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La vulnerabilidad climática y la fragilidad del desarrollo

Durante décadas se ha pensado que la naturaleza constituye una especie de “telón de fondo”; un espacio de exterioridad respecto de lo humano, donde transcurre la historia. Se trata de una perspectiva que siempre fue errónea pues la realidad climática planetaria ha sido siempre uno de los principales determinantes del desarrollo y pervivencia de las civilizaciones.

Escrito por:  Saúl Arellano

Desde esa lógica, la previsión respecto de que el fenómeno de “El Niño” pueda alcanzar una intensidad extraordinaria durante 2026 e incluso prolongarse hasta 2027 constituye una señal de alerta que debe ser tomada con la mayor seriedad. El Niño forma parte de la dinámica natural del sistema climático terrestre y ha estado presente mucho antes de la aparición de las sociedades contemporáneas. Lo preocupante es que sus efectos se despliegan en un mundo profundamente transformado por un modelo económico que ha llevado al límite la capacidad de resiliencia de los ecosistemas, y que ha provocado un acelerado proceso de calentamiento global.

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En este sentido, el problema mayor que se enfrenta es la vulnerabilidad climática que se ha provocado hiriendo a la tierra desde la irresponsabilidad de la actuación y el despliegue del poder y el dominio de los grandes intereses planetarios. Félix Guattari advertía que la crisis ecológica no puede comprenderse como un fenómeno aislado. En su propuesta de las tres ecologías sostenía que las dimensiones ambiental, social y subjetiva forman parte de una misma totalidad. No existen, desde esta perspectiva, crisis separadas, sino una única crisis ecosófica que se manifiesta simultáneamente en los territorios, en las instituciones y en las relaciones humanas.

La muy probable intensificación de El Niño ilustra con claridad esta interdependencia. Un cambio en los patrones de lluvia se traduce en sequías en algunas regiones y precipitaciones extraordinarias en otras; ambas situaciones afectan la producción agrícola, alteran los mercados alimentarios y repercuten en la vida de millones de personas.

México enfrenta esta coyuntura en un momento particularmente delicado. Durante los últimos años, distintas regiones del país han experimentado pérdidas significativas asociadas a la sequía. Productores agrícolas han señalado afectaciones importantes en cultivos estratégicos, especialmente en cereales, granos, frutas y legumbres. El riesgo adquiere una dimensión mayor en el contexto internacional. La agresión de Rusia contra Ucrania alteró los mercados globales de alimentos y fertilizantes, con lo que persisten condiciones de incertidumbre que afectan la seguridad alimentaria de numerosos países. En ese escenario, una reducción significativa de la producción agrícola podría traducirse en nuevos incrementos de precios.

Estamos, en otras palabras, frente a la consolidación de una nueva figura económico-ambiental: la inflación climática, pues no estamos solo ante desequilibrios temporales, sino frente a la disminución efectiva de la oferta física de alimentos y a la degradación de los territorios que hacen posible su producción. Sin duda, la pérdida de cosechas por las condiciones climáticas termina impactando en los mercados y en el bolsillo y la mesa de las familias.

Las consecuencias distributivas de este fenómeno son profundas. Los hogares de menores ingresos destinan una proporción considerablemente mayor de sus recursos a la compra de alimentos. Cada incremento en los precios erosiona su capacidad adquisitiva y limita el acceso a bienes esenciales. Por ello, el aumento sostenido de los costos alimentarios constituye uno de los mecanismos más eficaces para reproducir y ampliar las desigualdades sociales. Los avances alcanzados en materia de reducción de la pobreza pueden verse comprometidos si la inflación climática se convierte en una condición persistente.

Diversos análisis anticipan que los efectos de El Niño podrían afectar también la producción agrícola estadounidense, incrementando la necesidad de importaciones de productos estratégicos, entre ellos algunos provenientes de México. En condiciones normales, ello podría representar una oportunidad comercial. Sin embargo, si la producción nacional enfrenta simultáneamente pérdidas derivadas de sequías, incendios forestales o fenómenos hidrometeorológicos extremos, la presión sobre la oferta interna podría intensificarse y contribuir al aumento de precios para los consumidores mexicanos.

A ello debe añadirse el riesgo de eventos extremos. La experiencia reciente de Acapulco con el huracán Otis mostró hasta qué punto puede generarse una gran devastación en plazos breves; además de que los costos humanos y ambientales de estos eventos trascienden con mucho el ámbito local, afectando por años a regiones enteras. Algo similar ocurre con los incendios forestales: cada hectárea perdida representa una disminución de la capacidad de captura de carbono, pérdida de biodiversidad y debilitamiento de los servicios ambientales de los cuales depende la vida humana.

Por ello, quizá el concepto más importante para comprender nuestro tiempo sea el de vulnerabilidad climática. Habitamos frente a la posibilidad real de que ocurran fenómenos extremos, así como a la constante exposición desigual de personas y comunidades a sus consecuencias.

La verdadera amenaza del siglo XXI radica en la convergencia entre deterioro ambiental, desigualdad social, fragilidad institucional, pero, sobre todo, en la excesiva e intolerable concentración de poder y riqueza en unas cuantas manos, desde las cuales se privilegia la expoliación de la Tierra antes que el bienestar compartido para una humanidad capaz de reestablecer una relación convivencial con nuestra casa común.

Quizá la lección más importante sea reconocer que el clima ha sido y será siempre uno de los factores existenciarios de mayor importancia, pues constituye tanto un límite físico como una expresión de nuestra condición ontológica de dependencia respecto de los procesos que hacen posible la vida. Comprenderlo constituye uno de los mayores desafíos políticos, éticos y hasta estéticos de nuestro tiempo.

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Investigador del PUED-UNAM

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