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Nuevos pasos al cambio de época

Pronto pueden venir años aún más perturbadores, y por eso es riesgoso decir que 2025 marcó un antes y un después en la configuración de la nueva época.  Quizá se diga después que el periodo abierto en la pandemia del Covid-19 fue el que selló el cambio o marcó su transición. Por ahora, al cerrarse su primera cuarta parte, aparecen claramente algunas marcas de largo alcance del siglo XXI, como si este ya estuviera perfilado, como si ahora se hubieran concretado las turbulencias y amenazas que se adelantaban hace una o dos décadas.

Escrito por:  Enrique Provencio D.

Ninguno de los cambios inició hace poco, todos fueron progresivos, se advirtieron sus señales, en la geopolítica, la democracia, la economía, las tecnologías, la cultura. Algunas mentes lúcidas los señalaron desde temprano. En 1995, Felipe Fernández-Armesto cerraba su monumental Millenium diciendo que la supremacía atlántica ya se había desplazado a favor del Pacífico y de la preponderancia China, aunque California seguiría pesando por sí misma. En 1998, Manuel Castells concluía el tercer volumen de su obra La era de la información, caracterizando un nuevo mundo en ciernes que estaba reorganizándose a partir de tres ejes: el cambio tecnológico digital, la reestructuración económica del capitalismo, y la transformación cultural, de la vida social y de la democracia política que hasta entonces se conocían.

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Otras aproximaciones fueron identificando las mutaciones. En los noventa el gobierno de Berlusconi hizo sonar las alertas sobre la capacidad de construir candidaturas ganadoras y populistas basadas en las fortunas personales y la predominancia de los medios de comunicación, en ese entonces la televisión, todavía no las redes sociodigitales. El Homo videns de Sartori retrató hacia 1997 una política controlada por la imagen, con los partidos políticos cuestionados y electorados pasivos y atrofiados por la mercadotecnia mediática. De ahí en adelante, las democracias fueron perdiendo peso en el mundo, y, ya en el cambio de siglo, los regímenes híbridos, los populismos que ganaron elecciones y luego debilitaron los sistemas electorales, coparon la política global.

Así con otros rasgos de este cambio de época: los entornos más inseguros y violentos, la generalización de temores juveniles ante el futuro, la pérdida de certezas en las posibilidades de desarrollo, los reclamos por las desigualdades extremas, los crecientes temores ante las crisis ambientales, las preocupaciones reales o supuestas por nuevas tecnologías, el rechazo creciente a los inmigrantes, los retrocesos del reconocimiento a la diversidad, las nuevas sensibilidades individuales y colectivas, las amenazas por guerras de alcance regional, el armamentismo imparable, el cambio intempestivo de las reglas del trato político y económico entre las naciones, el mayor deterioro los organismos internacionales de cooperación, la impotencia de las convenciones y tratados para encontrar soluciones a los grandes problemas globales… todo esto, y más, fue fraguándose progresivamente por todos lados, y, también, todo eso alcanzó en 2025 expresiones estruendosas, que confirmaron los cambios de época que presenciamos.

En 2025 presenciamos una vertiginosa implantación de nuevas reglas económicas globales, que de buenas a primeras retrocedieron cien años y regresaron al proteccionismo. Los aranceles de Estados Unidos promediaban 2.5% en enero, y para mediados de noviembre ya alcanzaban 36%. La onda expansiva cambio la política de muchos países, como México, que aprobó recientemente impuestos elevados a las importaciones provenientes de economías con las que no hay tratados de libre comercio, sobre todo China.

El proteccionismo fue la punta del iceberg de un amplio programa de recuperación de la presencia global de Estados Unidos, que se extiende desde el control de la inmigración, la seguridad en la fronteras y el control continental, hasta el balance comercial, la seguridad en las cadenas de suministro de bienes críticos, incluyendo minerales, la reindustrialización, la industria de defensa, y la dominancia energética y financiera, junto con la dominación militar en todo el continente americano. Así quedó asentado en la Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de América dada a conocer a fines de noviembre, con una doctrina Monroe reforzada.

Con el golpe de Trump contra las instituciones, las libertades, la transparencia y más expresiones de la democracia, junto con otros ascenso de las derechas, incluyendo las extremas, como el reciente de Chile, 73 de cada 100 personas en el mundo viven ahora en algún tipo de autocracia. Con el apoyo de Estados Unidos, más países se pronuncian contra los acuerdos ambientales, de derechos humanos, de educación universal y otros grandes temas, debilitando los esfuerzos multilaterales y regateando el apoyo a la ONU, que celebró sus 80 años en medio de una crisis.

Grandes acuerdos globales se debilitaron, como las negociaciones de cambio climático y las que buscan un mayor control de los plásticos. La capacidad de la ONU para facilitar acuerdos se debilitó aún más, con el apoyo estadounidense a Israel para imponer un arreglo que perpetúa el conflicto con Palestina. El fracaso de los nuevos intentos por acordar la paz entre Ucrania y Rusia, y la alianza de hecho entre este país y Estados Unidos, debilitó aún más la fuerza del bloque europeo. La mencionada Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense confirma el menosprecio por el papel de Europa en el mundo, y la consolidación de una nueva realidad bipolar sin una mediación a la vista por parte de Naciones Unidas, que regule los grandes temas y conflictos de nuestro tiempo, incluyendo la inteligencia artificial. Es riesgoso decir que 2025 marcó en definitiva un cambio de época, pues muchas transformaciones están en proceso, pero no cabe duda que ese cambio se aceleró en el año que concluye.

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