En ocasión del asalto al refugio del Presidente de Venezuela y su captura y extracción para ponerlo en manos de la justicia y del cerco militar ejercido por Estados Unidos sobre este país se ha hablado de un parteaguas en las relaciones internacionales, pasando de una relación multilateral basado en principios legales a la ley de la selva. Pero, ¿es esto real?
Escrito por: Ricardo de la Peña
Luego de los acuerdos que se celebraron al término de la Segunda Guerra Mundial, el mundo vivió la partición en esferas de influencia de las grandes potenciales triunfadoras: Estados Unidos y sus aliados y la Unión Soviética y sus satélites.
La principal institución internacional reguladora de las relaciones políticas entre soberanías, la Organización de las Naciones Unidas (ONU), nace maniatada por los derechos de veto que se otorgan en el Consejo de Seguridad a estas potencias, a las que décadas más tarde se sumaría China en lugar de Taiwan. Aún así, por decisiones de los mismos actores con poderío, ocasionalmente la ONU puede resolver apoyar causas de algunos de los polos, pero como acción más simbólica que efectiva, pues la fuerza de las cañoneras las tienen las naciones que se involucran en conflagraciones.
Estados Unidos se ve envuelto durante la Guerra Fría en dos conflictos mayores: la Guerra de Corea, con el respaldo de la ONU, y la Guerra de Vietnam, iniciada con un pretexto que luego se sabría fue una operación de falsa bandera: el incidente de Bahía de Tonkin, y que se extendió a naciones vecinas como Laos y Camboya.
A ello se suman al menos cinco intervenciones directas o incursiones: en Líbano en 1958, la invasión a Bahía de Cochinos en Cuba en 1961, la intervención en República Dominicana en 1965, la ocupación de Granada —parte de la Mancomunidad Británica, encabezada por Reino Unido, el aliado histórico de Estados Unidos— en 1983, el bombardeo de Libia en 1986 y la invasión de Panama, de 1989, en la que por cierto fue detenido y luego encarcelado en Presidente de ese país, muy al estilo de lo ocurrido hace días en Venezuela.
A todo esto cabría sumar operaciones encubiertas o golpes de Estado auspiciados en Irán en 1953, Guatemala en 1954, Brasil en 1964, Chile en 1973, Argentina en 1976, el apoyo a los “contras” en Nicaragua y a los muyahidines en Afganistán durante los años ochenta.
Por su parte, la Unión Soviética auspicio un golpe de Estado en Checoeslovaquia en 1948, que para muchos es el auténtico inicio de la Guerra Fría, el cerco a Berlín a fines de esa misma década, la búsqueda de control de Afganistán mientras Estados Unidos apoyaba a su contraparte.
Además, mantuvo un férreo control sobre su zona de influencia, con la represión a sublevaciones en Alemania Democrática en 1953, la invasión a Hungría en 1956 y del Pacto de Varsovia a Checoslovaquia en 1968 para acabar con la llamada Primavera de Praga, además del auspicio del golpe de mando en Polonia en 1981 para contener el avance del Sindicato Solidaridad.
Pero además, directamente con asesores militares o mediante el apoyo de tropas cubanas, participó en la crisis del Congo en la primera mitad de la década de los sesenta, en la Guerra de Ogadén en Etiopia a fines de los setenta y en la prolongada guerra civil en Angola, por no hablar de su presencia cautelosa en los conflictos de Corea y Vietnam.
En el período inmediato posterior a la Caída del Muro de Berlín, el cierra del siglo veinte, Estados Unidos se involucró de inmediato en al menos cinco conflictos: la operación Tormenta del Desierto para expulsar a Irak de Kuwait, la intervención en Somalia contra milicias locales, los bombardeos a Serbia para defender a Bosnia, la invasión a Haití en 1994 y la guerra en Kosovo en 1999.
Las dos primeras décadas de este siglo vieron a Estados Unidos desarrollar una supuesta guerra contra el terrorismo, que tendría como pistas la invasión a Afganistán durante veinte años y simultáneamente la Guerra en Irak, iniciada bajo pretextos y engaños a la comunidad internacional sobre una inexistente tenencia de armas de destrucción masiva por el régimen iraquí.
A lo anterior le siguió la intervención en Libia en 2011, la guerra contra el Estado Islámico y la presencia militar en la guerra civil en Siria, que acabaría con la deposición de un régimen incómodo para Washington, además de operaciones especiales y bombardeos en Yemen, Somalia e Irán y el asesinato de su principal enemigo en Pakistán.
Rusia por su parte no ha estado cruzada de brazos. Al control de conflictos internos como los de Chechenia en la última década del siglo pasado, le siguió la Guerra de los Cinco Días en Georgia en 2008, la operación de anexión de Crimea en 2014, la guerra en el Donbás desde entonces hasta su continuación en la invasión a Ucrania desde 2022, la intervención en Kazajistán ese mismo año, en la guerra civil en Siria de 2015 a 2025 y las incursiones del Grupo Wagner en Libia, grupo que además en esta década auspicio golpes de Estado en Malí, Burkina Faso y Niger.
Hemos dejado intencionalmente de lado conflictos donde quien lo encabeza no es una de las dos superpotencias nucleares, como todas las confrontaciones en Medio Oriente, Asia Central y otras regiones del mundo. Como ejemplo, ¿qué habría que decir de los ataques perpetrados contra Israel o las respuestas unilaterales de este Estado para contener a sus enemigos, invadiendo territorios y llevando a cabo acciones calificadas como genocidas por una parte de la comunidad internacional?
Pero el recuento de lo hecho por Estados Unidos y por la Unión Sovíetica y su sucesora Rusia es prueba suficiente de que en el plano internacional no ha predominado una lógica de diálogo y negociación pacífica mediada por organismos internacionales, sino las acciones de fuerza y la imposición de una lógica de hechos consumados, con mentiras y engaños para justificar las acciones, pero cada quién haciendo lo que le resulta a su parecer conveniente en contra de los más débiles y para mantener su estatus como superpotencia y el control de las que considera sus legítimas áreas de influencia.
Cada vez que ocurre un evento conflictivo en el plano internacional se escuchan las voces que afirman que es el gran parteaguas de la historia reciente. Se escuchó con el derribo de las Torres Gemelas, con la invasión a Ucrania y ahora con los sucesos en Venezuela. Mas pudiera pensarse que sólo son otras vueltas de tuerca en el desarrollo de procesos de medición de fuerzas y establecimiento de áreas de control.
Como en la Guerra Fría, ahora las potencias se reparten el mundo. Y ello ha ocurrido luego de la Gran Guerra o del Congreso de Viena y claro, desde que la humanidad ha creado civilizaciones y éstas se han confrontado. No parece haber nada nuevo bajo el Sol. Y es claro que cada potencia se da para sí el derecho al uso de la fuerza y se lo niega a su contraparte y a otras naciones no aliadas.
Tal vez entonces el mayor cambio respecto a la época reciente, luego de la Segunda Guerra Mundial, sea entre la retórica y la actitud de pretendida búsqueda de un respaldo internacional a acciones militares y la lógica descarnada y cínica de asumir que lo que se hace se hace simplemente porque se desea hacer, unilateralmente, sin requerirse del consenso de otra naciones, con total indiferencia, incluso desprecio, hacia organismos internacionales, alianzas formalizadas entre naciones y el debido aprecio y concordia con socios militares, políticos y económicos. Y eso se da ahora desde ambos polos de la vieja contienda entre superpotencias.
Desde el lado estadounidense ello se corrobora en la amenaza de uso de la fuerza en Groenlandia en lugar de abrir un diálogo y negociación con la Unión Europea que bien podría derivar en la adopción conjunta de mecanismos de fortalecimiento de defensas occidentales ante potenciales asechanzas de Rusia o China. Pero no, pues de lo que se trata es de hacer a “América más grande”.
Una nota complementaria sobre lo esperable para México en este nuevo ciclo de confrontaciones en el escenario internacional, donde Estados Unidos parece tomar un papel más activo en el ámbito de América Latina.
El gobierno estadounidense muestra disposición a actuar por la fuerza donde la expresión de sus demandas no conlleva obediencia y sumisión. En este sentido, el reclamo en materia de seguridad es la desarticulación de la estructura de narcotráfico, lo que pasa no sólo por el desmantelamiento de laboratorios y la eventual entrega de capos, sino por la supresión de los enlaces de protección que brindan políticos a la actividad delictiva. Y la amenaza del uso de la fuerza es más un recurso de presión que una inminencia; presión que no dejará de estar presente y jugar un papel en la cercana renegociación del tratado comercial de la región, cualquiera sea el formato que éste adquiera.
Para capos y políticos que señale y elija el gobierno del Vecino del Norte, en una lista en la que no estarán todos los que son aunque factiblemente sí serán todos los que estén, ello supone su detención y entrega a la justicia estadounidense, lo que eventualmente tendría que darse de manera voluntaria por el gobierno mexicano para impedir acciones de fuerza comandadas por Estados Unidos, que de recurrir a esta opción las realizaría con o sin la colaboración franca de su vecino, mediante operativos formalizados o acciones encubiertas y secuestros, y sin reparar en los costos en la relación bilateral que ello provocara. Que no quepa duda.
Eso no significa que operativos de esta naturaleza vayan a pacificar al país, pues otros capos vendrán detrás de los que sean detenidos mientras existan incentivos para producir y distribuir drogas.
Empero, bien puede servir para reducir el tráfico de estupefacientes, sobre todo al romperse los enlaces entre mafias traficantes y políticas. Y seguramente va a someter con mayor fuerza al gobierno mexicano a los intereses de su principal socio comercial.
Desde luego, estas potenciales acciones no conllevará mayor democracia y beneficios económicos para la población mexicana. No, están no son las coordenadas en que se moverán los objetivos de estas acciones, que sólo servirán para satisfacer lo deseado en términos de poder y control por el Imperio hoy triunfalista y remasterizado.
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