En México, obtener un título universitario ya no garantiza ascender en la escala social como anteriormente se creía. No es raro escuchar de boca de los millennials, que los títulos universitarios eran un boleto dorado para la movilidad social. Este dicho era comprobado de forma empírica, pues los profesionistas en los 90s, solían ser ejemplos de éxito económico y social entre los miembros de la comunidad. Es decir, históricamente la educación superior se consideraba un pasaporte para salir de la pobreza. No obstante, al día de hoy, muchos jóvenes egresados de universidades públicas, especialmente en zonas rurales, terminan en empleos precarios, economía informal, call centers o migrando a Estados Unidos. ¿Qué ha fallado en la promesa de movilidad social?, ¿Es razonable reprocharle a los jóvenes no querer cursar estudios superiores?, ¿La oferta educativa actual está realmente aprovechando el talento de los jóvenes?. En este ensayo busco ofrecer una perspectiva diferente de la educación superior, una que muestre la realidad fuera de la capital del país.
Escrito por: Guillermo Ramírez-Rentería
La brecha entre élites y periferias
Primeramente hay que señalar que no es lo mismo estudiar en una universidad de élite que en una universidad autónoma del estado, así como no es lo mismo estudiar en la capital del país que en una población pequeña de México. Como señaló Pierre Bourdieu, el sistema educativo reproduce desigualdades, pues legitima privilegios obtenidos con anterioridad bajo el cobijo de títulos universitarios prestigiosos. La diferencia entre universidades, no es sólo la calidad de la educación, sino los recursos que le ofrecen a los jóvenes. Las universidades de élite como la Iberoamericana o El Colegio de México, ofrecen acceso a redes internacionales con otras universidades, cursos avanzados de idiomas, estancias internacionales, profesores con doctorados de prestigio nacional e internacional líderes en su campo y la oportunidad de realizar prácticas en empresas multinacionales o en el gobierno federal. En contraste, instituciones estatales en Oaxaca, Chiapas o Zacatecas carecen en ocasiones de bibliotecas actualizadas, acceso a bases de datos académicas y su planta docente en ocasiones apenas y cuenta con una maestría. Esto condena a sus estudiantes a competir en desventaja. Mientras que un egresado de Contaduría de la UNAM o el ITAM en la Ciudad de México consigue prácticas y estancias profesionales en firmas globales, otro de Colima lucha por emplearse en despachos locales si tiene suerte. De igual manera, si se atreve a competir en su mercado local a través de su propia iniciativa, se enfrentará con la monopolización del servicio por parte de despachos o empresas ya establecidas años atrás. Las perspectivas son completamente diferentes.
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Carreras sin salida y desempleo encubierto
El desarrollo económico en el país es muy heterogéneo. Cómo resultado en regiones rurales, es más viable colocar una tortillería o una cenaduría que una empresa de desarrollo de software, aplicaciones o análisis de mercado. Sin embargo, la oferta académica en regiones marginadas parece desconectada de la realidad y no entiende que los cursos que ofrece están lejos de ser útiles en regiones alejadas de la capital del país. Con esta aseveración no se busca conceder que el único propósito de la educación superior es la de formar a trabajadores requeridos por el mercado, pero sí entender que el modelo económico en el que vivimos, exige que los jóvenes puedan acceder a un trabajo digno y sin las herramientas académicas adecuadas, eso no sucederá. Las licenciaturas más populares en las universidades siguen siendo Administración, Derecho, Arquitectura o Psicología, pero ¿en realidad son requeridos estos profesionales en cualquier región? o ¿en regiones rurales?. Carreras como Derecho o Psicología se multiplican en estados y municipios sin despachos ni centros de salud que absorban a los profesionales. Si bien es cierto que la necesidad social de estos profesionales existe, la verdad es que no hay en muchos casos, el andamiaje jurídico o el impulso de políticas públicas locales que promuevan su empleabilidad. El resultado es un ejército de profesionales subempleados, donde abogados trabajan en tiendas de abarrotes o psicólogos son agentes de ventas de empresas multinivel. Paradójicamente, los jóvenes sin título ganan más como influencers, comercio local, en la economía informal o como migrantes en el país vecino. No se busca afirmar que estas licenciaturas deben dejar de ofrecerse, sino pensar si el mercado donde se ofertan las demanda, y en caso contrario ¿cuál es la justificación para seguirlas ofreciendo y no aperturar licenciaturas en agroecología, energías renovables, turismo sustentable o desarrollo socio-territorial?.
Educación crítica vs. mano de obra barata
La educación superior no debe tener como fin último la producción de obreros, sino la formación de ciudadanos con una conciencia crítica que les permita incidir en su realidad y no sólo entenderla y sobrellevarla. Sin embargo, muchas universidades han fallado en ofrecer esta perspectiva y el menos responsable es el jóven cuyas metas están relacionadas con la movilidad social prometida en su formación básica. El problema no es la falta de ambición juvenil, sino un sistema que prioriza formar obreros calificados en lugar de ciudadanos, fallando incluso en este objetivo. Además, las unidades o extensiones académicas que se encuentran lejos de las capitales de los estados, presentan una precariedad aún mayor. Las universidades periféricas, con planes de estudio rígidos y sin vinculación laboral, producen profesionales que no cuestionan el status quo pero tampoco se insertan de forma adecuada en el mercado laboral local, pero ese será tema del siguiente artículo. Como advierte Paulo Freire, la educación debe liberar, no domesticar, debe formar personas que aprendan a ser agentes de cambio en su comunidad. Sin embargo, en algunas partes de México se ha convertido en una fábrica de diplomas vacíos, sin herramientas para transformar realidades locales.
La respuesta a estas preguntas debe ser más que un injustificado reproche a los jóvenes, pues son los últimos culpables. Ellos buscan un futuro mejor, y no se requiere de un complejo estudio sociológico o antropológico para saber que emigrar a otro país produce mejores resultados en términos de estabilidad económica que estudiar una licenciatura. En consecuencia, muchos jóvenes se van de sus comunidades y abandonan a su familia buscando mejores oportunidades laborales. Para romper este ciclo, se requieren políticas que vinculen la educación superior con las necesidades económicas locales, inviertan en infraestructura universitaria, amplíen la planta docente y fomenten el pensamiento crítico entre los estudiantes pero también en los profesores. Sólo entonces, el título universitario recuperará su valor, dejando de ser un privilegio de unos pocos en zonas urbanas y convirtiéndose en un puente hacia oportunidades reales y de desarrollo comunitario.
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