¿Criticar al individualismo y a la meritocracia te vuelve comunista? - Mexico Social

Escrito por 1:35 pm abuso, Comunicaciones, Destacados, En Portada, Guillermo Ramírez-Rentería • Un Comentario

¿Criticar al individualismo y a la meritocracia te vuelve comunista?

En redes sociales circulan dos narrativas cada vez más repetidas: “si críticas al individualismo o al éxito personal, es porque eres socialista o comunista”; o, como diría el presidente Milei, “zurdo empobrecedor”. La otra narrativa ensalza la épica de la persona que “le echa ganas” a pesar de las dificultades y que no se detiene a cuestionar las estructuras sociales que la condicionan.

Escrito por:  Guillermo Ramírez-Rentería

Esta fórmula, aparentemente simple, cumple una función clara: recolocar al individuo como único responsable de su destino y deslegitimar, de antemano, cualquier intento de movilización colectiva o de exigencia de responsabilidad estructural. Así, las desigualdades se reducen a una supuesta “falta de esfuerzo” y las luchas sociales se caricaturizan como quejas improductivas. La tesis que aquí defenderé es que estas narrativas no solo invisibilizan los determinantes sociales de la vida material, sino que además despolitizan los problemas colectivos, debilitando la posibilidad de transformarlos.

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La falacia de la responsabilidad individual absoluta

Las frases y discursos motivacionales en internet suelen parecer inofensivos: “si tienes internet ya tienes todo para triunfar”, “con inglés y Excel aseguras tu futuro”, “quien no progresa es porque no le echa ganas”, “aprende las habilidades que el mercado requiere y listo”. Todas ellas son variaciones de la ya célebre sentencia: “El pobre es pobre porque quiere”.

Sin embargo, este tipo de afirmaciones tiene un trasfondo político —voluntario o no— que dice mucho de quien las pronuncia. Cuando se sostiene que “el gobierno siempre ha sido ineficiente”, se le despoja de toda responsabilidad en su papel de ente rector. Y cuando se afirma que “uno solo no puede cambiar el sistema”, se reinstala la vieja idea de que la realidad material de cada persona depende exclusivamente de su voluntad y disciplina.

Aquí resulta iluminador el pensamiento de Pierre Bourdieu, quien mostró cómo los capitales económicos, culturales y sociales heredados marcan decisivamente las oportunidades de vida. El relato meritocrático, que asegura que basta con estudiar o “ponerle ganas”, oculta que esas condiciones de origen pesan mucho más que el esfuerzo aislado.

Existen dos tipos de narrativas en este terreno: la del que es excepción a la regla y la del oprimido. El primero suele ser el influencer que vive en Estados Unidos o Europa, que pudo salir gracias al apoyo de su familia, que estudió en una institución privada de negocios y que ahora se erige como abanderado de la meritocracia. El segundo es el “influencer heroico”, hijo del esfuerzo, que considera su discurso legítimo por provenir de la clase trabajadora. Este último tiende a afirmar que los críticos de la meritocracia, en realidad, atacan a las personas que trabajan duro en condiciones precarias, porque “no les queda de otra”.

En México, donde seis de cada diez trabajadores están en la informalidad y los salarios mínimos apenas cubren la mitad de la canasta básica, culpar a las personas de su precariedad resulta profundamente injusto. Pero más allá de esa injusticia, la maquinaria cultural opera ideológicamente al desviar la atención de las estructuras que generan desigualdad —modelo económico inequitativo, distribución regresiva de la riqueza, ausencia de políticas fiscales progresivas— hacia la supuesta insuficiencia moral de quienes quedan atrapados en una “zona de confort” de pobreza. El resultado es volver a colocar al individuo en el centro de la discusión, como si todos los problemas se resolvieran convirtiéndose en emprendedores, expertos en bitcoin, ingenieros full stack o, últimamente, especialistas en inteligencia artificial.

La despolitización de lo social

El segundo efecto de estas narrativas es aún más problemático: la despolitización de la vida social. No se trata solo de culpar a las personas de su precariedad, sino de presentar la acción colectiva como ilegítima, ineficaz o incluso peligrosa.

Se repite que “el gobierno nunca va a solucionar nada” y, por lo tanto, las movilizaciones carecen de sentido; que quienes critican al sistema son “influencers de justicia social” que prefieren victimizarse en lugar de “tomar el control de su vida”. El mensaje es claro: lo único que vale la pena es ocuparse del propio destino individual, porque todo lo demás es sospechoso o inútil. Que cada quien resuelva sus problemas.

David Harvey ha explicado cómo el neoliberalismo no solo reestructura la economía, sino también la subjetividad, al promover un sujeto aislado, competitivo y desconfiado de la acción colectiva. Esta visión erosiona la legitimidad de sindicatos, movimientos sociales y organizaciones comunitarias, debilitando los canales mediante los cuales históricamente se conquistaron derechos.

En México, un ejemplo claro aparece en la crítica a las marchas feministas del 8 de marzo, donde mujeres, de manera legítima, exigen que el gobierno atienda el grave problema de los feminicidios y la violencia de género. Las narrativas en contra de estas acciones tachan a las participantes de “violentas” o de “rayar el patrimonio de todos los mexicanos”, bajo el argumento de que “así no se solucionan las cosas”. Este mismo discurso se despliega frente a otras luchas legítimas, como el “Frente Nacional por las 40 horas” o la campaña “Free Palestine”.

El resultado del sujeto atomizado

El culto al individuo proviene de una ideología dominante que ha configurado al sujeto occidental por décadas. Organismos internacionales lo han señalado: la OCDE documenta que México tiene una de las movilidades sociales más bajas del mundo; un hijo de familia pobre necesitaría cuatro generaciones para alcanzar el ingreso medio. El Banco Mundial insiste en que la educación, sin políticas redistributivas, pierde su capacidad transformadora. Y la CEPAL advierte que el crecimiento económico sin mecanismos de redistribución solo profundiza la desigualdad. Difícilmente podrían acusarse a estos organismos de comunistas, socialistas o radicales.

Lejos de ser comunismo, lo que aquí se defiende es la necesidad de recuperar la dimensión política de lo social. Sin instituciones democráticas fuertes, sin regulación de las corporaciones, sin sistemas de seguridad social para la ciudadanía (como existen en muchos países europeos que suelen usarse como ejemplo), el esfuerzo individual se estrella contra muros estructurales.

Por supuesto, hay excepciones: existen historias individuales de éxito que desafían condiciones adversas. Pero esas trayectorias no deben usarse como coartada para desmantelar la política ni negar el valor de la organización colectiva. Más bien, confirman que el cambio estructural es indispensable para que esas historias no sean excepcionales, sino posibles para la mayoría.

Conclusión

Las narrativas que reducen todo a la responsabilidad individual cumplen una doble función: culpan a las personas de su situación material y, al mismo tiempo, despolitizan las desigualdades. En México y América Latina, donde las brechas de clase, género y territorio siguen marcando destinos, este discurso funciona como un obstáculo para imaginar soluciones comunes.

Criticar el culto al individuo no significa negar el valor del esfuerzo personal. Significa recordar que la vida está atravesada por estructuras económicas, sociales y políticas que ningún individuo puede transformar en soledad. El verdadero debate no es si “hay que ser comunista” para cuestionar el individualismo, sino si queremos seguir culpando a las personas de su precariedad o atrevernos a politizar lo social para construir alternativas colectivas.

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