La semana pasada se llevó a cabo en Davos, Suiza, el Foro Económico Mundial. Este encuentro es un espacio donde los líderes políticos de Occidente, junto con los grandes beneficiarios del mundo neoliberal, se reúnen para compartir observaciones, preocupaciones e incluso anunciar nuevos proyectos. Sin embargo, desde hace tiempo el foro ha sido etiquetado como un “club de Toby” de millonarios, donde rara vez se toman decisiones sustantivas y, más bien, se presentan acuerdos previamente pactados. Por ello, muchos lo consideran una pérdida de tiempo para mandatarios y empresarios neófitos que difícilmente accederán a los arreglos del viejo establishment. No obstante, la edición más reciente distó mucho de ser un encuentro rutinario.
Escrito por: Guillermo Ramírez-Rentería
El foro llegó cargado con una de las grandes polémicas del año: las intenciones del presidente Donald Trump de adquirir en propiedad el territorio de Groenlandia. Con el fin de obtener este territorio danés, el mandatario estadounidense desplegó una intensa retórica que fue desde la difusión de imágenes generadas por inteligencia artificial que representaban una colonización simbólica hasta la amenaza explícita de recurrir a la fuerza. Estos gestos no fueron aceptados con docilidad por la Unión Europea. Tanto Dinamarca como Francia enviaron tropas a la región para “protegerla” de la amenaza del miembro más beligerante de la OTAN.
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Sin entrar en el detalle de cómo este episodio constituye una ruptura interna dentro de la propia alianza atlántica —ni en el hecho de que Estados Unidos mantiene bases militares en Groenlandia desde hace décadas—, lo relevante es que este contexto tensó el ambiente del foro. En ese marco, un acontecimiento en particular sorprendió por su sinceridad o cinismo: el discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney.
El discurso de Carney fue calificado por numerosos analistas como una expresión clara de la ruptura del orden mundial vigente. Entre los puntos más señalados se encuentra su reconocimiento explícito del fin de una hegemonía y su llamado a la búsqueda de nuevas alianzas. Sin embargo, se ha prestado menos atención a lo que dijo sobre las características estructurales de la hegemonía estadounidense. Sus frases más contundentes fueron las siguientes:
“Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa; que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera; que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica; y que el derecho internacional se aplicaba con rigor variable según la identidad del acusado o la víctima… esta ficción ya no es útil”
“Así que pusimos el letrero en la ventana. Participamos en los rituales. Y, en gran medida, evitamos señalar las brechas entre la retórica y la realidad. Ese pacto ya no funciona…”
“No se puede vivir dentro de la mentira del beneficio mutuo mediante la integración cuando la integración se convierte en la fuente de subordinación”.
Estamos, sin duda, ante una confesión de parte. El primer ministro reconoce que Canadá —como muchos otros países occidentales— aceptó el orden internacional impuesto por Estados Unidos porque obtenía beneficios de él. Pero, al mismo tiempo, admite que dicho orden era profundamente desigual: favorecía al hegemón y a sus “socios minoritarios”, mientras que aplicaba reglas arbitrarias a los países situados fuera de ese club selecto. Carney reconoce que Canadá no es una víctima, sino un socio que al entender que ya no puede obtener ventaja y hasta se puede convertir en uno más de los países explotados, prefiere salirse de la simulación.
Con ello, se desmonta la narrativa que responsabiliza a los países pobres exclusivamente por su bajo desempeño, su corrupción o su falta de apego a las recomendaciones de los organismos supranacionales neoliberales. Al final, Marx tenía razón: la infraestructura productiva estaba diseñada en favor de los países occidentales desarrollados, y sobre ella se erigió una superestructura que legitimó un discurso funcional al sistema-mundo. La realidad, tarde o temprano, se impone.
En la actualidad, el poderoso país del norte ya no parece interesado en mantener socios minoritarios. Los Estados Unidos de Trump han amagado con anexar Canadá como un nuevo estado, han violado el derecho internacional al secuestrar al presidente venezolano Nicolás Maduro y ahora amenazan abiertamente a sus aliados europeos dentro de la OTAN. Esta violencia simbólica y material se ha extendido hasta un genocidio contra el pueblo de Gaza, ejecutado por medio de Israel, con el objetivo de habilitar un desarrollo inmobiliario en la zona, anunciado incluso por Jared Kushner, yerno de Trump, en el propio Foro Económico Mundial. Como diría Rita Segato “Ya no quiero pertenecer a esta especie siniestra y genocida”.
Estos hechos han provocado reacciones por parte de ministros de Dinamarca y Francia, así como comunicados conjuntos. No obstante, este tipo de advertencias no son nuevas. El presidente colombiano Gustavo Petro ya había llamado, al asumir la presidencia de la CELAC, a una reunión urgente de los países latinoamericanos para analizar una respuesta colectiva ante la amenaza del norte. Como era previsible, un discurso situado en la periferia fue minimizado en su alcance y potencia.
Ante este escenario, México debe actuar en consecuencia. Si bien el país se ha caracterizado históricamente por respuestas conciliadoras —y en ocasiones excesivamente subordinadas— frente a los embates de Trump y su entorno, resulta imprescindible considerar nuestra posición geográfica. México es quizá el país más vulnerable frente a los nuevos Estados Unidos, tanto en términos políticos como económicos. Compartimos una frontera extensa y mantenemos una relación de fuerte dependencia económica.
Sin embargo, esta vulnerabilidad no implica estar a merced del gigante del norte. Por el contrario, exige una estrategia de posicionamiento más sofisticada, entendiendo que las debilidades también pueden convertirse en fortalezas. La relación migratoria, por ejemplo, tiene un peso político significativo en Estados Unidos, al igual que la presencia de millones de connacionales y sus descendientes, particularmente en la frontera sur. En el plano económico, la interdependencia es tan profunda que la dependencia no es unidireccional: también existe en sentido inverso.
El velo del neoliberalismo ha comenzado a caer, no por la crítica de sus opositores históricos, sino por la voz de quienes se beneficiaron de él durante décadas. La confesión de sus propias contradicciones abre un escenario incierto, pero también una oportunidad para que los países de la periferia repiensen su lugar en el mundo. Para México, el desafío no es menor: implica abandonar la comodidad de la subordinación y construir, con inteligencia estratégica y dignidad política, un margen real de autonomía en un orden internacional cada vez más fragmentado.
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