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El acuerdo sobre los plásticos

De entre tantos problemas ambientales acuciantes, esta año la contaminación por plásticos fue seleccionada para conmemorar el día mundial del medio ambiente, que fue el 5 de junio. Las alertas por los daños causados por estos materiales surgieron desde hace por lo menos seis décadas, pero su producción y consumo no dejan de crecer. El Secretario General de la ONU lanzó un llamado para apurar la búsqueda de soluciones a través de un tratado multilateral que está en proceso de negociación, pero que enfrenta grandes dificultades y resistencias, y que ilustra tanto la urgencia como la complejidad de un cambio en los patrones de producción y consumo.

Escrito por:  Enrique Provencio D.

La alarma por la contaminación provocada por los plásticos está incrementándose, por el mayor conocimiento de sus impactos en la salud humana a causa de las micro partículas, y por la mejor documentación y seguimiento que tiene la presencia de los desechos en el ambiente y sobre todo en los mares y cuerpos de agua dulce. Todo mundo reconoce el descontrol por las fugas de estos productos, que se volvieron indispensables en unos cuantos años, desde que se generalizó su producción a mediados del siglo pasado y crecieron a un ritmo exponencial, que no se ha detenido y que, si seguimos como vamos, continuará para las próximas décadas. Para el 2060 podría triplicarse la producción anual de estos materiales sintéticos.

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Las medidas que se han tomado hasta ahora para frenar el daño de los plásticos han sido claramente insuficientes. De la producción total acumulada de resinas y fibras poliméricas a partir de 1950, se ha reciclado menos del 8 por ciento, y el 57 por ciento se ha convertido en desechos que están enterrados, en tirados o dispersos en suelos y mares. Si las tendencias se mantienen, hacia el 2060 más de 40 millones de toneladas anuales seguirían fuera de control, y de estas la mitad podría acabar en los medios acuáticos, donde ya están ocasionando grandes daños. Como señaló Antonio Guterres, “la contaminación plástica está asfixiando nuestro planeta, dañando los ecosistemas, el bienestar y el clima”, y, sobre todo, es una amenaza creciente para la salud humana.

Los plásticos, la variedad de materiales así llamados, son uno de los casos más ilustrativos de los éxitos y las fallas de la innovación en la gran aceleración, la etapa humana desatada después de la Segunda Guerra Mundial, que nos hizo entrar de lleno al antropoceno. Se volvieron omnipresentes e indispensables, resolvieron unas necesidades y generaron otras, y ahora estamos urgidos por reducir su presencia, encontrarles sustitutos, remediar los daños causados o, por lo menos y a corto plazo, controlarlos para que no nos invadan más. Los tenemos dentro, literalmente, en nuestros organismos, y apenas se están investigando a fondo las consecuencias que eso tendrá. Aumentan más rápido que la capacidad y el esfuerzo para mitigar su impacto, y, aunque se conocen las alternativas, su generación y uso siguen aumentando a tasas exponenciales.

Pronto, en agosto de 2025, iniciará la etapa decisiva para aprobar un instrumento global, que sea jurídicamente vinculante,  que se viene formulando desde 2022 y que integra las experiencias y conocimientos de miles de grupos, instituciones y centros de estudio que han hecho diagnósticos y generado propuestas para controlar la contaminación por plásticos. Los borradores del acuerdo están plagados de corchetes con opciones que se siguen discutiendo, en uno de esos típicos procesos de negociación multilateral, en los que pueden pasar muchos años hasta que se aprueban y entran en vigor. El instrumento, que puede ser un tratado, no va contra el plástico per se, sino contra sus consecuencias nocivas, pero, aun así, está enfrentando duras resistencias por parte de los países a los que pertenecen las principales empresas que los producen.

Está claro que no hay una solución única, pero también es una obviedad que se requiere, cuanto antes y por nuestro propio bien, eliminar los plásticos de un solo uso, frenar las fugas a los ecosistemas, reparar los daños hasta donde sea posible, y acelerar la investigación y el desarrollo tecnológico para encontrar sustitutos que sean realmente biodegradables, y, sobre todo, que provengan de materiales biológicos. Será un proceso muy complejo y costoso, que solo será posible con una regulación estricta que combine bien las sanciones con los estímulos, y que consiga que los principales responsables se hagan cargo de los daños que están ocasionando.

La mayor parte de los plásticos se utiliza en los empaques y embalajes, aunque la construcción, la industria y la agricultura, pero están presentes en todas las cadenas de producción y distribución, y precisamente por esa razón será una tarea tan difícil acabar con la contaminación que están provocando. En los medios ambientalistas es común escuchar que se requiere un cambio profundo de los patrones de producción y consumo. Pues bien, este es un caso que muestra la necesidad de hacerlo, pero también lo intrincado de conseguirlo.

Un acuerdo internacional sería apenas el principio de un proceso que llevará décadas, pero que sin duda ayudará a contar con planes de acción nacionales de prevención, reducción y eliminación de la contaminación por plásticos, lo que deberá acompañarse de evaluaciones constantes de los avances en la ejecución, presentación de informes, evaluaciones científicas y socioeconómicas, acciones de sensibilización, educación e intercambio de información, sistemas de cumplimiento estricto, y mucho apoyo a la investigación aplicada y orientada a soluciones. Y hay que enfrentar esta urgencia de la mano de otras, pues, a fin de cuentas, está íntimamente asociada a la transición energética y al abandono de los combustibles fósiles.

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