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Autonomía del IFE-INE: 30 años

En su galardonada novela El olvido que seremos, Abad Faciolince recuerda la figura luminosa de su padre, el médico Héctor Abad Gómez, activista político de los noventa de aquella Colombia convulsionada por la violencia, convencido promotor de que toda ciudad necesita un “poliatra”: un sanador de la polis, alguien que no solo cure personas, sino que cuide la salud de la comunidad entera.

Escrito por: Sergio González Muñoz

Desde el 22 de agosto de 1996 el IFE primero y el INE después, han ejercido esa medicina silenciosa sobre la República. Han vacunado al sistema electoral contra viejas prácticas de desconfianza; han fortalecido los anticuerpos institucionales frente a conflictos políticos; han construido prácticas, diagnósticos, protocolos y procedimientos destinados a preservar la salud de la comunidad política y del cuerpo democrático entero.

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Como el médico de la novela, el Instituto pocas veces recibe reconocimiento cuando todo marcha bien. En cambio, cualquier fiebre institucional, cualquier tensión política o cualquier sospecha termina depositándose sobre sus hombros. Esa es la paradoja de las instituciones que funcionan: su éxito consiste en hacer posible una normalidad que termina confundiéndose con algo natural.

Por eso, hay que ver a la institución electoral como una “prótesis de la memoria democrática”, que recuerda a cada generación que la confianza electoral es una conquista sufrida y no un accidente inesperado de la historia política de México. Y es que creo que la democracia posee una virtud paradójica: exige memoria para poder renovarse.

Cuando las instituciones cumplen bien su tarea, terminan pareciendo inevitables. La normalidad democrática corre el riesgo de borrar el recuerdo del esfuerzo que costó alcanzarla. Entonces aparece una tentación silenciosa: creer que las reglas pueden debilitarse sin consecuencias, que la confianza pública se reproduce sola, que la integridad electoral es un recurso inagotable. No lo es.

El problema es que la democracia, como la salud, nunca es definitiva. Cada generación enfrenta sus propias epidemias. La de 1996 combatió la desconfianza estructural en las elecciones. La generación actual enfrenta amenazas distintas: la desinformación amplificada por la inteligencia artificial, la polarización permanente, la erosión de la conversación pública, los intentos de desacreditar a las instituciones, la velocidad con la que circulan las mentiras y la creciente dificultad para distinguir entre información y manipulación.

Sin embargo, el principio sigue siendo el mismo. Así como un buen médico actualiza permanentemente sus conocimientos sin abandonar el juramento que inspira su profesión, el INE deberá incorporar nuevas tecnologías, nuevos mecanismos de verificación, nuevas capacidades de supervisión y nuevas expresiones de la “cancha pareja”. Igualmente, nuevas formas de diálogo interno, con la ciudadanía, con la academia, con los gobiernos, los congresos, el mundo y con los medios, sin renunciar jamás a la imparcialidad, la independencia y la autonomía que le dieron origen.

Aquella profunda y consensuada reforma de justo hace 30 años hizo algo más que modificar algunos artículos de la Constitución: cambió la gramática del poder en México. El entonces Instituto Federal Electoral dejó de ser una autoridad administrada desde el gobierno para convertirse en un órgano autónomo. A partir de ese momento, la organización de las elecciones dejó de ser patrimonio del poder para convertirse en patrimonio de la ciudadanía.

En 2014 el IFE se transformó en INE y asumió responsabilidades que en 1996 apenas hubiéramos imaginado, pero el propósito esencial permaneció intacto: garantizar que el poder nazca exclusivamente de la voluntad libre de la ciudadanía.

Todos sabemos que la democracia necesita guardianes pacientes, profesionales y persistentes; personas servidoras públicas que comprendan que su mayor éxito consiste precisamente en vivir en discreción porque las elecciones transcurrieron con normalidad. Necesita profesionales que crean que el privilegio del servicio es el servicio mismo. Que acepten que recompensa no sea el protagonismo, sino la satisfacción de presenciar en vivo y de cerca la transmisión pacífica del poder público y la renovación de las instituciones representativas mediante procesos electorales en los que millones de personas ejerzan, en paz y libertad, el derecho más igualitario de una república: el voto.

Antiguo funcionario del Registro Nacional de Electores de la SEGÓ, mi padre decía que las instituciones verdaderamente importantes no pertenecen a quienes las fundaron, sino a quienes las preservan y las proyectan hacia el futuro.

Esa es quizá la mayor enseñanza que deja este trigésimo aniversario. Y es que los hombres y mujeres que participamos en la construcción del IFE de 1996 no trabajamos para una coyuntura electoral ni para un gobierno determinado; lo hicimos para un horizonte de generaciones. Quienes pertenecemos a la generación que vio nacer aquella reforma, recordamos el ambiente de esos días. No se respiraba euforia; se respiraba responsabilidad. Había conciencia de que la democracia no surgiría por decreto ni se consolidaría con una sola elección. Había que construir la elección por elección, expediente por expediente; credencial por credencial; casilla por casilla (cada jornada electoral) y claro, voto por voto (pero en el Consejo General).

Por alguna extraña coincidencia cósmica, muchos de quienes participamos en aquel alumbramiento seguimos aquí o hemos vuelto justo a tiempo para celebrar este aniversario en casa. No necesariamente ocupando los mismos espacios, pero sí sirviendo a la misma misión.

Creo que el mejor homenaje que podemos hacerle a aquella reforma constitucional no es contemplarla con nostalgia, sino prolongar su vocación de futuro. Si las primeras tres décadas de la institución estuvieron dedicadas a conquistar la autonomía y consolidar elecciones auténticas, todas las siguientes deberán convertir a México en una referencia mundial de integridad electoral, innovación institucional y resiliencia e inclusión democráticas. Allí donde la inteligencia artificial desafíe la verdad, el INE deberá fortalecer la evidencia; donde la polarización fracture el espacio público, deberá preservar reglas comunes; donde la incertidumbre amenace la confianza ciudadana, deberá seguir ofreciendo certeza.

Estoy cierto de que las instituciones no nacen completas, sino que maduran al ritmo de la confianza que son capaces de inspirar, y por eso estoy persuadido de que México seguirá necesitando una poliatría constitucional, como la que nos dispensa el IFE-INE autónomo desde hace 30 años. Una institución capaz de cuidar la salud de la democracia antes de que aparezca la enfermedad; de proteger la integridad electoral antes de que surja la duda; de recordar que la autoridad más fuerte no es la que impone, sino la que inspira confianza.

Esa será, quizá, la forma más elocuente de honrar el espíritu del ´96: comprender que la democracia nunca termina de construirse y que la República siempre necesitará instituciones capaces de cuidar su fibra más íntima. Como el médico de El olvido que seremos, mientras México crea en sí mismo, el INE seguirá siendo el poliatra de nuestra vida democrática.

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