La presidenta que no pelea y gana
La presidenta Claudia Sheinbaum se ha caracterizado por evitar los golpes de autoridad, y más bien, ser de silencios estratégicos. En vez de intervenir en las disputas internas de Morena —gobernadores confrontados, dirigentes en pugna, operadores tensando alianzas— ha optado por la inacción calculada.
Escrito por: José Ojeda Bustamante
Pareciera que, mientras sus adversarios dentro del partido se desgastan entre sí, ella se presenta como la presidenta serena que no se ensucia en pleitos menores. Sun Tzu lo dijo claro: la mejor victoria es la que se consigue sin combatir.
Morena, más que un partido, ha sido un vehículo de poder ensamblado por lealtades dispares. La cohesión que le impuso Andrés Manuel López Obrador fue carismática, no institucional. Hoy, sin el control directo del presidente saliente, la tensión entre grupos se hace visible. Pero Sheinbaum no interviene. Se posiciona por encima. No porque no pueda, sino porque sabe que desgastarse ahora sería entrar en una lógica de poder viejo. Y ese no es su juego.
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Desde las antípodas, aventuro una tesis: Sheinbaum está dejando que el conflicto interno reduzca a sus adversarios naturales dentro del movimiento, mientras consolida una imagen de estadista que no se contamina con el barro de las disputas tribales.
A cada golpe entre gobernadores o choques entre liderazgos estatales, ella responde con compostura. Proyecta control sin confrontar.
Pero este tipo de liderazgo también corre riesgos. Lo que algunos ven como sabiduría, otros lo interpretan como debilidad.
La violencia política en Chiapas, los conflictos no resueltos en el Estado de México, o las tensiones poselectorales en estados clave, son señales de alarma. Un poder que no se ejerce puede convertirse en vacío, y los vacíos en política siempre se llenan, casi nunca por los mejores.
Nos preguntamos ¿este estilo de Sheinbaum podrá sostenerse cuando llegue la primera gran crisis? Porque gobernar sin intervenir tiene límites. Tarde o temprano, los conflictos internos pueden escalar al punto de afectar la gobernabilidad federal. Y ahí, ya no bastará con lucir firmeza; hará falta capacidad real de contención y recomposición.
Por ahora, la presidenta está ganando sin pelear. Pero el país no necesita solo victoria estratégica; necesita proyecto de Estado. Y eso implica ordenar el poder, no solo sobrevivirlo.
En resumen, debemos esperar cambios trascendentes en su gabinete, no estaría de más una buena sacudida a su partido, un buen jalón a legisladores y gobernadores, para antes que termine su primer año de gobierno. Porque de lado opositor a su movimiento, no han tocado fondo, no hay reinvención, no hay innovación y mucho menos hay autocrítica.
Finalmente, la paradoja está servida: Sheinbaum amplía su control mientras su partido se fragmenta. ¿Hasta cuándo podrá sostenerse esta ecuación?
¿Estás construyendo una institucionalidad que te sobreviva, o solo estás administrando tu momento de gloria antes de que el caos te alcance?
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