¿Quién nos representa hoy? La crisis de la representación política - Mexico Social

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¿Quién nos representa hoy? La crisis de la representación política

En México y en muchas partes del mundo, cada proceso electoral parece venir acompañado de una creciente desilusión. Ya no se trata solo de votar por el “menos peor”, sino de cuestionarse si vale la pena votar. En una democracia cuyo baluarte es la representatividad, lo primero que está en crisis es, precisamente, esa promesa de representación. ¿A quién representan hoy los funcionarios públicos?, ¿A las mayorías?, ¿A sus partidos?, ¿A los intereses económicos que financian sus campañas?. La pregunta está más vigente que nunca y el silencio de muchos actores políticos frente a ella es ensordecedor.

La elección judicial pasada nos permite hablar del abstencionismo, no como un dato aislado, sino como síntoma de una enfermedad más profunda. Y es que la participación electoral no es solo un trámite, sino que es el termómetro de la salud democrática. Cuando millones deciden no acudir a las urnas, algo más que la logística electoral está fallando: lo que se erosiona es la confianza en el sistema mismo.

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I. El síntoma: la abstención creciente

Los datos son elocuentes. En las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2024, cerca del 37 % de las y los ciudadanos elegibles no votaron. En México, el abstencionismo en la elección presidencial de 2024 rondó el 40 %. En elecciones intermedias, los niveles pueden ser aún peores, como se vio en junio de 2025 con la elección de la mitad de los miembros del poder judicial, donde apenas el 13 % del electorado participó. Un dato que debería alarmar a cualquier demócrata que cree en este sistema político.

Este patrón no es exclusivo de América del Norte. En muchos países europeos como Francia o España, la abstención en elecciones legislativas y parlamentarias osciló cerca del 50% en 2024. En todos los casos, la pregunta se repite: ¿por qué tanta gente decide no participar? Se podría argumentar que uno de los principales motivos es la falta de confianza en los políticos por parte de la ciudadanía a raíz de una realidad pesimista que ha fallado en entregar las promesas de la democracia liberal.

II. La causa: desconfianza, desencanto y simulación

Tanto en las pláticas cotidianas como en las mesas de opinión, una de las razones más mencionadas por las personas que no votan es la desconfianza. Las personas ya no creen en los partidos, no creen en las promesas de campaña, no creen que su voto en realidad haga una diferencia. Pero esa desconfianza no surgió de la nada. Es el producto de años y décadas de simulación, corrupción e impunidad. Cuando la ciudadanía percibe que los cargos públicos no se ganan por mérito ni se ejercen con responsabilidad, el sistema pierde su legitimidad.

Aquí vale la pena recordar a Pierre Bourdieu, quien advertía que los campos políticos no son espacios neutrales, sino escenarios de lucha simbólica en los que ciertos actores acumulan capital político para reproducir su dominio. En ese sentido, los partidos no son simples vehículos de representación popular, sino que son estructuras que muchas veces trabajan para sí mismas, más preocupadas por ganar elecciones que por transformar la realidad social. Un ejemplo claro son los gobernadores de estados como San Luis Potosí, Zacatecas o Guerrero, quienes han estado en desacuerdo con la prohibición de que en sus cargos les suceda un familiar directo como su esposa, padre o incluso hermano. Este tipo de situaciones en cualquier país que se precie de democrático debería ser un escándalo.

En México, esta lógica se manifiesta con claridad en el debate sobre las reformas constitucionales promovidas por Morena. Mientras el oficialismo acusa a la oposición de frenar el “cambio verdadero”, la oposición se queja de mayorías artificiales, elecciones amañadas e incluso clientelismo electoral. Pero ambos discursos parecen más interesados en el juego político que en la gente de a pie. Es decir, discuten sobre el poder, pero no sobre la representación o sobre acciones que impacten de forma positiva a la ciudadanía. Por ejemplo, la reforma de 40 horas sigue sin ser discutida, no hay un plan para las consecuencias del cambio climático, tampoco parece que el sistema de salud se acerque a los estándares nórdicos como se prometió y aun no se resuelven las demandas del sindicato de maestras y maestros. Estas problemáticas sociales, en realidad no parece que sean de gran importancia para los políticos, ya que su principal actividad parece ser la disputa por ocupar los espacios que no merecen.

III. El espejo latinoamericano

En América Latina, esta crisis de representación tiene rasgos específicos. La región ha vivido transiciones democráticas relativamente recientes, pero también una larga historia de autoritarismos, golpes de Estado, reformas neoliberales impuestas sin consulta y procesos electorales manipulados. Todo ello ha erosionado la confianza en las instituciones políticas tradicionales entre los ciudadanos.

Chile es un caso emblemático, pero ni por asomo es el único. Tras el estallido social de 2019, se abrió un proceso constituyente con amplia participación ciudadana en 2022. Sin embargo, la esperanza inicial se diluyó ante la falta de acuerdos, las campañas de desinformación y el retorno de fuerzas conservadoras al centro del debate. Perú, por su parte, vive una crisis política crónica, con presidentes que duran poco en el cargo y un Congreso profundamente impopular. ¿Quién representa al pueblo en esos contextos?

México no está exento de esa tendencia. Aunque se habla de una “cuarta transformación”, muchas personas sienten que los viejos vicios siguen presentes con nombres ya conocidos. Las consultas populares organizadas desde el poder han mostrado niveles preocupantes de participación. La democracia en México parece restringirse a la posibilidad de emergencia de algunas protestas en contra de la violencia, condiciones laborales y crisis de desaparecidos, pero sin una respuesta contundente por parte del gobierno. Este accionar nos regresa a la pregunta inicial, ¿a quién representan nuestros políticos?

Conclusión: ¿y si repensamos la democracia?

La democracia no se agota en el voto, pero sin el voto no hay democracia. La creciente abstención debería ser una oportunidad para repensar la forma en que se construye la representación. Tal vez el problema no es solo de las personas que no votan, sino de los sistemas que ya no las incluyen. Volver a entusiasmar a la ciudadanía pasa por algo más que campañas electorales: implica renovar el contrato social y hacer trabajo de campo que permita habla de una verdadera comunidad lejos de las cúpulas partidarias.

Esto exige una política más cercana, más participativa y más honesta. Exige partidos que escuchen, medios que informen y funcionarios que rindan cuentas. Exige, también, una ciudadanía activa, crítica y organizada, capaz de exigir lo que le corresponde y no conformarse con migajas. En el fondo, la pregunta sigue abierta: ¿quién nos representa hoy? Tal vez la respuesta más honesta sea: nadie todavía. Pero eso también significa que todo está por construirse.

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