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La trampa de la desorientación vocacional: Cuando elegir una carrera se convierte en un salto al vacío

Hace unos días, mientras veía un podcast de una compañera dominicana que trabaja en educación, sentí un escalofrío de reconocimiento. Hablaba de algo que viví en carne propia y que millones de jóvenes en América Latina enfrentan: la desorientación vocacional como una falla sistémica, no como un error individual. La crítica de mi compañera era contundente, sentenciaba que los profesores encargados de la orientación vocacional en las escuelas suelen estar tan mal capacitados que, en lugar de guiar, reproducen estereotipos. “Si no te gustan las matemáticas, estudia Derecho; si no soportas leer, haz una ingeniería; si no sabes qué hacer con tu vida, métete a Administración”, resumía. Y entonces recordé mi propia adolescencia, donde recibí un laberinto de consejos contradictorios. Entonces este problema no es una falla individual de los maestros, sino un problema estructural del cual vale la pena hablar más seguido.

Escrito por:  Guillermo Ramírez-Rentería

El mito de la “vocación innata”

Es cierto que la orientación vocacional en algunas condiciones opera bajo una lógica ociosa: se reduce a descartar lo que “no nos gusta”, en lugar de descubrir lo que podríamos amar. Los profesores —muchos de ellos sobrecargados de trabajo y sin formación pedagógica actualizada— repiten frases hechas hace décadas que simplifican profesiones enteras a clichés. ¿Cuál es el resultado? Pues que potenciales profesionistas dejen de lado carreras prometedoras por prejuicios que no tienen sostén en la realidad. No es raro escucharlos decir que un estudiante con aversión a la sangre jamás podrá ser médico, sin considerar que de hecho, sí podría ser un brillante epidemiólogo (sin tocar un bisturí en su vida o atender urgencias). Siguiendo el mismo ejemplo, estos estereotipos condenan a que un estudiante con pánico a las alturas no podría ni debería ser arquitecto o ingeniero civil, aunque se les olvida que hay roles como diseñadores o quienes calculan costos en obra, donde el trabajo es 100% digital. La baraja real de opciones nunca se les presentó a los jóvenes de estos dos ejemplos. Pero entonces, ¿esto es solo un problema de negligencia de algunos maestros?, ¿se arreglaría con una mejor capacitación? Pero la respuesta no está anclada a pocos casos o soluciones individuales.

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La ceguera ante las múltiples salidas profesionales y el desperdicio de talentos

Uno de los dramas menos visibles de la desorientación vocacional es la ignorancia sobre las carreras interdisciplinarias y su potencial. Tomemos un caso concreto: las matemáticas aplicadas. En México, los estudiantes muchas veces la evaden por el estigma de que “solo sirve para dar clases”. Pocos saben que un matemático puede especializarse en ciencia de datos y ganar más que un ingeniero, o que con una maestría en finanzas los puede catapultar a un trabajo en casas de bolsa. Lo mismo ocurre con otras profesiones.

Ejemplos:

– Medicina. No todos los médicos ven sangre. Un genetista puede pasar su carrera en un laboratorio descifrando el código del cáncer, y un médico en cirugía reconstructiva jamás atiende una emergencia. 

– Pedagogía. ¿Miedo a los niños? Un pedagogo también diseña programas de capacitación para empresas tecnológicas o planes de estudio en universidades. 

– Arquitectura. Gran cantidad de arquitectos trabajan en diseño digital, modelado 3D o consultoría de sostenibilidad, sin pisar una obra. 

Ahora podemos observar de forma más amplia el panorama. Pues el problema no solo radica en las llamadas licenciaturas tradicionales, sino también en las nuevas. El resultado de esta dirección, es que muchos jóvenes no son absorbidos por el mercado laboral.

La falta de empleo en los jóvenes de Latinoamérica

Las consecuencias de esta desorientación masiva son brutales. En México, aunque los jóvenes están accediendo cada vez más a educación superior, es más complicado insertarse en el mercado laboral (IMCO, 2022). Este fenómeno no es exclusivo de México, pues en Colombia, según la Fundación Empresarios por la Educación (Fexe), que hizo un estudio en 2024, encontró que 8 de cada 10 jóvenes no trabajan de lo que estudian. De hecho, según Naciones Unidas, 60% de los jóvenes en América Latina trabajan en la informalidad. Entonces, esto no es “fracaso individual” sino que es el resultado de un sistema que fabrica desempleados altamente educados. En este punto es necesario complejizar un poco más la discusión para no quedarnos en la superficie del problema.

La falta de esta información no es inocente, de hecho, siempre beneficia a alguien. En un sistema capitalista neoliberal donde se mercantiliza la educación, las universidades promueven carreras “rentables” en lugar de impulsar proyectos de vida. Así, se llenan calles de abogados, contadores y administradores, mientras áreas críticas como bioinformática, salud pública o desarrollo urbano quedan vacías. Incluso esto se puede constatar al revisar la cantidad de estudiantes que aplican por año a estas licenciaturas en las universidades públicas. Por ejemplo, en el año 2024 en la UNAM, la licenciatura de Médico Cirujano recibió más de 21 mil aplicantes, mientras que Desarrollo Territorial contó con 4 y Desarrollo Comunitario para el Envejecimiento tuvo solo 7 (Unitips, 2024). Pero entonces, ¿es un mal cálculo de los estudiantes?

El criterio de los estudiantes para estudiar alguna carrera tiene que ver en mayor medida con la posibilidad de insertarse en un mercado laboral hostil. Entonces su decisión, aunque mal informada, no es improvisada; sin embargo, se les escapa un detalle. El modelo económico actual necesita una sobreoferta de mano de obra, por lo que insiste en formar cada vez más profesionales para sobresaturar el mercado. Esta situación no es nueva, pensadores como Robert Owen, Thomas Hodgskin o Louis Auguste Blanqui consideraban la pobreza derivada de la precariedad laboral como una de las causas del estallido de la revolución francesa. Esta idea sería popularizada más tarde por Karl Marx, quien la sistematizó como el “ejército industrial de reserva”.

Conclusión

La desorientación vocacional no es un error individual ni un simple problema de capacitación docente, sino que es una trampa estructural que responde a un modelo económico que fabrica profesionales desajustados al mercado y que reproduce la precariedad como destino. Al reducir la elección de carrera a estereotipos y clichés, se desperdician talentos, se cierran caminos interdisciplinarios y se consolida un sistema que convierte la educación en mercancía. Superar esta situación exige replantear la orientación vocacional como parte de un derecho educativo integral, con información realista sobre el mundo laboral y con horizontes más allá de la lógica mercantil, de modo que elegir una carrera deje de ser un salto al vacío y se transforme en la construcción consciente de un proyecto de vida.

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Frase clave: desorientación vocacional, La trampa de la desorientación vocacional

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