Escrito por 5:00 am Salud

Cuando lo peor es permanente

El jefe del estado ha afirmado cuando menos en cinco ocasiones, en distintos momentos a lo largo de los últimos cinco meses que, frente a la pandemia y la profundización de la crisis económica, “lo peor ya pasó”; más allá de la veracidad o no de tal afirmación, la cuestión relevante a comprender en la narrativa del gobierno de la República es qué entienden por eso que califican como “lo peor”; más aún es necesario pensarlo si hay la posibilidad de que lo peor es permanente.

Sigue al autor en Twitter: @MarioLFuentes1

El tema no es trivial ni se trata de una mera cuestión retórica. Es un asunto que, por el contrario, incide en la determinación de la racionalidad de la política pública y la toma de decisiones del gobierno, las cuales van desde su estructura operativa, hasta cuestiones presupuestales y operativas.

El estado previo a la pandemia

Desde una mirada crítica, podría decirse que antes de la llegada de la pandemia ya estábamos en circunstancias que bien podrían haber sido calificadas como “las peores posibles”; es decir, en 2019 la economía tuvo crecimiento negativo, fue el año con menor creación de empleos formales, y el año con menor nivel de inversión extranjera directa; asimismo, el número de homicidios en el territorio nacional fue el más alto de la historia, lo mismo que el número de feminicidios; y fue el año con más denuncias por delitos sexuales.

Era difícil imaginar un escenario peor que ese; sin embargo, además de la pandemia de la COVID19 México enfrenta rebrotes de sarampión, una presencia masiva de casos de dengue y tuberculosis; las epidemias de obesidad, hipertensión y diabetes no disminuyen; todos ellos padecimientos vinculados a los determinantes sociales de la salud que se van a profundizar en su crisis y gravedad como efecto de la pandemia.

Cuando lo peor es permanente

Desde esta perspectiva, y siempre afirmando que las nociones de “lo mejor” y “lo peor” son relativas, no sólo a las “aspiraciones del pueblo”, sino también a las condiciones objetivas y materiales de bienestar en una sociedad, es de suma relevancia que el jefe del Estado envíe mensajes muy claros a la población; y no se trata de que sea “derrotista”, sino antes bien, un Presidente que cuenta con un inmenso respaldo popular y que puede y debe dar dimensión de lo que tenemos enfrente a fin de que todas y todos podamos tomar las mejores decisiones posibles.

Haciendo una analogía, cuando un gran terremoto o un potente huracán devastan infraestructura, cobran vidas y literalmente provocan destrucciones mayúsculas, lo peor no se da en el momento en que el fenómeno ocurre. Lo peor se hace evidente en el momento de enfrentar la reconstrucción; porque lo que ahí surge es la calamidad y tragedia a que se enfrentan las familias: tienen que vivir en las calles, en casas de familiares o en albergues públicos. Por el momento, pareciera que estamos justo en el ojo del huracán y que lo que viene además de incierto, es duro y doloroso.

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La tristeza de las pérdidas

En casos como los señalados, las personas pierden seres queridos, empleos, posibilidades y proyectos de vida. De tal forma que, lo que parecía “lo peor”, cobra una nueva y más terrible dimensión cuando las personas se dan cuenta de que sus planes e ilusiones están fracturadas.

Eso mismo estamos viviendo ahora, en medio de lo que parece ser, apenas, “el pico epidémico”; y lo que debe quedar claro, más allá de las reiteradas frases relativas a que ésta es y continuará siendo “una epidemia larga”, es qué debe y puede hacer la gente para enfrentarla y literalmente salir vivos y en las “mejores condiciones posibles”.

No podemos seguir simplemente contando muertos y esperar a que la intensidad de los contagios descienda. La economía no puede “reactivarse” por sí misma, y menos si lo que queremos es una nueva lógica de crecimiento con igualdad y justicia.

Estamos quizá, eso sí, ante la peor o una de las peores crisis que enfrentará nuestra generación; y la narrativa presidencial, enfocada casi exclusivamente desde la disputa político-electoral, no ayuda para convocar a la nación a un esfuerzo compartido para convertirnos en un país auténticamente de justicia y prosperidad para todas y todos. Lo peor, así visto, no ha pasado aún; antes bien, está instalado en nuestras vidas, y parece que de manera estructural.

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Sobre el autor

El autor es integrante del Patronato-UNAM e Investigador del PUED-UNAM

Frase clave: Cuando lo peor es permanente

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