La dependencia no ha muerto. El Sur Global sigue pagando la factura del desarrollo - Mexico Social

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La dependencia no ha muerto. El Sur Global sigue pagando la factura del desarrollo

Una vieja teoría para un mundo que no ha cambiado tanto

Cada cierto tiempo, los discursos cotidianos en los noticieros repiten la misma historia, que los países pobres lo son porque no supieron modernizarse. Aseguran que el atraso es producto de malas decisiones, corrupción, falta de disciplina o incluso la “cultura” o la “idiosincrasia” del mexicano. Pero esa narrativa omite un dato fundamental, que la pobreza del Sur es la otra cara de la riqueza del Norte.

Escrito por:  Guillermo Ramírez-Rentería

Recordar hoy la teoría de la dependencia no es un ejercicio nostálgico, sino un acto de necesaria lucidez política. Nos permite entender que el capitalismo global sigue operando con las mismas reglas que denunciaron autores como Rosa Luxemburgo, Raúl Prebisch o André Gunder Frank, estableciendo una estructura donde unos pocos se desarrollan, mientras la mayoría sostiene los costos.

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La dependencia sigue siendo la matriz invisible del capitalismo contemporáneo, aunque ahora se disfrace de globalización, cooperación para el desarrollo o economía digital. La estructura siempre es la misma bajo una nueva forma de explotación.

El origen de una estructura desigual

A principios del siglo XX, Rosa Luxemburgo, en La acumulación del capital (1913), explicó que el capitalismo necesitaba territorios no capitalistas para sobrevivir. El sistema, decía, no puede expandirse sin absorber y explotar espacios externos como las tierras, cuerpos, culturas y recursos ajenos.

Poco después, José Carlos Mariátegui, en Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), sostuvo que el problema de América Latina no era la falta de modernidad, sino la forma dependiente en que esta había sido impuesta al Perú y a los otros países. El colonialismo no había desaparecido, solo había cambiado de rostro, volviéndose más sofisticado.

En las décadas siguientes, autores como Celso Furtado y Antonio García Nossa profundizaron esta crítica. Furtado sostenía que las economías latinoamericanas no estaban atrasadas “por naturaleza”, sino porque estaban diseñadas para servir al desarrollo de otros. Mientras el norte industrializaba, el sur exportaba materias primas baratas.

La CEPAL, bajo la dirección de Raúl Prebisch, formalizó esta relación desigual en 1949 con su tesis del centro-periferia. Según Prebisch, los países del centro exportan bienes manufacturados con alto valor agregado, mientras que los periféricos envían materias primas de valor decreciente. El resultado es la existencia de un deterioro constante en los términos de intercambio. En palabras simples, la periferia trabaja más y gana menos y viceversa.

Dependencia y poder. El capitalismo como red de dominación

Durante los años sesenta y setenta, la teoría de la dependencia vivió su auge con una mirada más radical. André Gunder Frank, en Capitalism and Underdevelopment in Latin America (1967), fue tajante sosteniendo que el subdesarrollo es el producto histórico del desarrollo capitalista mundial. América Latina no está fuera del sistema, sino atrapada en su engranaje, en una visión del mundo determinada por Occidente. En otras palabras, América Latina está donde debe estar según el diseño establecido.

Por su parte, Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto, en Dependencia y desarrollo en América Latina (1970), propusieron una lectura más sociopolítica. No bastaba con culpar al imperialismo externo, sino que también existían élites locales que reproducen la dependencia. Estas élites, en alianza con el capital extranjero, consolidaron una “dependencia asociada”, donde el poder económico y político interno servía a intereses externos. Esta nueva idea complejiza lo que solía ser un debate de falsa dicotomía ideológica, argumentando que el enemigo extranjero y la corrupción local no son mutuamente excluyentes.

Ese análisis sigue vigente. Hoy la extracción no la realizan potencias coloniales, sino corporaciones transnacionales, fondos de inversión y plataformas digitales con la ayuda de las elites locales. El patrón sigue siendo el mismo, el sur sigue exportando recursos, mano de obra barata y millones de datos, mientras que el norte concentra la tecnología, la propiedad intelectual y sobre todo las ganancias.

México ilustra esta paradoja, pues ensamblamos lo que otros diseñan, extraemos lo que otros procesan y generamos los datos que otros monetizan. La maquila, el extractivismo minero y la dependencia tecnológica son las versiones modernas de la vieja estructura centro-periferia. El sur global no solo enfrenta desigualdad económica, sino también dependencia cognitiva y ecológica. La balanza se mantiene desigual cuando el conocimiento y la sostenibilidad se concentran en el norte, mientras el sur aporta el esfuerzo y el desgaste.

Un mundo aún asimétrico

¿Qué demuestra que esta lectura sigue siendo válida?

Primero, los propios instrumentos internacionales de derechos humanos y de desarrollo sostenible —como la Agenda 2030 de la ONU— reconocen que la desigualdad global es una construcción histórica. La persistencia de la pobreza en el sur y la concentración de la riqueza en el norte violan el principio de equidad internacional. Es decir, internacionalmente se reconoce el patrón, que sigue sostenido por una estructura económica, política e ideológica. Se puede afirmar entonces que las asimetrías productivas persisten, y que la brecha tecnológica entre centro y periferia condiciona cualquier posibilidad de desarrollo autónomo.

Incluso los informes del Banco Mundial o del Fondo Monetario Internacional, aunque sin mencionarlo de forma clara, confirman esta dependencia, reconocen que el crecimiento del sur depende de los precios internacionales, de la deuda externa y de la inversión extranjera. Es decir, la soberanía económica sigue siendo una ilusión para países como México y América Latina.

Teóricos contemporáneos como Samir Amin, Walter Rodney o Aníbal Quijano releyeron la dependencia en la era de la globalización neoliberal. Amin propuso la “desconexión estratégica” para construir autonomía sin aislarse del mundo. Rodney mostró cómo Europa “subdesarrolló” África mediante el saqueo sistemático de recursos. Quijano introdujo la noción de “colonialidad del poder”, señalando que la dependencia también opera en el conocimiento y la cultura cuando el norte define qué es ciencia, progreso o modernidad.

Estas ideas conectan con lo que hoy vivimos, una dependencia tecnológica, deuda ecológica y subordinación digital. Los centros de poder ya no son solo geográficos, sino también algorítmicos y financieros. No es casualidad que las ciudades más ricas del mundo, como Londres o Nueva York, tengan incluso sus propias reglas para operar, como si estuviesen diseñadas precisamente para ser las capitales financieras mundiales donde se organiza el capital extraído.

¿Es posible escapar de la dependencia?

Existen algunos casos que parecen desafiar la regla. Corea del Sur, China o Singapur lograron combinar inserción internacional con desarrollo interno. Pero son excepciones que confirman la regla, pues solo lo lograron mediante un fuerte control estatal, autonomía tecnológica y una planificación de largo plazo. Los ingredientes proscritos a propósito por la receta neoliberal de Washington. Elementos ausentes en la mayoría de las economías latinoamericanas al estar apegadas a una fuerte privatización de servicios, mercantilización de derechos y un Estado disminuido de forma intencional.

En el caso latinoamericano se dio la apertura comercial sin control estatal, la industrialización fue sustituida por maquila y la ciencia por dependencia tecnológica. Lo que Prebisch llamó “deterioro estructural” se ha transformado en una nueva dependencia digital, donde las materias primas ya no son solo minerales o petróleo, sino datos, energía y trabajo cognitivo.

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