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Llamado al desescalamiento del conflicto.

Reseña de: Bokser, Judit & Siman, Yael, “Actores y constelaciones políticas en Medio Oriente: perspectivas multidisciplinarias sobre los conflictos para una construcción de paz”,  Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales vol.70 n.225, pp.9-39.

Escrito por: Jorge Federico Márquez Muñoz

El dossier escrito por Judit Bokser y Yael Siman, que en realidad es en sí mismo un artículo académico —dos terceras partes del texto son reflexiones propias de las autoras—, versa sobre uno de los temas más actuales y difíciles de tratar en la academia: los conflictos contemporáneos en medio oriente y en particular el conflicto palestino-israelí derivado de la Guerra en Gaza.

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La virtud principal del texto, por obvias razones, es el trato sutil y matizado con que las autoras realizan su análisis. Es esta la virtud principal en tanto la inmediatez del conflicto armado en Gaza, así como la desemejanza de proyectos en disputa, a menudo impiden discutir de manera ecuánime sobre el conflicto en cuestión. Además, el sectarismo presente en varias de las más prestigiosas universidades del mundo, donde por paradójico que parezca, la discusión está vetada a menos que dicha discusión transmute en activismo, únicamente confirma la gran valía de Actores y constelaciones políticas en Medio Oriente, un texto que se distingue por su serenidad y profunda reflexión.

Las autoras comienzan reconociendo la pluralidad identitaria del Medio Oriente, fuente de riqueza cultural pero también origen de muchos conflictos. Se menciona que en los tiempos más recientes la región ha estado inmersa en transformaciones políticas, religiosas, étnicas, económicas y estratégicas de gran interés, mencionándose el cambio de régimen en Siria con la caída de Bashar Al-Assad, el ataque de Hamás del 7 de octubre y la subsecuente Guerra en Gaza y Líbano. Es precisamente en estos dos últimos acontecimientos en los que Bokser y Siman centran la atención.

Primero, se realiza un breve recorrido histórico hasta llegar al 7 de Octubre de 2023. Se menciona que las tensiones entre el Estado de Israel, la organización terrorista Hamás (y en añadidura la Yihad Islámica) y el pueblo palestino no son nuevas, sino que vienen gestándose desde muchos años atrás. Cada uno de estos actores, a su vez, está respaldado por poderosos aliados —Estados Unidos por parte de Israel, e Irán, Turquía y Qatar por parte de Hamás—, lo que hace que el conflicto se complejice. En este recorrido histórico se menciona que con el paso del tiempo cada bando se ha ido radicalizando:

En parte, los acuerdos de Oslo (1993-2000) se lograron porque las élites moderadas palestinas e israelíes tuvieron los incentivos positivos para llegar a un acuerdo de paz al tiempo que temían que esa ventana de oportunidad pudiera cerrarse pronto dada la existencia de grupos radicales con poder político creciente en ambas sociedades (p.11)  

Sin embargo, podría cuestionarse si esta radicalización de los actores es equiparable. En el caso de Israel, podría hablarse de una “radicalización” solo después de considerar que desde su misma existencia como Estado, Israel ha tenido que lidiar con vecinos hostiles cuyo fin explícito es aniquilarlos; pero en el caso de Hamás, por ejemplo, hablar de “radicalización” no parece ser lo más adecuado en tanto los objetivos de esta organización terrorista parecen haberse mantenido incólumes desde su fundación: el extermino del Estado de Israel y la instauración de la sharia en ese territorio.

En otras palabras, al hablar de radicalización tal y como se habla en el artículo, uno está obligado a distinguir la asimetría moral entre Israel y Hamás. El primero nació con un objetivo loable —no hay que tener miedo a expresar juicios de valor—: dotar al pueblo judío de un pedazo de tierra al cual poder acudir. El segundo (Hamás) nació con dos objetivos que en el mejor de los casos son moralmente cuestionables: la instauración del Islam por la fuerza —mediante la yihad— y la expulsión de todo judío del territorio hoy conocido como Israel[1]. Luego, el hablar sobre una “radicalización” de Hamás supone de manera implícita que en un principio esta organización no era radical o lo era en un grado menor, lo cual es mentira. Pero si a pesar de estos problemas uno está tentado a hablar de una radicalización de los actores en Gaza, lo más sensato sería hacer una distinción entre radicalización política (Israel) y radicalización fundacional (Hamás). Esta breve nota, por supuesto, no invalida el enfoque de las dos autoras, sino que lo enriquece.

Posteriormente, el artículo proporciona varias cifras sobre la destrucción y las víctimas como consecuencia de la Guerra de Gaza.  El texto habla sobre masacres, secuestros, violencia sexual, desplazamientos masivos y una crisis humanitaria sin precedentes. Se llega a mencionar en al menos dos ocasiones datos del Ministerio de Salud de Gaza, que se abordan críticamente debido a su muy probable falta de exactitud, y en páginas más adelante se menciona a la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA). Considerando el enfoque crítico del artículo, tal vez habría sido conveniente que las autoras referenciaran los alegatos del Estado de Israel acerca de la infiltración de Hamás en este órgano de la ONU[2], pero de cualquier forma, la maestría con la que Bokser y Siman abordan el conflicto en Gaza hace que el texto en todo momento conserve la ecuanimidad propia de un artículo científico.

Las autoras también destacan la centralidad del testimonio para visibilizar el sufrimiento humano y la violencia que tienen que soportar tanto israelíes como palestinos, pues se recalca que hay auténticas víctimas de ambos lados de la trinchera. De manera paralela y sin contradecir lo anterior, se hace énfasis en que uno de los dos bandos ha perdido la guerra comunicativa: “Tal como analiza Meschoulam y sus coautores, se trata de una guerra societal (Levite y Shimshoni, 2024) que se libra en el universo mediático y la opinión pública, y que Israel ha perdido” (p.20). Esto ha provocado, tal y como se señala en el texto, represalias contra organizaciones académicas y culturales israelíes, mismas que generan exclusiones que erosionan la cooperación científica.

Después de presentar diversos testimonios de víctimas tanto palestinas como israelíes, entre las que cabe destacar la de Orion Hernández, mexicano que fue masacrado por Hamás el 7 de Octubre junto con su novia, el artículo entabla una discusión respecto a la definición de “genocidio”. Para ello, las autoras se remontan hasta los dos autores primigenios del concepto, Rafael Lemkin y Hersch Lauterpach. Posteriormente, se revisan las definiciones legales del concepto, contenidas tanto en la Convención sobre el Genocidio como en el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional.

A partir de ambas definiciones, y mediante un riguroso análisis, las autores explican la dificultad de determinar si en la Guerra de Gaza se cometió efectivamente un genocidio. Sin embargo, es recalcable que Bokser y Siman ponen el dedo en el renglón y nos recuerdan que la denuncia de genocidio interpuesta por Sudáfrica ante la Corte Penal Internacional no ha sido la primera acusación  de genocidio a la que se ha enfrentado Israel. Por el contrario, señalan que la acusación de genocidio ha estado presente prácticamente desde la fundación misma del Estado de Israel:

es indispensable considerar que la acusación de genocidio inició en los años cincuenta como parte de una campaña soviética que reemergió con fuerza tras la guerra de 1967 y la nueva alianza entre la Unión Soviética y los países árabes. Esta acusación, en 1975, nutrió la condena de sionismo igual a racismo (Bokser Liwerant, 1997). Hoy reaparece nuevamente en escenarios nacionales e internacionales (p.24)

En resumen, el artículo de Judit Bokser y Yael Siman constituye una intervención intelectualmente valiosa en un contexto marcado por la simplificación, la polarización del debate y la intolerancia al disenso. Más que ofrecer soluciones inmediatas e irreales, las autoras realizan algo mucho más valioso: preservar el espacio de la deliberación racional mediante un análisis cauto pero no por eso tímido, en el que los matices y las complejidades del conflicto son devueltos a su justo lugar para así evitar reduccionismos.

Las autoras nos recuerdan de manera omnipresente en el texto —he aquí la que quizá sea su aportación central— que el entendimiento entre los actores en conflicto ha sido minado por varias razones. Nosotros identificamos tres: la primera es la creación de identidades excluyentes acompañadas de la absolutización del otro, que por fuerza es un victimario; la segunda, el debilitamiento de figuras moderadas en ambos bandos del conflicto acompañado del surgimiento de protagonistas radicales; y por último, la politización del lenguaje jurídico, en específico la instrumentalización del término “genocidio”, que se usa como arma retórica más allá de la pertinencia o no del concepto. Estos tres factores, a su vez, han provocado el deterioro del pluralismo académico y cultural: boicots, “cancelaciones” y demás formas de intolerancia que parecen apoderarse del mundo intelectual únicamente impiden la deliberación, una de las herramientas más poderosas para dar solución al conflicto palestino-israelí. 

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[1] Para constatar esto basta observar la Carta Fundacional de Hamas (cfr. https://avalon.law.yale.edu/20th_century/hamas.asp). Las personas podrían argumentar (como se ha hecho desde hace tiempo, que tal carta fundacional es obsoleta o que Hamás ha cambiado sus puntos de vista. Esto queda desvirtuado tanto por el actuar de esta organización, antisemita e islamista, como por el hecho de que el documento en cuestión no ha sido ni abrogado, ni reformado ni se ha promulgado algún otro que contradiga lo expresado en la carta.  

[2] El reporte completo de 78 páginas se puede consultar en: https://govextra.gov.il/media/d21mw2f3/the-connection-between-unrwa-and-hamas-280425.pdf

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