En las últimas acciones bélicas, al parecer “Todos ganaron”. Esa fue la narrativa que quedó después de una intensa escalada militar entre Israel, Irán y Estados Unidos. Mientras los misiles cruzaban el cielo de Medio Oriente, los titulares en todo el mundo daban versiones contradictorias, autocomplacientes y, sobre todo, funcionales al poder al que sirven. ¿Cómo es posible que cada país se proclamara vencedor? ¿Y cómo es que los medios repitieron esas narrativas sin cuestionarlas? La respuesta nos lleva a un debate urgente: los medios de comunicación ya no informan, construyen realidades funcionales a sus intereses y a los de sus financistas. En tiempos de guerra —y de paz— los medios se han convertido en plataformas propagandísticas, y su crisis de legitimidad es también una crisis democrática.
Escrito por: Guillermo Ramírez Rentería
I. Los medios de comunicación ya no informan
La reciente escalada bélica entre Israel, Irán y Estados Unidos ilustra este fenómeno con crudeza. Durante el conflicto, cada parte difundió versiones triunfalistas. El presidente Trump aseguraba que EE.UU. volvía a ser un país respetado en el mundo, Benjamin Netanyahu celebraba el supuesto fin del programa nuclear iraní, y el Ayatolá Jamenei declaraba que su infraestructura seguía intacta. Todas estas afirmaciones fueron amplificadas sin filtros por medios globales. Ninguna fue verificada con rigurosidad, y ninguna fue contrastada con fuentes independientes, porque esto ya no importa. La información se transformó en un motor de legitimidad, y el análisis crítico fue sustituido por vocerías oficiales y extraoficiales, no solo conformadas por cadenas nacionales e internacionales de medios, sino por personajes clave en las redes sociales.
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Sin embargo, no solo los medios de comunicación realizan esta labor, ahora existen cuentas de X, Facebook o Tik Tok que amplifican los mensajes designados. En redes sociales es fácilmente distinguible la gran variedad de apreciaciones que existen sobre hechos políticos, en función de la afinidad del personaje que emite la opinión. Y aunque esto para algunas personas puede parecer obvio, lo cierto es que anteriormente se cuidaban “las formas”. En el pasado se realizaban fast checking sobre la veracidad de los hechos a divulgar o por lo menos eso se anunciaba. En estos tiempos ya no es necesaria la fachada, las personas leen, escuchan y ven lo que quieren confirmar. La verdad ha pasado a segundo plano.
II. Los medios reproducen narrativas, generando una ciudadanía desinformada.
La evidencia habla por sí misma, pues cada vez hay menos medios verdaderamente independientes, y cada vez más es más evidente que los conglomerados mediáticos responden a intereses financieros y políticos. En el caso de la cobertura del conflicto Irán-Israel-EE.UU., los principales medios occidentales como Fox News repitieron sin cuestionar los boletines oficiales. Por otro lado, la vocería de los BRICs News replicaba con una interpretación completamente diferente. Se habló poco de las víctimas civiles, nada del contexto histórico, y se omitió deliberadamente el papel de las potencias occidentales en la desestabilización de la región. Sobre todo, la crisis en Gaza fue ignorada completamente.
En este contexto, la ciudadanía queda atrapada en una guerra de declaraciones sin fondo ni contexto. El lenguaje, además, es manipulado con términos que infunden miedo y son utilizados según el país del que se hable: “ataques preventivos” o “escalada”, “advertencia” o “amenaza”, “gobierno” o “régimen”. El objetivo no es informar, sino alinear percepciones con los intereses geoestratégicos de los mecenas a quienes responden.
III. El derecho a la información
El Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (artículo 19) establece que toda persona tiene derecho a buscar, recibir y difundir información e ideas de toda índole. Pero si los medios están subordinados a intereses corporativos o estatales, este derecho queda gravemente vulnerado. De hecho, en el peor de los escenarios, este derecho nunca ha sido ejercido en realidad por las y los ciudadanos.
Desde la teoría crítica, Noam Chomsky y Edward S. Herman señalaron que los medios corporativos actúan como filtros de propaganda en su libro clásico Manufacturing Consent. Según su pensamiento, los medios sirven a los intereses de las élites políticas y económicas, filtrando las noticias en función de sus intereses y construyendo consensos artificiales para crear legitimidad. Esta teoría sigue siendo vigente hoy, en un ecosistema mediático donde los conglomerados concentran aún más poder que en los años ochenta.
Además, informes como el de Reporteros Sin Fronteras y el Reuters Institute muestran que la confianza en los medios está en caída libre. Según el Digital News Report 2025 elaborado por Reuters Institute junto a la Universidad de Oxford, la confianza en las redacciones informativas se ubica en el 31%, mientras que en 2017 alcanzó su mayor pico en el último decenio con 51%. México no es la excepción, pues es claro que sobre un mismo hecho habrá interpretaciones distintas, dependiendo si se lee La Jornada o El Reforma.
IV. La problemática de los medios independientes
No todo está perdido. Medios alternativos, periodistas de investigación y colectivos de comunicación autónoma siguen defendiendo el derecho a la información. En México, ejemplos como Pie de Página, Proceso o Animal Político muestran que sí es posible hacer periodismo crítico, ético y comprometido, aunque claro está no tienen la misma magnitud que otros medios y que no todas sus notas cumplen con estos criterios, pues no dejan de ser medios de comunicación vulnerables.
No obstante, el trabajo de los medios independientes es importante: enfrentan amenazas, escaso financiamiento, y una precarización alarmante. El asesinato de periodistas en México sigue siendo una de las expresiones más trágicas de esta crisis estructural. Mientras los grandes medios operan como empresas de relaciones públicas del poder, los medios alternativos luchan por sobrevivir en un ecosistema hostil.
Conclusión
En tiempos de posverdad, guerras mediáticas y propaganda global, el derecho a la información no puede darse por sentado. Necesitamos una ciudadanía que no sólo consuma noticias, sino que las cuestione y que las compare. Una ciudadanía que no se conforme con titulares triunfalistas, sino que exija profundidad, contexto y pluralidad de voces.
Para ello, se requiere una reforma profunda al sistema mediático: romper los monopolios de la información, garantizar recursos públicos para medios independientes, y formar a la población en alfabetización mediática y pensamiento crítico. Sólo así podremos enfrentar la maquinaria de la propaganda con herramientas adecuadas.
Porque como bien decía el dramaturgo alemán Bertolt Brecht: “El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los frijoles, del pan, de la harina, del vestido, del zapato, de los remedios, dependen de decisiones políticas…”. Hoy más que nunca, saber quién nos cuenta la guerra —y por qué— es una cuestión de justicia.
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