido, casi inmóvil, en el que las economías de latinoamericanas parecen haber perdido la capacidad de proyectarse hacia el futuro. En ese horizonte de crecimiento bajo y persistente, México ocupa un lugar particularmente inquietante, por la normalización del estancamiento y por la aceptación tácita de que una lógica de crecimiento mediocre es lo esperable, generándose lo que Rolando Cordera ha llamado un estancamiento secular.
Escribe Saúl Arellano
La CEPAL confirma que América Latina transita una senda de bajo dinamismo económico que se prolonga más allá del ciclo pospandemia. Con tasas regionales cercanas al 2.4% en 2025 y 2.3% en 2026, el crecimiento apenas alcanza para sostener el ingreso per cápita, pero resulta claramente insuficiente para modificar las estructuras productivas, reducir desigualdades o ampliar derechos sociales de manera sostenida. Sin embargo, dentro de ese panorama ya de por sí limitado, México aparece como un caso singularmente débil: crecerá apenas 0.4% en 2025 y 1.3% en 2026, cifras que lo colocan no solo por debajo del promedio regional, sino muy lejos de su potencial histórico y de las necesidades sociales que enfrenta.
Este dato, debe ser interpretado, ante todo, como síntoma. México no está frente a un bache transitorio, sino ante una economía que perdió tracción interna, una economía cuya estabilidad macroeconómica -celebrada durante décadas- ya no se traduce en dinamismo productivo ni en bienestar social ampliado. La pregunta de fondo que emerge del informe es inquietante: ¿qué significa la estabilidad cuando deja de ser un medio para el desarrollo y se convierte en un fin en sí mismo?
El contexto internacional, sin duda, no es benigno. La desaceleración de la economía estadounidense, el estancamiento estructural de la zona del euro y la compleja transición china configuran un entorno global incierto, con comercio mundial prácticamente estancado y volatilidad financiera persistente. Para 2026, el crecimiento mundial rondaría el 3%, una cifra que no permite esperar un impulso externo significativo para América Latina. México, dada su profunda integración económica con Estados Unidos, es especialmente vulnerable a este escenario. Sin embargo, el propio informe de la CEPAL obliga a matizar cualquier explicación puramente exógena: otras economías igualmente expuestas al ciclo estadounidense -particularmente en Centroamérica- muestran desempeños notablemente mejores frente al crecimiento mediocre que se da en México. En efecto, el problema mexicano, por tanto, no puede atribuirse únicamente al complejo escenario externo; hay algo en la estructura interna que no está funcionando.
Ese algo se manifiesta, en primer lugar, en el debilitamiento de la demanda interna. El informe señala que en México el consumo privado se ha desacelerado de manera significativa, afectado por una menor dinámica del empleo, por aumentos salariales reales aun insuficientes y, de manera muy relevante, por la moderación del flujo de las remesas. Durante años, las remesas han operado como un amortiguador silencioso de la economía mexicana: han sostenido el consumo de millones de hogares y han compensado, parcialmente, la debilidad del mercado laboral interno. Cuando ese flujo se desacelera, como ocurrió en 2025, la fragilidad del modelo se hace visible con crudeza. La economía mexicana depende crecientemente de ingresos que no se generan dentro de su propio aparato productivo, una señal inequívoca de agotamiento estructural.
A ello se suma la persistente debilidad de la inversión. La CEPAL subraya que, a pesar de la reducción gradual de las tasas de interés y de la moderación inflacionaria, la inversión privada no ha respondido con el dinamismo esperado. En México, esta contención inversora adquiere un carácter crónico. No se trata únicamente de una reacción coyuntural a la incertidumbre global, sino de una falta de horizonte productivo claro. Cuando la economía no ofrece una narrativa de futuro -una visión articulada de transformación productiva, innovación y diversificación-, el capital se vuelve cauteloso, incluso en contextos de estabilidad monetaria.
La política fiscal mexicana, presentada durante años como ejemplo de prudencia, aparece en el informe bajo una luz ambivalente. Por un lado, ha evitado crisis de deuda y desequilibrios abruptos; por otro, ha limitado severamente la capacidad del Estado para actuar como motor del desarrollo. La CEPAL es explícita al señalar que el espacio fiscal en la región es reducido, pero también insiste en que la respuesta no puede ser la inacción. En el caso mexicano, la prioridad casi absoluta otorgada al equilibrio fiscal ha tenido como contrapartida una inversión pública insuficiente, incapaz de inducir cambios estructurales en la economía. La estabilidad, en este contexto, se transforma en inmovilidad balance prelimiar economías AL.
En el mercado laboral, el informe describe avances que, en apariencia, podrían interpretarse como señales positivas: tasas de desempleo históricamente bajas, cierta recuperación del salario real, una leve reducción de la informalidad. Sin embargo, una lectura más profunda revela la fragilidad de estos logros. El empleo que se crea se concentra mayoritariamente en el sector servicios, muchos de ellos de baja productividad y escaso valor agregado. La informalidad sigue siendo estructural, y con ella la precariedad, la baja recaudación y la debilidad de los sistemas de protección social. México no enfrenta solo un problema de insuficiencia de empleo, sino de ausencia de empleo digno y productivo, lo cual limita cualquier posibilidad de un círculo virtuoso entre salarios, consumo, inversión y productividad.
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La política monetaria, por su parte, ha cumplido su función clásica: contener la inflación y anclar expectativas. La caída sostenida de la inflación en 2025 ha permitido iniciar un ciclo de relajamiento monetario, alineado con las tendencias regionales. No obstante, la CEPAL advierte que la transmisión de este relajamiento hacia el crédito productivo y la inversión ha sido lenta y desigual. En México, este fenómeno es particularmente evidente. La estabilidad monetaria ya no basta para activar el crecimiento cuando los obstáculos son de naturaleza estructural, institucional y productiva.
Tal vez el concepto más inquietante que atraviesa todo el informe es el de la “trampa de baja capacidad de crecimiento”. América Latina, señala la CEPAL, crecería en promedio apenas 1.6% anual entre 2017 y 2026, una cifra que no permite cerrar brechas sociales ni sostener proyectos de desarrollo inclusivo. México, con tasas incluso menores, corre el riesgo de consolidarse como una economía estable pero estancada, y caracterizada or el ya mencionado crecimiento mediocre; integrada al comercio internacional, pero desconectada de una estrategia propia de desarrollo. La estabilidad sin transformación se vuelve, paradójicamente, una forma de fragilidad.
En última instancia, el Balance Preliminar 2025 no plantea un diagnóstico catastrofista, pero sí profundamente realista. Para México, el mensaje es claro: crecimiento mediocre no es una anomalía pasajera, sino el resultado acumulado de decisiones y omisiones de política pública a lo largo de varias décadas. Persistir en un modelo apoyado en el consumo limitado, las remesas y la estabilidad macroeconómica, sin una apuesta decidida por la transformación productiva, equivale a aceptar un horizonte de estancamiento administrado. La CEPAL ha colocado sobre la mesa el diagnóstico con la sobriedad que la caracteriza. La pregunta que queda abierta, y que rebasa el ámbito técnico para adentrarse en el terreno político y ético, es si México está dispuesto a asumir que el desarrollo no es una consecuencia automática del equilibrio de las variables macro, sino el resultado de una voluntad colectiva orientada al futuro.
Frase clave: crecimiento mediocre de la economía.
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