La soberanía, la paz, las libertades y el desarrollo están en el corazón de la configuración que buscó ordenar las relaciones entre las naciones desde que concluyó la Segunda Guerra Mundial, y se entendieron desde entonces como corrientes convergentes de una aspiración humana común, de un interés compartido como piso básico del mundo contemporáneo. Por ello, preguntarse por las perspectivas del desarrollo en un momento en el que se encuentran en disputa tantos aspectos críticos del presente y del futuro, no es un ejercicio ingenuo y puramente formal, o un simple sesgo disciplinario.
Escrito por: Enrique Provencio D.
La conmoción generada por las acciones militares de Estados Unidos en Venezuela la madrugada de este 3 de enero, está generando todo tipo de reacciones, interrogantes e interpretaciones iniciales, dando por sentado, desde cualquier perspectiva, que se trata de un acontecimiento crucial de nuestra época. La UNAM, en su posicionamiento sobre los hechos, colocó un aspecto relevante y de fondo, que poco se ha atendido en estos días: su significación en la perspectiva del desarrollo, la erradicación de la pobreza y la reducción de las desigualdades.
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Lo que está ocurriendo en el cambio mundial empujado desde el gobierno de Trump, involucra prácticamente todas las dimensiones de la realidad actual. Tiene una lógica general en cuanto modifica el orden global y regional y su relación con los estados nacionales a través del poder crudo de la fuerza militar y la capacidad de coacción directa e indirecta, y a la vez supone implicaciones específicas para todo tipo de temas y escalas: la democracia, la seguridad, la cooperación, las organizaciones multilaterales, el medio ambiente, el comercio, el control y explotación de los recursos naturales, las finanzas y muchos más, sobre todo si se trata de cuestiones transversales, como lo son las del desarrollo.
Estos días se ha citado mucho la Carta de la ONU, como la columna vertebral del derecho internacional a partir de 1945. Se recuerda con insistencia su artículo segundo, que se refiere a la igualdad soberana de todos los países miembros, la obligación de cumplir con la Carta y arreglar las controversias por medios pacíficos para no poner en peligro la seguridad y la paz, y el compromiso de no “recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado”[1].
La Carta proclamó solemnemente su resolución de preservar la paz y evitar los sufrimientos de la guerra (los “sufrimientos indecibles” del “flagelo de la guerra”), y al mismo tiempo reafirmó y codificó los derechos fundamentales, la justicia y el derecho internacional, y también la resolución “a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad”, estableciendo además la finalidad o designio de “emplear un mecanismo internacional para promover el progreso económico y social de todos los pueblos”. Esto se plasmó en el propósito de “realizar la cooperación internacional en la solución de problemas internacionales de carácter económico, social, cultural o humanitario, y en el desarrollo y estímulo del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales de todos”[2].
Todavía más, la Carta introdujo el precepto de que las relaciones de paz tienen como requisitos la estabilidad y el bienestar, para lo cual se debían promover mejores niveles de vida, trabajo, “condiciones de progreso y desarrollo económico y social” y soluciones a los problemas internacionales con la cooperación y el respeto a los derechos (artículo 55). Ya antes, en 1941, y en plena guerra, una declaración que se considera precursora directa de la ONU, firmada por varios gobiernos en el exilio, entre ellos el de General de Gaulle, destacaba la estrecha relación entre la seguridad económica y social, y la paz sin amenazas de agresión[3].
Con esto como principio, el desarrollo se posicionó como propósito institucional, con un entramado de organizaciones multilaterales que lo promovieron, de teorías y corrientes intelectuales que le dieron interpretación, mientras se concretaban la reconstrucción y la descolonización. Fue un proceso disparejo, con una breve época de oro, que primero coexistió con el arreglo de la Guerra Fría, y luego entró en un periodo incierto en la globalización, en el que se fue desdibujando el papel del multilateralismo y entró en revisión la propia idea del desarrollo, aunque sin perder vigencia como polo orientador.
Los cuestionamientos, amenazas y violaciones al fundamento de las relaciones y las instituciones internacionales han estado presentes siempre, pero a pesar de todo, su vigencia era aceptada, incluso por los países con más capacidad económica y militar. Las interferencias y rompimientos flagrantes de los principios de paz, como en el caso de la invasión de Rusia a Ucrania, se tomaron como episodios temporales que podían afectar la estabilidad económica y social, pero no como el signo definitivo de una época que desconoce las bases del arreglo posterior a la Segunda Guerra, que incluían la relación virtuosa de soberanía, paz, libertad y desarrollo. Ese arreglo está explícitamente roto, con un reiterado desprecio y desconocimiento por parte de Estados Unidos, primero con todas las acciones que cobraron forma a partir del 20 de enero de 2025, después con la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense, y ahora con las operaciones del 3 de enero de 2026 y los posicionamientos que le siguieron. ¿Qué perspectiva abre todo esto para el desarrollo? (continúa).
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[1] Carta de las Naciones Unidas. 1945. https://www.un.org/es/about-us/un-charter/full-text
[2] Ibid. Preámbulo y artículo 1º de la Carta de las Naciones Unidas.
[3] Declaración del Palacio de Saint James, 12 de junio de 1941. https://www.un.org/es/about-us/history-of-the-un/preparatory-years
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