Es un lugar común expresar que el constitucionalismo liberal atraviesa una grave crisis. Para muchos esta crisis es consecuencia del aumento de la desigualdad y del desprecio de las élites a las demandas ciudadanas: han crecido la pobreza, la precariedad, la exclusión y la violencia. Los Estados han sido capturados por actores económicos y sirven a sus intereses privados. Manifiesto por un derecho de la izquierda de Roberto Gargarella expresa que la mayoría de estos problemas se debe al déficit democrático; a un cortocircuito en la sala de máquina constitucional. Tribunales, órganos de representación y gobierno responden de modo general a arreglos que desconfían de la participación popular.
Escrito por: Alejandro Sahuí
Esta situación ha provocado un derecho alienado de las personas que es causa de explotación de unos pocos sobre el resto y de expropiación de bienes comunes. No se puede negar que en el gremio jurídico existe descuido de las cuestiones económicas que generan y reproducen la desigualdad. Los ecos de la crítica socialista al capitalismo y sus estructuras son aquí obvios. Contra su conservadurismo habitual el derecho debe estar al servicio de una sociedad de iguales, ser un instrumento de cambio hacia un mundo mejor.
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Para Gargarella el ideal de autogobierno es la base de la democracia y sobre la autonomía descansan los derechos humanos. Pero dicha autonomía implica en el derecho de izquierda la autorrealización personal: desarrollar capacidades básicas, como recuerda Amartya Sen. Los derechos económicos y sociales generan las condiciones materiales para ello cuando son efectivos.
Muchas veces se critican las posiciones de la izquierda como si fueran antidemocráticas por sí mismas. De modo particular los juristas desconfían de los reclamos igualitarios legítimos porque asocian el socialismo con formas autoritarias de estatismo y privación de libertades. Uno de los principales aciertos de Gargarella es separarse de las lecturas que identifican a la izquierda con la planificación centralizada y la concentración de poder. A través de la historia muestra el estrecho vínculo entre pensamiento de izquierda, democracia y derechos humanos.
No se debe dejar de reconocer el papel de las clases trabajadoras y pobres en el surgimiento de la democracia y el sufragio universal, no censitario. Por ello es válida la interpretación republicana de la tradición socialista surgida tras la revolución francesa, que reclamó valores como la fraternidad y la emancipación contra las formas de dominación no políticas sino sociales y económicas. En especial las relativas a la familia, la servidumbre o el trabajo asalariado. Esta lucha debe también mucho al feminismo que descubrió el espacio doméstico como expresión de formas despóticas de poder y no como el espacio de los afectos.
Gargarella suscribe muchas de las tesis igualitaristas de John Rawls, para quien la injusticia consiste en que las personas no puedan eludir las condiciones de privación y desventaja que son producto de la fortuna: nacer hombre o mujer, sano o propenso a enfermedades, en una clase social o dentro de un colectivo étnico, racializado o religioso. Las sociedades deben brindar iguales oportunidades equitativas a todas las personas. Aunque a menudo se asocia liberalismo y capitalismo, se trata de una confusión. No es lo mismo una sociedad de mercado que capitalista. Ésta se refiere al régimen de propiedad, más que al intercambio. Puede haber capitalismo en sistemas autoritarios como China, u oligárquicos que alienten los monopolios como los Estados Unidos con sus corporaciones tecnológicas.
El derecho de izquierda demanda llevar la democracia más allá del Estado, a las instituciones económicas, al mercado y los medios de producción; abrir las corporaciones o empresas a la participación de las personas que colaboran con ella, hacer que rindan cuentas. La apuesta es compatible con el socialismo liberal democrático o el socialismo participativo que promueve Thomas Piketty.
Puede ser que aún se esté lejos de realizar este tipo de ideales. Se ha dicho que José Mujica y el Papa Francisco gozaron de amplia simpatía porque apenas tenían poder de cambiar nada. Pero quizá la utopía no signifique ensoñación o ilusión, sino el todavía-no que gustaba decir a Ernest Bloch con el principio Esperanza. Ya es una ventaja en todo caso juzgar de manera crítica las instituciones injustas. Someter el derecho a debate es un primer paso; involucrar a las personas en una conversación pública entre iguales.
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