desigualdad
Aunque parezca inverosímil, no es sino hasta fechas recientes que la academia y la opinión parecen tomar en serio la igualdad material, las oportunidades y el bienestar en la legitimidad democrática. Cabe pensar que la suspicacia en torno a la cuestión social se haya debido a los regímenes del socialismo real, que llevaron a adoptar el ideal de una democracia sin adjetivos como si fuera equivalente al mecanismo puro de la competencia electoral.
Escrito por: Alejandro Sahuí
Para los países de la región crear y echar a andar este mecanismo tuvo un mérito enorme y no pocas dificultades, ya que se carecía de instituciones que hicieran efectiva la participación, garantizaran la representación, o aseguraran la independencia de los órganos responsables del sufragio. Se educó en nuevos hábitos y valores a los actores políticos y no existe duda de que la práctica de las elecciones logró instalarse con relativa normalidad.
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Sin embargo, como alertó Guillermo O’Donnell, se trató de un cambio sobre terreno frágil. Latinoamérica siguió siendo un subcontinente lastrado por la desigualdad, con élites sociales y políticas rígidas, al lado de extensos colectivos en situación de pobreza y exclusión. Quizás por ello, más que democracias poliárquicas genuinas, implantamos sistemas bautizados como democracias delegativas. Las transiciones no realizaron valores básicos: derechos humanos, soberanía popular, Estado de derecho y controles al poder. No logramos siquiera sentar bases firmes para la paz y la seguridad, para impedir la violencia criminal.
Hoy, la enfermedad latinoamericana de la desigualdad ya no es endémica, se ha extendido en el mundo y ha mostrado su poder corrosivo sobre la política, incluso en sociedades con democracias de larga data consideradas sólidas. El gobierno por delegación, con ejecutivos fuertes que concentran poderes y derriban controles judiciales y legislativos es un paradigma que exportamos y que se ha instalado en el imaginario global de las democracias.
La desigualdad se puede manifestar mediante populismos y conflictos de clase social, en los países pobres, o etnonacionalismos y guerras culturales, en los ricos, pero es una constante de las crisis y el factor que mejor las pronostica como observa Susan Stokes, sin que se haya querido tratar con seriedad.
Los informes de Oxfam internacional y regional de América Latina y el Caribe ponen esta cuestión al centro, precisamente la falta de asertividad para enfrentar “el imperio de los más ricos”, “el poder de los milmillonarios”[1]. Porque no son diagnósticos los que faltan, sino justicia y compromiso democrático. La lista de recomendaciones no guarda ningún secreto en las formas como los poderes económicos han capturado la política, subordinándola. Entre ellas: gravar de manera progresiva las grandes fortunas; regular prácticas de lobby y puertas giratorias; prohibir la financiación privada de las campañas; procurar la independencia de los medios; regular redes y plataformas y asegurar la transparencia algorítmica; proteger la libertad de expresión e impedir los contenidos nocivos y discursos de odio hacia mujeres, minorías raciales, étnicas, religiosas o inmigrantes.
Lo trascendente de la situación no es la alianza entre las élites económicas y políticas, la cual no es ninguna novedad histórica. Inquieta más que venga acompañada de formas autocráticas de mando y discurso, de la eliminación de controles y la anulación de libertades. Parece que este es el trance actual de la comunidad política. Por un lado, existe malestar legítimo por la desigualdad y la pérdida de bienestar, pero por otro, en la esfera pública hay un ocultamiento y desplazamiento de responsabilidades por las injusticias. Gracias a su poder informativo las corporaciones tecnológicas, que a su vez necesitan a las industrias extractivas energética y minera, avanzan en la práctica y las ideas medidas antidemocráticas e iliberales.
Señalar esas relaciones que corrompen la esfera de la opinión y la decisión gubernamental es urgente. Hay que mostrar la inconsistencia del relato de las grandes empresas disfrazado de baluarte de las libertades cívicas, desvelar cómo ejercen un control implacable y oculto de la conversación pública, violencia estructural como la entendió Hannah Arendt. Solo el poder comunicativo permitirá construir las alianzas democráticas necesarias.
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[1] Oxfam Internacional, Contra el imperio de los más ricos: defendiendo la democracia frente al poder de los milmillonarios, Oxfam, 19 de enero de 2026, www.oxfam.org/es/informes/contra-el-imperio-de-los-mas-ricos ; Oxfam Internacional, Riqueza sin control, democracia en riesgo: Infome regional para América Latina y el Caribe, Oxfam, 19 de enero de 2026, www.oxfam.org/es/informes/riqueza-sin-control-democracia-en-riesgo
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