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La sana locura: un canto a la hybris que aún nos queda

Hay una forma de vida que no es ni norma ni código. Un temblor que no pide permiso. Una ráfaga de sentido que arrasa con los cercos del mundo. A eso -con el respeto que le debemos a Heráclito, a Nietzsche, a Erasmo y a todos los que han cantado desde la fisura de la cordura- lo llamo sana locura.

Escribe: Saúl Arellano

No es enfermedad, no es desvarío; es exceso de salud. Es vitalidad que se derrama. No se puede fingir ni reducir a los manuales de salud mental contemporánea, cada vez más obsesionados con convertir al alma humana en dispositivo estadístico.

La sana locura es vértigo, sí, pero no el del miedo. Es el vértigo del gozo, del abismo al que se quiere saltar porque uno intuye que del otro lado hay más mundo, más cuerpo, más palabra. Hay, en quienes la poseen, un ardor que recuerda a la risa de Dionisio, un temblor semejante al de Empédocles en la cima del Etna: no buscan quemarse, sino fundirse con la lava del cosmos. Esa locura no nace de la pérdida de sentido, sino de un equilibrio superior, trágico, que sólo alcanzan quienes no han hecho de sí mismos una función o una máscara social, sino una obra.

En tiempos como los nuestros, la locura sana es más escandalosa que nunca. No porque lo escandaloso sea un valor, sino porque la época se ha vuelto inhóspita para la intensidad. Nos hemos deslizado -sin resistencia alguna- de la catástrofe a la abulia. Mientras que tras la pandemia de 1919 emergieron los rugientes años veinte con su jazz, sus cuerpos danzando en las penumbras del alcohol y su necesidad de besar a la vida aunque supiera a sangre, ahora, después de la COVID, se percibe un silencio glacial. No el silencio de quien medita, sino el de quien ha renunciado. Un retorno a la casa del amo, a la celda de lo seguro, a la mansedumbre del algoritmo.

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De aquel naufragio viral no salimos con el deseo de amar con más fuerza ni de reír con más profundidad. No. Salimos con miedo. Miedo al contacto, miedo a la entrega, miedo a lo imprevisible. Y, sobre todo, con un odio sutil hacia lo que todavía vibra. En vez de celebrar a quien vive con desmesura poética, lo etiquetamos como “intenso”. Como si ser intenso fuese el “pecado de la modernidad tardía”. Como si la temblorosa belleza de un alma que no se contiene debiera ser ridiculizada, marginada, domesticada, atacada, encadenada.

Ah, pero esa intensidad -esa hybris heraclítea que incendia el alma con su propio fuego- es justo lo que nos permitiría no morir antes de tiempo. Porque estamos, digámoslo sin miedo, en una época de muertos vivientes. El capitalismo tardío ha hecho del alma un bien de consumo, ha burocratizado incluso la espontaneidad. La risa debe programarse. El deseo debe rentabilizarse. El amor debe dosificarse para que no perturbe la productividad emocional. Y la locura -esa sana, esa solar locura- ha sido expulsada como el último demonio pagano que no logró ser exorcizado.

¿Quién puede todavía soportar la compañía de un ser que vibra? ¿Quién se atreve a aceptar el regalo más profundo de un alma encendida que se ofrece sin cálculo, sin contrato, sin política de privacidad? Muy pocos. Lo que debería ser el milagro de la comunión vital -dos locuras que se encuentran para bailar sobre el mundo- se vuelve hoy causa de sospecha, de burla o de rechazo y banalización. Hemos olvidado el valor de quien nos hace tambalear, de quien nos invita a salir del letargo con un simple: vamos a vivir.

Vivimos bajo el reinado de la mediocridad emocional. No se permite ni el exceso de tristeza ni el exceso de alegría. Hay que mantenerse funcional. Ser un buen ciudadano de la tristeza plana, del gozo moderado. Erasmo, en su Elogio de la locura, entendía que sólo desde ese desarreglo sublime podía brotar la verdad más profunda, la belleza más radical, el amor más sincero. Hoy, ya ni siquiera somos capaces de concederle a los locos el derecho a ser oráculos. Les llamamos “intensos”, “desgastantes”, “codependientes”. Vocabulario terapéutico de la represión emocional., que se expresa en el sujeto neurótico comprador de seguros de salud, de vida, educación y hasta de compra anticipada de féretros para una llegada triunfal luego de una vida literalmente mortificada por la decadencia vital.

Pero hay quienes todavía se atreven. Hay quienes no pueden vivir si no es a través de la danza desmesurada del alma. Esos -que algunos creen perdidos o rotos- son los últimos héroes trágicos de nuestro tiempo. No tienen armadura, pero tienen llamas. No tienen plan de retiro, pero tienen cánticos. No tienen miedo de mirar a los ojos, de tocar con verdad, de hablar sin filtros. Son la última esperanza contra la anestesia universal. Contra el cinismo generalizado. Contra la programación del alma para que funcione como máquina, no como carne palpitante.

Esta sana locura, que a veces llega en forma de amor que desborda, de risa que sacude, de presencia que abruma, no se puede exigir ni comprar. Se da. Y cuando se da, es don, es gracia, es exceso de existencia. Pero también es prueba: ¿eres capaz de recibirla? ¿De aguantar la potencia sin huir? ¿De no enmudecer ante la tempestad?

La mayoría no puede. Y es comprensible. El alma atrofiada no soporta los gritos de lo vivo. Pero entonces, que no insulten a quienes todavía gritan. Que no los reduzcan con etiquetas mezquinas. Porque en ese grito hay algo de sagrado. Algo que recuerda que no todo está perdido. Que aún puede haber comunión, aún puede haber éxtasis, aún puede haber mundo. Que no estamos del todo rotos mientras alguien siga danzando en la cima del volcán.

El mundo no será salvado por los equilibrados, los prudentes ni los adaptados. Será, si acaso, redimido -o al menos recordado- por los insensatos de amor, por los que aún se atreven a escribir cartas a mano, a llorar en los abrazos, a besar sin pedir cita. Por quienes viven como si el alma no tuviera alternativa.

Y es que no la tiene. No la ha tenido nunca.

Porque vivir de verdad, vivir con hybris, con vértigo, con locura luminosa es la única cordura posible en un mundo que ha renunciado a soñar.

Investigador del PUED-UNAM

Saúl Arellano

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