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Desplazamiento forzado: la responsabilidad de construir la paz

Abandonar el hogar para salvar la vida suele comenzar como una decisión de emergencia, sostenida por la esperanza del regreso. Sin embargo, cuando las guerras se prolongan, esa espera puede ocupar una vida entera. Los niños crecen lejos de los lugares donde nacieron sus padres y las familias reconstruyen su existencia bajo condiciones de incertidumbre. El desplazamiento deja entonces de ser una interrupción transitoria y se convierte en una experiencia que atraviesa generaciones.

México social/ Redacción

Según la información difundida por Noticias ONU, más de 117 millones de personas permanecen desplazadas por la fuerza. Ante el Consejo de Seguridad, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Barham Salih, advirtió que las posibilidades de ofrecer soluciones están siendo rebasadas. Su intervención coloca una responsabilidad política en el centro del debate: la asistencia humanitaria resulta indispensable, pero detener las guerras exige decisiones que las organizaciones de ayuda no pueden tomar.

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Sudán expresa la magnitud de ese desafío. Cerca de doce millones de personas están desplazadas dentro y fuera del país, mientras los Estados vecinos reciben a millones de refugiados. La solidaridad de las comunidades receptoras sostiene vidas, aunque también requiere recursos para ampliar servicios, vivienda y oportunidades. Permitir que esas sociedades asuman solas las consecuencias de la guerra profundiza una distribución desigual de las responsabilidades internacionales.

La prolongación del desplazamiento revela, además, cómo una respuesta concebida para la emergencia puede volverse permanente. Las generaciones de refugiados saharauis que llevan más de medio siglo en campamentos cerca de Tinduf muestran el costo humano de los conflictos sin resolver. Algo semejante ocurre cuando se acepta como horizonte inevitable la permanencia de los rohinyás en Bangladesh, aun reconociendo que actualmente faltan condiciones para un retorno voluntario a Myanmar.

Esa ausencia de condiciones exige sostener la protección y trabajar para transformar las circunstancias que impiden una solución. La presión sobre los sistemas de asilo debe enfrentarse mediante cooperación, financiamiento y responsabilidades compartidas. Convertirla en argumento para restringir la protección trasladaría nuevamente el costo de las crisis a quienes ya perdieron su seguridad y su hogar.

También es necesario examinar qué ocurre después del regreso. Los retornos a Siria y Afganistán, mencionados por Salih, obligan a distinguir entre volver a un territorio y recuperar condiciones para vivir dignamente. Sin seguridad, servicios, ingresos y posibilidades de reconstrucción, una familia puede seguir padeciendo la precariedad que caracteriza al desplazamiento. Contabilizar retornos ofrece información insuficiente para evaluar soluciones duraderas.

Por ello, los compromisos internacionales deben vincular la protección inmediata con alternativas sostenibles: retorno voluntario, integración local o posibilidades de establecerse legalmente en terceros países. Las decisiones requieren escuchar a las personas afectadas y reconocer sus proyectos de vida, sus capacidades y sus vínculos.

El Consejo de Seguridad tiene una responsabilidad decisiva en crear las condiciones políticas para que esas alternativas prosperen. Sostener negociaciones, proteger a los civiles y contribuir al cumplimiento de los acuerdos de paz son tareas cuyo resultado debe apreciarse en la vida cotidiana. La ambición internacional debe alcanzar aquello que millones de personas siguen esperando: poder construir un futuro sin verse obligadas a huir nuevamente.

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