Sugerencias de Maquiavelo a la Presidenta Sheinbaum - Mexico Social

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Sugerencias de Maquiavelo a la Presidenta Sheinbaum

Sugerencias de Maquiavelo

Nicolás Maquiavelo, al escribir El Príncipe y los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, no buscó complacer a los poderosos de su tiempo, sino mostrarles con crudeza las reglas de la política. Sus palabras son consejos para sostener el poder, para preservar el orden y para garantizar la estabilidad de los Estados. En el México contemporáneo, donde la corrupción heredada del sexenio anterior y las tentaciones de la ostentación siguen pesando sobre la vida pública, la Presidenta Claudia Sheinbaum podría escuchar la voz de Florencia.

Escribe: Saúl Arellano

Maquiavelo advierte que nada erosiona más la autoridad que la sospecha de corrupción. El gobernante que cierra los ojos ante los excesos de sus allegados pierde el respeto del pueblo y se convierte en rehén de sus cómplices. La Presidenta debe comprender que su legitimidad no se agota en el triunfo electoral, sino que se renueva cotidianamente en la confianza pública. La corrupción no se combate con discursos, sino con sanciones ejemplares establecidas con base en el imperio de la Ley. “Los hombres olvidan más pronto la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio”, escribió el florentino; y por ello, toda desviación del dinero público hiere con fuerza el ánimo ciudadano. Ante los escándalos del pasado inmediato, el camino es claro: no encubrir, sino sancionar, porque sólo la justicia severa y visible limpia la herencia envenenada.

Maquiavelo entendía que los ejércitos sin disciplina se convierten en hordas que devoran al pueblo que deberían proteger. Lo mismo sucede con los partidos que gobiernan: si no existe orden interno, los militantes transforman el poder en botín. La austeridad que Sheinbaum invoca debe ser regla y no ornamento. La mejor forma de corregir la indisciplina es con ejemplo y con vigilancia constante. El gobernante no debe vivir en la opulencia, porque “los hombres, en general, juzgan más por los ojos que por las manos”; y si la militancia observa coherencia en la vida de quien dirige, el mensaje tendrá más fuerza que mil sermones.

El partido en el poder, señalaría Maquiavelo, no debe confundirse con una familia ni con un grupo de amigos; debe funcionar como república en movimiento, con normas claras y castigos proporcionales. En un Estado moderno, esto implica transparentar recursos, limitar privilegios y extirpar las redes de clientelismo que corrompen cualquier proyecto colectivo.

“Los hombres desean ser honrados y temen ser castigados; raras veces cumplen por amor lo que no cumplen por temor”. Con esta sentencia, Maquiavelo anticipa una enseñanza esencial que podría ser retomada por la Presidenta: la confianza ciega en la virtud humana es peligrosa. El poder abre puertas a la codicia, y el deber del gobernante es construir diques que la contengan. El remedio está en un sistema riguroso de controles, donde ninguna decisión quede en manos de una sola persona, y donde toda fortuna inexplicable se convierta en causa de investigación.

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Si la militancia percibe que el enriquecimiento ilícito se paga con impunidad, la corrupción se multiplicará. Pero si, por el contrario, ve que los excesos se castigan con la ley, incluso los más ambiciosos se abstendrán o se limitarán de manera relevante. El Estado, decía Maquiavelo, se conserva mejor cuando el gobernante se muestra implacable con quienes violan la confianza pública, porque “el amor se gana, pero el temor jamás se pierde”.

El florentino conocía de sobra la naturaleza de las conspiraciones. En su tiempo, las ciudades estaban plagadas de intrigas, y él enseñó que el poder se fortalece cuando el gobernante entiende que la oposición interna es inevitable. Ante quienes no se alinean con su visión, Sheinbaum debe distinguir entre el disenso legítimo y la traición calculada. El primero puede integrarse en el debate democrático; el segundo debe neutralizarse con firmeza, pues no hay peor enemigo que el que, desde dentro, erosiona la unidad.

Maquiavelo aconseja que el príncipe no confíe demasiado en nadie, pero tampoco viva en sospecha perpetua. La virtud del gobernante radica en discernir, en otorgar espacios de participación a quienes pueden aportar, y en mantener bajo vigilancia a quienes buscan dinamitar el proyecto desde dentro. El equilibrio es delicado, pero necesario: “Es más seguro ser temido que amado, si no se puede ser ambas cosas a la vez”.

Para Maquiavelo, la política no es arte de contemplación, sino de acción. La Presidenta Sheinbaum enfrenta hoy la dura prueba de demostrar que la continuidad no es complicidad, y que la transformación no se reduce a consignas, sino a disciplina y justicia. El florentino recomendaría que cada paso se guíe por dos certezas: que el pueblo observa y que los enemigos, sobre todo los internos, conspiran.

El reto es inmenso: limpiar la corrupción sin destruir la estabilidad, imponer disciplina sin sofocar la pluralidad, gobernar con firmeza sin caer en tiranía. La virtud de un gobernante -su virtù– se mide por la capacidad de enfrentar la fortuna adversa, y de transformar las crisis en ocasión para consolidar el Estado. En este momento de la historia mexicana, escuchar a Maquiavelo significa recordar que la política exige más que buenas intenciones: exige carácter, decisión y una visión que se sostenga en la prueba del tiempo.

En este momento de la historia mexicana, escuchar a Maquiavelo significa comprender que gobernar no es administrar lo dado, sino fundar el orden frente al caos: exige virtù para domesticar la fortuna, exige prudencia para distinguir entre aliados y traidores, y exige una visión que inscriba en la historia la huella de un poder legítimo y duradero.”

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