El pasado 5 de septiembre un tren de carga arrolló a un autobús de pasajeros en el cruce de una vía férrea y la carretera Maravatío, Michoacán – Atlacomulco, Estado de México. 10 personas perdieron la vida y otras 45 quedaron heridas con diferentes grados de afectación, algunas de las cuales tendrás secuelas para siempre.  Cinco días después, el 10 de septiembre, la explosión provocada por un carro tanque cargado de gas que volcó en un nudo vial de Iztapalapa, Ciudad de México, provocó también la muerte de 13 personas (al 13 de septiembre), y al menos 90 sufrieron quemaduras graves, que requirieron su hospitalización El segundo desastre opacó al primero, quizá por lo dantesco de las imágenes que circulan en los video y las fotografías, pero también porque tendemos a olvidar muy pronto los mal llamados accidentes fatales de gran alcance, hasta que ocurre el siguiente, que suele ser muy pronto.

Escrito por:  Enrique Provencio D.

No son casos aislados, por supuesto. El 8 de agosto el INEGI publicó las estadísticas de defunciones registradas en 2024, y ahí se lee que los accidentes de todo tipo fueron la cuarta causa de muerte en México, con 39,729 fallecimientos. Las tasas por 100,000 habitantes muestran un contraste marcado, pues van desde 19.6 en Chiapas, hasta 46.7 en Zacatecas, con un promedio nacional de 30.5. Entre niños de 5 a 14 años fueron la primera causa de muerte, y la segunda entre jóvenes de 15 a 34. De las muertes por accidente, poco más de 17,000 correspondieron a accidentes de transporte, y de estas, 81 de cada 100 fueron de hombres, principalmente jóvenes.

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Como consigné aquí en México Social, “cualquiera que sea el tipo de accidente, no son una fatalidad, ocurran en la casa, el ambiente laboral o escolar, el transporte terrestre o en cualquier otro contexto. Pueden suceder a pesar de todas las medidas que se tomen, pero los riesgos de muerte podrían reducirse sistemática y drásticamente si la protección y el cuidado tuviera una mayor prioridad en la vida cotidiana.” No son fallas accidentales, suelen ser producto de la imprevisión, del incumplimiento de las normas y protocolos de seguridad, de la limitada supervisión de equipos y unidades móviles, del mal diseño y de las condiciones en las que se encuentra la infraestructura, entre otros factores. Y tampoco son neutrales socialmente, pues no todos estamos expuestos de la misma forma a esas fatalidades, que terminan dañando más a personas que trabajan en la calle o que utilizan los medios masivos de transporte.

En el caso del tren de carga, la empresa ferroviaria sostuvo que el conductor del autobús de pasajeros no atendió las señales de alerta y trató de cruzar las vías aunque la máquina ya estaba cerca de la carretera. Por su parte, reporteros de medios de comunicación y usuarios dieron a conocer que las señales de tránsito no estaban claramente visibles y, sobre todo, que no existían plumas que cortaran el tráfico carretero para que pasara el tren sin riesgos. ¿Pudo ser una irresponsabilidad del conductor del autobús? Pudo ser, aunque eso no quedaba claro al menos una semana después. Lo que también pudo ser, y es altamente probable, que tras el suceso estén las insuficientes medidas de seguridad vial y la infraestructura obsoleta, sea la inexistencia de pasos a desnivel o la simple pero fatal inexistencia de señales y advertencias adecuadas para las personas que conducen en las carreteras en los cruces con las vías de ferrocarril.

El caso de la explosión del carro tanque de gas en Iztapalapa es más un desastre antrópico que un accidente vial. El movimiento de sustancias peligrosas por autotransportes y ductos, está claramente incluido entre los fenómenos perturbadores de carácter tecnológicos que son factores de riesgo, y entre ellos está el gas licuado. Es compleja la trama normativa que regula este y otros riesgos, entre leyes, reglamentos, normas, listados, disposiciones oficiales, reglas varias, etiquetados y otros aspectos, y los problemas siguen estando en la inobservancia correcta de la regulación, su falta de supervisión por parte de autoridades, el cumplimiento aleatorio de las empresas distribuidoras y transportadoras, la capacitación deficiente de operadores, entre otros.

A esos se suma también el estado de la infraestructura, el incumplimiento de las reglas de tránsito y la falta de precaución en condiciones críticas de manejo, sea en vías federales o urbanas. Está por verse si en estos dos casos sabremos realmente cuáles fueron los factores que los provocaron, directa e indirectamente, pues pocos se termina sabiendo de las investigaciones y los dictámenes técnicos. Lo que es un hecho documentado es que tras lo que genéricamente llamamos accidentes están casi 40,000 vidas perdidas en México.

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