Meritocracia
El debate político que circula con fuerza en redes sociales, especialmente entre influencers de derecha, es el que gira en torno a la meritocracia. La promesa es una vieja conocida y dicta que si trabajas duro, si tienes visión y una buena idea, tarde o temprano te convertirás en millonario. Este discurso se refuerza con la presencia constante de “gurús” y coaches financieros que venden cursos de superación —o esperanza— bajo el lema de que cualquiera puede alcanzar la cima.
Escrito por: Guillermo Ramírez-Rentería
En México, figuras como Ricardo Salinas Pliego y su hija Ninfa Salinas han incorporado esta narrativa como parte de su mensaje público. En las últimas semanas, por ejemplo, han publicado videos en redes sociales de ejemplos “ficticios” de niños en las escuelas exaltando la meritocracia y señalando la “igualdad” como algo no deseable. Estos esfuerzos de propaganda no son fenómenos aislados, pues la meritocracia se ha convertido en un eje discursivo recurrente del proyecto neoliberal contemporáneo.
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Pero más allá del entusiasmo digital del momento, surge una pregunta central: ¿qué tan real es la meritocracia en América Latina?, ¿Realmente el esfuerzo individual explica por qué algunos se vuelven multimillonarios, o hay factores estructurales que determinan mucho antes el resultado?. Sobre esta pregunta en particular va este ensayo.
1. Multimillonarios latinoamericanos. Las fortunas heredadas, sectores cerrados y apoyo estatal
Cuando observamos quiénes encabezan las listas de riqueza en América Latina, el discurso meritocrático empieza a desmoronarse. Nombres como Carlos Slim, Germán Larrea, Iris Fontbona o Jorge Paulo Lemann aparecen cada año en los rankings de las personas más ricas y poderosas de la región. Sin embargo, sus historias distan mucho de ser relatos de ascenso desde cero o de los llamados “self-made millionaires”.
Las fortunas de estos personajes provienen de sectores históricamente concentrados —telecomunicaciones, minería, finanzas, etc.— dominados por familias poderosas durante generaciones. En México, el caso de Telmex es emblemático, pues se trata de una empresa pública que fue privatizada y cuyo crecimiento estuvo directamente ligado a decisiones estatales que consolidaron el poder monopólico de Slim durante años.
Lo mismo ocurre en otros países de la región. La mayor parte de los “grandes empresarios” o, mejor dicho, oligarcas, no surgieron de un emprendimiento disruptivo ni de un ascenso inesperado. Surgieron de estructuras empresariales que ya eran locales, luego nacionales y finalmente internacionales; estructuras que se beneficiaron de marcos regulatorios laxos, concesiones, privatizaciones y políticas que fortalecieron monopolios u oligopolios.
En este contexto, la idea de que la riqueza extrema es fruto exclusivo del mérito personal se revela por lo que es, una narrativa conveniente para quienes ya están arriba.
2. Los ejemplos “exitosos” del emprendimiento latinoamericano contemporáneo. Historias inspiradoras, pero no lejos de ser replicables
Cuando defensores de la meritocracia buscan contraejemplos, suelen acudir a los casos de “emprendedores” latinoamericanos que construyeron empresas globales, los llamados unicornios. Allí aparecen nombres que hoy son referencia en el ecosistema tech:
Sin embargo, estos mismos casos son valiosos no solo para entender el dinamismo empresarial regional, sino para entender el mito meritocrático. Porque si bien se presentan como historias de esfuerzo individual, sus trayectorias muestran que antes de emprender ya contaban con recursos extraordinarios que no están al alcance de la mayoría.
David Vélez estudió finanzas en Stanford y realizó prácticas en Morgan Stanley y Goldman Sachs. Carlos García egresó de una maestría en negocios en Oxford tras pasar por McKinsey y Amazon. Simón Borrero estudió administración de empresas en la exclusiva Universidad de los Andes en Colombia antes de tomar cursos en el MIT. Mariana Costa Checa se formó en LSE y Columbia, dos de las universidades más selectivas y costosas del mundo.
Ingresar a instituciones como Stanford, Oxford y Columbia no es cuestión de “mérito puro”. Requiere una combinación de capital económico y capital social, como diría el sociólogo Bourdieu. Por ejemplo:
En esos entornos, es común que los estudiantes convivan con hijos de empresarios, académicos, inversionistas o políticos con influencia. Es decir, se forman dentro de redes que facilitan prácticas profesionales, financiamiento, recomendaciones y oportunidades laborales excepcionales.
Decir que estos emprendimientos son producto exclusivo del “esfuerzo personal” es ignorar que antes del talento viene la estructura. Y esa estructura no está disponible para la inmensa mayoría de jóvenes latinoamericanos.
3. La narrativa meritocrática como herramienta política y empresarial
La insistencia en la meritocracia no es inocente. Funciona como un dispositivo ideológico que permite justificar la desigualdad extrema de la región. Si la riqueza es fruto del mérito, entonces la pobreza es consecuencia del fracaso individual. Esa lógica permite que empresarios y políticos usen el emprendimiento como argumento moral señalando que “si yo pude, tú también”. Pero esa afirmación oculta que no todos comienzan desde la misma línea de salida.
Más aún, la narrativa meritocrática termina sirviendo para naturalizar políticas que benefician a quienes ya detentan poder económico. Se promueve la idea del emprendedor solitario mientras se desmantelan derechos laborales, se debilita la protección social y se deja a los trabajadores sin redes de seguridad.
El resultado es un ecosistema donde se idolatra al unicornio tecnológico, pero se ignoran las barreras estructurales que impiden que millones de personas accedan incluso a educación de calidad o empleos formales. El discurso meritocrático, entonces, es funcional, pues legitima la desigualdad, controla la frustración colectiva y desplaza la responsabilidad desde el Estado hacia el individuo.
Conclusión
La noción de que “todo es posible si te esfuerzas lo suficiente” resulta atractiva en un mundo saturado de incertidumbre. Pero cuando se confronta con la realidad latinoamericana —marcada por desigualdades profundas, educación desigual, acceso limitado a oportunidades y redes exclusivas de élite—, la narrativa de la meritocracia se revela como lo que es: una ilusión, una trampa, un discurso instrumentalizado.
Sin embargo, cuestionarla no significa renunciar a la idea de movilidad social. Al contrario, abre la puerta a pensar políticas que amplíen verdaderamente las oportunidades, como educación pública de excelencia, impuestos progresivos a las grandes fortunas, apoyo a emprendimientos populares y herramientas que permitan a más personas desarrollar su potencial sin depender del privilegio de origen.
Mirar críticamente la meritocracia es el primer paso para imaginar un futuro más justo, donde el esfuerzo individual importe, sí, pero dentro de un terreno de juego más parejo y con posibilidades reales para todos.
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