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Para Mario Mota, el niño que siempre fue.
Reseña de: Saúl, Arellano, La infancia y el sentido interrumpido Ensayo sobre la fractura ontológica del cuidado. Ciudad de México: UNAM, 2025.
Escrito por: Jorge Federico Márquez Muñoz
La infancia y el sentido interrumpido es el último trabajo del Dr. Saúl Arellano Almanza, reconocido investigador del Programa Universitario de Estudios del Desarrollo de la UNAM y especialista en temas como la pobreza y las infancias. En dicho trabajo, el Dr. Arellano trae al centro de la discusión un pertinente tema que es rehuido por algunos y visto con menosprecio por otros: el papel de la infancia en la sociedad. Esto sucede así porque los niños, al no formar todavía parte del sistema productivo y vivir a un tiempo distinto del de los adultos, cuestionan accidentalmente las lógicas del capitalismo contemporáneo, centradas casi por completo en criterios de pérdidas/ganancias. En palabras del autor: “La infancia, con su dinamismo y lentitud, con su lenguaje propio, su necesidad de afecto y de juego, se ha convertido así en una forma de «estorbo», en un gasto, en una cifra marginal en los presupuestos y en las decisiones estratégicas del Estado” .
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Antes de diseccionar parte por parte el texto, es preciso señalar algunas de sus características generales a fin de que el lector pueda degustarlo a plenitud. Es este nuestro deber considerando que el ambicioso ensayo de Saúl Arellano se sitúa en la intersección de disciplinas como la sociología, la filosofía y la ciencia política, aunque estas no son limitativas y a lo largo del escrito nos podemos percatar que para robustecer sus argumentos, también se ayuda del análisis jurídico, de la economía y hasta de la literatura. A ello ayuda la rica formación disciplinar del autor, que es comunicólogo, abogado, doctor en economía y también en teorías estéticas… Sería irrelevante dar una lista detallada de los estudios del Dr. Arellano en tanto todo ese conocimiento acumulado es puesto en práctica en su ensayo. Precisamente, comenzaremos discutiendo la elección de este género narrativo.
Con frecuencia sucede que los autores, indecisos entre la elocuencia y la erudición, prefieren la segunda sacrificando así la primera. Esto tiene múltiples desventajas, entre ellas producir textos insulsos en los que se trasluce la mala conciencia. Cuando por el contrario, los autores privilegian la elocuencia frente a la erudición, a menudo su papel se ve degradado al de panfletistas o al de ideólogos. Evidentemente el texto de Saúl Arellano no cae dentro de la primera ni de la segunda categoría, pues se inscribe en esa bella tradición inaugurada hace casi quinientos años por un francés.
Está por demás decir que el ensayo, considerando la transdisciplinariedad del enfoque adoptado, es el género narrativo óptimo para el presente libro. “Mi profesión y mi arte es vivir.” —dijo Montaigne— “Quien me prohíba hablar de ello según mi propio sentido, experiencia y costumbre, que ordene al arquitecto que hable de los edificios no según sí mismo, sino según su prójimo” (Liv2, ch6). El Dr. Arellano lo dice con otras palabras, pero cuando en la página 8 de su ensayo dice renunciar “deliberadamente a la pretensión de la exigida objetividad valorativa que hoy domina el campo de la investigación científica”, su grito de rebelión es uno análogo al de Montaigne.
Asimismo, este grito de rebeldía e insumisión es uno que implícitamente tiene como destinatario unas ciencias sociales cada vez más temerosas y mediocres, que refugiándose tras la superioridad moral de la academia llamada imparcialidad, día con día demuestran su poca capacidad didáctica y su escasa contribución al conocimiento.
Una de las mayores virtudes de La infancia y el sentido interrumpido es no solo romper con el mito de la imparcialidad, sino la honestidad intelectual y el explicitar las propias preferencias; aprehenderlas y reivindicarlas de manera frontal y sin tapujos. El autor nos dice que “hay situaciones donde la neutralidad se convierte en complicidad, y donde la ética exige tomar partido”.
Es posible, a partir del papel preponderante que el autor otorga a la ética en sus reflexiones, comprender mejor su escritura y el objetivo de su texto. La ética constituye una columna vertebral en todo el ensayo y así lo deja ver en numerosas ocasiones. “La infancia como centro ético de la democracia” —nos dice el Dr. Arellano. Incluso en el mismo hecho de dedicar un apartado entero de su obra a la representación de la infancia dentro de la literatura es posible percatarnos que lo que busca el autor es un regreso a la ética. Milan Kundera decía que “En la época de la excesiva división del trabajo, de la especialización desenfrenada, la novela es una de las últimas posiciones en las que el hombre aún puede mantener una relación con la vida en su conjunto”. Luego, se entiende que el autor no vacile en estudiar —lo hace en veinte páginas— a dos grandes novelistas como Kafka y Dickens.
Y si Levinas prueba ser un pensador fundamental para el andamiaje teórico del Dr. Arellano, su otra gran influencia parece ser la teoría crítica. A lo largo del ensayo es posible encontrar referencias sistemáticas a ideas de Horkheimer, Adorno y Marcuse. Se llega a mencionar la unidimensionalidad marcusiana, el estado autoritario de Horkheimer y los escritos sobre educación de Adorno. Pero dentro de todas estas ideas provenientes de la teoría crítica ninguna es más importante que la de racionalidad instrumental,que en palabras del propio autor “cosifica al niño, despojándolo se su subjetividad para convertirlo en objeto de intervención o neutralización”, y que ha provocado que las leyes para la protección de la infancia hayan “sido reducidos a un criterio procedimental, invocado como requisito retórico en resoluciones judiciales y en discursos institucionales, sin que ello conlleve acciones transformadoras de fondo”.
El hecho de que el autor muestre cierta inclinación hacia los teóricos críticos, sin embargo, no significa que su reflexión esté ideologizada. Este suele ser uno de los mayores errores de la gente que adhiere a la teoría crítica, pues en su intento de lograr la tan anhelada unión entre teoría y praxis suelen olvidar por completo la primera y concentrarse enteramente en la segunda. O en otras palabras, los teóricos críticos suelen —y esto mismo sucedió con sus tres grandes exponentes, aunque con diferente medida— terminar por convertirse en meros propagandistas y/o agitadores de las ideologías más abyectas.
Esta lamentable situación, vuelvo a remarcar, no sucede en el ensayo de Saúl Arellano. Es verdad que las ideas de Horkheimer y Adorno —y en menor medida Marcuse— constituyen una vértebra de todos los argumentos vertidos en el libro; también es verdad que se cita en reiteradas ocasiones a ciertos autores corrompidos por la teoría crítica y que lejos de ser filósofos son meros activistas, fieles representantes de la podredumbre de la academia contemporánea: ellos son Nancy Fraser y Judith Butler; por último, también es verdad que se llega a citar a Bourdieu, “el ideólogo de la pequeña burguesía” como lo denominó Raymond Aron y el responsable, en gran parte, de la satanización del mérito que vivimos en la actualidad. No obstante, en La Infancia y el sentido interrumpido no encontramos ni el activismo revolucionario de las primeras ni el resentimiento del segundo.
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En cambio, el texto del Dr. Arellano está atravesado por una justa indignación por el devenir de las cosas. Si se critica la racionalidad instrumental no es por odio al capitalismo ni por amor al socialismo, es por indignación ante sistemas que han soslayado a las infancias de manera sistemática; si se habla de “fetichismo jurídico” es menos por reivindicar el marxismo de aquel epistemólogo del sur —que siempre se sirvió a manos llenas de las bondades del norte— que por irritación ante textos legales que dicen mucho pero no se traducen en beneficios concretos para los niños. En resumen, las críticas vertidas en el libro encuentran su razón de ser en los hechos concretos, no en la ideología.
Esta elegante forma de adherir a la teoría crítica sin por eso caer en el activismo, el revolucionarismo o el resentimiento, es una de las características principales del libro del Dr. Arellano. Y debemos celebrarlo porque es un rasgo difícil de encontrar en la actualidad. En lo particular no tengo duda que esta templanza es acreedora del pensamiento levinasiano que está también impregnado en todo el libro. Este regreso a la ética anuló ―con mucho éxito sin duda alguna― las tendencias perniciosas inherentes a la teoría crítica.
Una vez expuestas las características generales del libro, me permitiré hacer un resumen, a muy grosso modo, de los capítulos que lo conforman. El capítulo 1 habla sobre las infancias periféricas, es decir, de aquellos “que viven fuera del marco normativo de la niñez escolarizada, nuclear, mestiza o racializada en cualquiera de sus versiones”. La solución que el autor propone es clara: “repensar el derecho desde las urgencias vitales y no desde la lógica de los expedientes”.
El capítulo 2 continúa la discusión de las infancias partiendo desde el derecho y mostrándonos una estadística demoledora: de acuerdo con el Índice de los derechos de la niñez 2022 ―una obra escrita por el propio Arellano en colaboración con el Dr. Mario Luis Fuentes― México tiene una escala del 0.558 en cuanto a cumplimiento de los derechos de la niñez, donde cero es el cumplimiento nulo y uno es el cumplimiento total. Esta aciaga cifra es complementada con una realidad legal que difiere por completo de la realidad material del país, pues en el texto incluso se realiza un análisis de jurisprudencias para concluir que en México existe “una base doctrinal avanzada, alineada con estándares internacionales”.
En este segundo capítulo el autor también realiza una crítica de las políticas públicas emprendidas desde el Estados, pues estas, además de no atacar las causas del problema sino solo las consecuencias, terminan por deshumanizar. Sobre la pobreza infantil nos dice el autor, inspirándose en Levinas: “En el vivir para sobrevivir no hay o solo hay una reducción del ser, sino una anulación ética, una mutilación del lazo humano más originario”.
En el capítulo 3, titulado “Infancias que piensan”, se rechaza el “adultocentrismo epistémico” que niega a los niños la capacidad de pensar y comprender por sí solos. Aquí la experiencia infantil es defendida como un saber distinto al del adulto y que está ligado por el juego, el silencio, la pregunta y la poética.
Por su parte, en el capítulo 4 se realiza una crítica a la relación Estado-infante, que se caracteriza por un enfoque punitivo basado en el control, la burocratización y la despersonalización. Se habla de que rara vez se concibe a los niños “como sujetos plenos de derecho en el presente”, y de manera inmediata el autor reivindica una aproximación a la niñez desde una escala de lo infantil, concepto retomado de Mircea Eliade. Es de resaltar que en este capítulo el Dr. Arellano cita a Proust, Dickens, Kafka y Walter Benjamin para ilustrar la experiencia institucional de la infancia como sometimiento, abandono e invisibilidad.
El capítulo 5, el último y más extenso de todo el libro, defiende el carácter interseccional de las infancias, al tiempo que se abordan problemas como el trabajo infantil, la violencia, la militarización y el deterioro ambiental. Todos ellos perjudican de distintas maneras el interés superior de la infancia, por lo que se propone “reencantar el mundo” a través de una “pedagogía pública del cuidado y la ternura”. El libro concluye que la infancia debe ser reconocida como un centro de sentido: no solo “está” allí, en nuestra vida diaria, sino que es parte constitutiva de él. La niñez es ―de acuerdo con el autor― la verdad fenomenológica que se presenta en su forma más originaria.
Entre las (pocas) críticas que se pudieran realizar a esta obra debo mencionar una sola: la presencia a veces exagerada de apartados e incluso subapartados dentro de los capítulos. Esto podría ser obviado en otros géneros narrativos ―especialmente en una tesis cientificista o que adhiera al positivismo―, pero en el ensayo la fluidez es imprescindible. En cualquier caso, esta crítica es una menor y que no dificulta en demasía la lectura.
Resumiendo, La infancia y el sentido interrumpido es un libro transgresor, que desafía las ideologías y realiza un llamado de auxilio en nombre de quienes por diversas razones no pueden hacerlo: los niños. Como el autor lo señala al principio de su obra, este ensayo es en cierta forma una “reinterpretación comprensiva” de los hallazgos efectuados en el Índice de los Derechos de la Niñez en sus ediciones 2019 y 2022. Esto hace que el libro se pueda leer a dos o incluso a tres voces, enriqueciendo la reflexión filosófica que se presenta en esta ocasión con el trabajo estadístico realizado con anterioridad. No resta sino felicitar a Saúl Arellano por el esfuerzo emprendido y congratularnos de que nuestra máxima casa de estudios publique trabajos de tan alta calidad. Enhorabuena.
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