La piel que habitamos
Hace unos días, una mujer profirió insultos de tono racista a un policía, que estaba a punto de colocar un inmovilizador a su vehículo en la colonia Condesa, fue catalogada como Lady Racista o Lady Condesa. En la misma semana, un conductor en Aguascalientes que fue grabado en una pelea entre automovilistas donde esgrimía insultos clasistas, fue catalogado como Lord Smart. Palabras como “prieto”, “indio”, “naco”, “negro”, “gato” son parte del vocabulario común en estas disputas. Estos son solo algunos ejemplos de entre muchos otros que ocurren en México, pues basta hacer una búsqueda en Google para encontrar tantas Ladies y Lores como estados y municipios tenemos en el país. Un país con una terrible herencia colonial caracterizada por racismo y clasismo.
Escrito por: Guillermo Ramírez Rentería
“Hay que mejorar la raza”. Esta frase, aparentemente inocua y aún hoy susurrada en reuniones familiares o entre amistades, es la punta del iceberg de una herida colonial que sigue supurando en México. La realidad es contundente: el racismo y el clasismo en nuestro país no son meros prejuicios individuales, sino una estructura institucionalizada, herencia directa del sistema de castas colonial, que permea prácticas cotidianas y reproduce desigualdades. Como sostiene el sociólogo peruano Aníbal Quijano, la “colonialidad del poder” no terminó con la Independencia, sino que se recicló. Hoy, bajo la máscara de la modernidad, sigue determinando quiénes valen más y quiénes menos según el tono de su piel y su apellido.
Te invitamos a leer: Paraneda pallidula: Una Aliada Silenciosa en Peligro
La Nueva España fue un laboratorio de jerarquización humana. El sistema de castas – ese catálogo de mezclas raciales como “mestizo”, “castizo”, “mulato” o “criollo” – no era un mero registro burocrático. Era un dispositivo de dominación económica y social, como analiza Quijano en su teoría de la colonialidad. La colonización europea y por consiguiente la corona española necesitaba justificar la explotación, por lo que asignó valor humano según la proximidad a lo europeo y lo blanco. A mayor oscuridad de piel, menor derecho a tierras, educación, cargos públicos o cualquier otro tipo de capital.
Esta ingeniería social no fue borrada por la Independencia, sino que se transformó. La élite criolla blanca y descendiente de españoles, tomó el poder, replicando la lógica colonial de dominación y explotación bajo un nuevo mito. El mito del “mestizaje” impulsado por el Estado posrevolucionario, en lugar de crear igualdad, cubrió simbólicamente la identidad nacional, ocultando la violencia racial bajo el mito del “crisol de razas”. El resultado, como señala la antropóloga mexicana Olivia Gall, fue una pirámide donde lo indígena y lo negro quedaron en la base, asociados al atraso y la pobreza.
¿Cómo sobrevive hoy este sistema? La respuesta está en lo aparentemente banal. Las prácticas consuetudinarias de la población. Como argumentan Peter Berger y Thomas Luckmann en su libro “La construcción social de la realidad”, las instituciones se internalizan a través de prácticas y discursos cotidianos, volviéndose “invisibles”. Los refranes son cápsulas de esa ideología:
Estos refranes no solo evidencian lo que se piensa sobre las personas no blancas, sino que además muestra las estrategias de sobrevivencia. Las personas entienden que en la realidad, tener una tez más clara te puede ayudar a tener una “mejor vida”, “un mejor trabajo” o “un mejor sueldo”. Estos refranes convertidos en prácticas comunes, obedecen a un razonamiento empírico que aplica estrategias de perpetuación en la realidad adversa del día a día. Pero no son solo palabras, son prácticas corporales como usar camisas de manga larga bajo el sol abrasador “para no ponerse prieto”, un acto donde el cuidado de la piel (argumento débil en un país con bajísima cultura de cuidado a la salud como lo demuestra el alto consumo de coca cola, o los altos índices de obesidad) encubre el desprecio por la tonalidad oscura. O la omnipresencia de productos blanqueadores en farmacias y supermercados, prometiendo una “piel radiante” (más blanca). Estos gestos, como demuestran estudios como la Encuesta Nacional sobre Discriminación (ENADIS 2022), tienen consecuencias tangibles: las personas con piel más oscura reportan menor acceso a empleos, sobre todo en aquellos de oficina, menor acceso a derechos como salud y programas sociales o menos representación en medios y política.
México es signatario de convenciones internacionales que condenan el racismo estructural. La Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial obliga al Estado a erradicar prácticas discriminatorias. La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos (Artículo 1º) prohíbe explícitamente la discriminación por origen étnico o tono de piel. La Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación reconoce el problema. Sin embargo, estas normas son letra muerta sin voluntad política real para desmontar estructuras profundas, tal como señala Quijano: la colonialidad opera en la cultura, no solo en la ley.
El INEGI y el CONAPRED, en sus encuestas, documentan sistemáticamente cómo el tono de piel se correlaciona con menor escolaridad, ingresos y acceso a la salud. México tiene un “racismo estructural arraigado” vinculado a la herencia colonial. Estudios académicos como los del Centro de Estudios Espinosa Yglesias evidencian que, en México, más que en otros países latinos, el color de piel es un predictor clave de la movilidad social.
Si bien, es válido preguntar acaso ¿Todas las prácticas relacionadas con el tono de piel son racistas?, ¿Usar bloqueador solar o cubrirse del sol responde siempre al desprecio racial? Por supuesto que no. Existen razones de salud (prevenir cáncer de piel) o comodidad (evitar insolación) legítimas. Sin embargo, el contexto sociocultural mexicano –con su obsesión histórica por el blanqueamiento, su publicidad sesgada y frases como “no te pongas más prieto”– carga estas acciones de un significado adicional. La excepción no niega la regla, al contrario, la refuerza al mostrar cómo el racismo distorsiona incluso prácticas potencialmente neutras.
El racismo y el clasismo en México no son un “mal menor” o un residuo del pasado. Son el esqueleto oculto de una sociedad que aún organiza oportunidades, dignidad y poder según códigos coloniales. Reconocerlo en los refranes de la abuela, en las bromas ofensivas, en la publicidad o en el temor al sol, es el primer paso para desmontarlo, como bien apuntaría Quijano.
La lucha no es solo legal (aunque se necesitan políticas afirmativas contundentes y justicia ante la discriminación). Es cultural: implica cuestionar nuestros propios prejuicios, celebrar la diversidad de tonos y rasgos que nos constituyen, y dejar de ver lo blanco como sinónimo de éxito o belleza deseable. México no será plenamente libre mientras “mejorar la raza” no sea una frase que nos avergüence, sino un eco de un pasado que debemos enterrar para, finalmente, habitar con orgullo toda la piel que somos.
También podría interesarte: Kevin Roche: El Maestro del Modernismo Humano
¿Por qué necesitamos su ayuda? Porque somos una organización independiente, libre de la influencia de cualquier gobierno, corporación o partido político. Desde el día que empezamos, hemos enfrentado presiones. Dependemos de su generosa contribución. Juntos, podemos seguir difundiendo la verdad. Ayúdenos a difundir la verdad, comparta este artículo con sus amigos.
El abatimiento del líder del grupo criminal denominado como “cartel Jalisco nueva generación” marca un…
El reordenamiento del mundo se está concretando a golpe de acciones y hechos verificables, pero…
La confirmación del abatimiento de Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, líder del Cártel…
En el entramado del Estado mexicano moderno, donde la legitimidad descansa simultáneamente en la capacidad…
Para Mario Mota, el niño que siempre fue. Reseña de: Saúl, Arellano, La infancia y…
Cuando cursé la educación primaria, entre 1965 y 1971, estudié en aquellos entrañables libros de…
Esta web usa cookies.
Ver comentarios