la palabra
Nuestra época asiste inexorablemente al uso expansivo de nuevas tecnologías, y con ellas, a la reconfiguración y rearticulación del mundo de la vida a partir de dispositivos que median, filtran, y en ocasiones, sustituyen una de las experiencias humanas más elementales: la lectura. En México, esta mutación ocurre sobre un terreno ya frágil, y los datos más recientes de organismos como la UNESCO y la OCDE no hacen sino confirmar un hecho inquietante: estamos ante una crisis profunda de comprensión lectora, agravada por desigualdades estructurales en el acceso digital y por una transformación cultural que privilegia la velocidad sobre la profundidad.
Escrito por: Saúl Arellano
El más reciente de la UNESCO advierte que el uso intensivo de redes sociales afecta negativamente tanto el bienestar como el aprendizaje de niñas, niños y adolescentes. No se trata de una condena moral a la tecnología, sino de un señalamiento epistemológico: las formas de atención que producen estas plataformas erosionan la capacidad de concentración sostenida, condición sine qua non de toda lectura compleja. La lectura, en su forma más exigente es una interlocución silenciosa con la alteridad del texto, un ejercicio de hospitalidad intelectual que exige tiempo, disciplina y una disposición a la dificultad.
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En México, esta exigencia se enfrenta a un doble obstáculo. Por un lado, los resultados de evaluaciones internacionales han mostrado consistentemente niveles bajos de comprensión lectora en comparación con otros países miembros.. Por otro, informes recientes señalan que una proporción significativa de escuelas primarias carece de conectividad adecuada a internet, lo que limita no sólo el acceso a recursos digitales, sino la posibilidad misma de formar competencias críticas en el uso de la información. Esta paradoja —-déficit simultáneo de lectura profunda y de acceso digital significativo—- coloca al sistema educativo mexicano enante una encrucijada histórica.
Pero conviene señalar que la lectura no es simplemente una habilidad instrumental, reducible a la decodificación de signos. Es, como insistía George Steiner, una forma de encuentro con lo otro, una práctica que nos sitúa ante la densidad irreductible del lenguaje y, con ello, ante la complejidad del mundo. Leer bien es aprender a habitar la ambigüedad, a sostener la tensión entre sentidos posibles, a resistir la tentación de la simplificación inmediata. En este sentido, la crisis de la lectura es, en el fondo, una crisis de la experiencia humana.
La irrupción de las inteligencias artificiales añade una capa adicional de complejidad. Estas tecnologías son capaces de producir textos coherentes, sintetizar información y responder preguntas con notable eficacia. Sin embargo, su funcionamiento descansa en patrones estadísticos y en la recombinación de corpus previos; carecen, en sentido estricto, de experiencia vivida, de intencionalidad consciente y de esa dimensión ética que emerge del encuentro entre sujetos. Para interactuar críticamente con estas herramientas es imprescindible comprender los textos que generan, evaluar sus supuestos, detectar sus sesgos.
Aquí se revela una ironía profunda: en la era de la sobreabundancia textual, la capacidad de leer se vuelve más escasa y, por tanto, más valiosa. Nunca hemos tenido tantos textos disponibles y, sin embargo, rara vez nos detenemos a leerlos con la atención que merecen. La lectura se fragmenta, se interrumpe, se disuelve en una cadena de estímulos efímeros. La consecuencia no es sólo cognitiva, sino política: una ciudadanía que no lee críticamente es una ciudadanía más vulnerable a la manipulación, a la desinformación.
En este contexto, México necesita un giro de 180 grados en sus políticas de promoción de la lectura. En efecto, en primer lugar, es necesario reconfigurar el lugar de las humanidades en el currículo. Durante décadas, estas disciplinas han sido relegadas bajo la lógica utilitarista que privilegia competencias técnicas de corto plazo. Sin embargo, son las humanidades -la filosofía, la literatura, la historia- las que enseñan a leer en sentido pleno: a interpretar, a contextualizar, a dialogar con tradiciones de pensamiento.
En segundo lugar, la política pública debe asumir la lectura como un derecho cultural. Esto implica fortalecer las bibliotecas públicas y escolares, garantizar el acceso a libros de calidad, promover comunidades lectoras y, sobre todo, formar mediadores de lectura con alta capacitación. La lectura se contagia, se comparte, se cultiva en espacios donde el texto adquiere sentido colectivo.
En tercer lugar, la digitalización debe ser acompañada por una alfabetización crítica; es indispensable enseñar a usar internet de manera reflexiva, a distinguir fuentes, a evaluar información, a comprender los algoritmos que estructuran nuestra experiencia en línea.
Finalmente, es necesario reconocer que la formación lectora comienza en la primera infancia. Las brechas que se observan en la educación básica son, en gran medida, el resultado de desigualdades tempranas en el acceso a estímulos lingüísticos, a libros, a interacciones significativas con adultos lectores. Por ello, una política integral de lectura debe articularse con estrategias de desarrollo infantil temprano.
Por todo lo anterior debemos preguntarnos: ¿qué tipo de personas queremos formar en México? Si aceptamos que la educación tiene como objetivo central la formación de personas capaces de pensar, de juzgar y de convivir en pluralidad, entonces la lectura adquiere un carácter fundacional.
México no puede permitirse una generación que navegue entre textos sin comprenderlos, y que interactúe con tecnologías avanzadas sin criterio crítico. La promoción de la lectura, en este contexto, es una condición de posibilidad para la democracia, la justicia y la dignidad humana. Como lo sugería Steiner, cada acto de lectura debe ser una apuesta contra el olvido. En México, hoy más que nunca, esa apuesta es también una forma de resistencia.
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Investigador del PUED-UNAM
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