Habitar la tierra después del límite climático - Mexico Social

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Habitar la tierra después del límite climático

La crisis climática está modificando las condiciones materiales de nuestra existencia y, con ellas, el significado de nuestras responsabilidades. El más reciente informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) titulado Limiting Overshoot, advierte que la insuficiencia de las acciones emprendidas nos encamina a superar rápidamente el calentamiento terrestre de 1.5 °C respecto de los niveles preindustriales. La cuestión tiene una gravedad adicional: aunque posteriormente consigamos reducir la temperatura, habrá pérdidas irreversibles. Cuánto rebasemos ese umbral y durante cuánto tiempo determinará la magnitud de los daños. Todo ello obliga a examinar las formas de producción y las relaciones de poder que sostienen nuestra manera de habitar el planeta.

Escrito por:  Saúl Arellano

En 2024, considerado como “año-calendario” la temperatura media global superó por primera vez el incremento límite de 1.5 °C. El dato no equivale todavía al rebasamiento del umbral climático de largo plazo, evaluado mediante promedios de varias décadas, pero anticipa la trayectoria que debemos contener. El PNUMA plantea reducir el calentamiento máximo y acortar el período de sobrepaso. Ese descenso no está garantizado pues dependerá de decisiones inmediatas y de esfuerzos sostenidos durante generaciones.

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La base empírica disponible permite dimensionar lo que está en juego. Sin medidas eficaces de adaptación, la producción mundial de alimentos podría disminuir hasta 14% para 2050. Bajo escenarios de calentamiento de hasta aproximadamente 3 °C, los glaciares podrían perder más de una cuarta parte de su masa hacia 2100; el informe sitúa su contribución al aumento del nivel del mar entre 9 y 12.5 centímetros. A ello se añaden amenazas sobre el abastecimiento de agua, la salud, las ciudades y las infraestructuras. En este escenario, los pequeños Estados insulares y las ciudades costeras bajas enfrentan riesgos de inundación parcial o completa.

Estos procesos pueden intensificarse de manera no lineal y desencadenar transformaciones abruptas. El informe identifica posibles puntos de inflexión en las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida occidental, la circulación de vuelco meridional del Atlántico y la selva amazónica. Aunque existen incertidumbres sobre sus tiempos y umbrales, sus consecuencias podrían reorganizar las condiciones de vida del planeta. Al respecto, debe comprenderse que lograr el descenso de la temperatura planetaria tampoco restituiría automáticamente los hielos, los ecosistemas o los territorios perdidos y que la trayectoria recorrida dejará consecuencias duraderas.

Los problemas que enfrentamos exigen una articulación entre medio ambiente, relaciones sociales y subjetividad a fin de comprender cómo una alteración física se prolonga en la organización de la existencia. La pérdida de un territorio compromete viviendas y medios de subsistencia, pero también vínculos comunitarios, memorias y pertenencias. Desde esta lectura, reducir la temperatura constituye una tarea inseparable de proteger las condiciones que hacen posible una vida colectiva.

El PNUMA insiste, por ello, en que mitigación y adaptación deben avanzar conjuntamente. Una reducción insuficiente de emisiones agravará los impactos y podrá desviar recursos hacia emergencias, debilitando la capacidad de actuar sobre sus causas. A su vez, la infraestructura destinada a reducir emisiones también necesita protección frente al clima cambiante. Ampliar el arbolado urbano ejemplifica esa complementariedad: disminuye la exposición al calor y la necesidad de refrigeración intensiva en energía. Pero la adaptación tiene límites; algunos riesgos pueden alcanzar una magnitud ante la cual ya no sea posible proteger las formas de vida existentes.

También resulta indispensable distinguir entre detener el calentamiento y reducirlo. Alcanzar emisiones netas cero de dióxido de carbono es un hito esencial; hacer descender la temperatura requiere emisiones netas negativas sostenidas, junto con reducciones de los demás gases de efecto invernadero. Esto supone extraer de la atmósfera más CO₂ del que se emite. Sin embargo, la remoción enfrenta restricciones de escala, costos, disponibilidad de tierras y permanencia del almacenamiento. Incluso una expansión optimista de estas prácticas y tecnologías difícilmente reduciría la temperatura más de unas pocas décimas de grado durante este siglo.

La confianza en una reparación futura debe confrontarse con esos límites. Ante ello, cabe preguntarse cómo producimos expectativas capaces de normalizar la postergación. Suponer que siempre aparecerá una tecnología suficiente permite conservar hábitos de consumo y decisiones económicas cuyos costos recaerán sobre otros. La discusión climática compromete así nuestra relación con el tiempo: cuánto bienestar presente estamos dispuestos a financiar mediante daños futuros y qué capacidad efectiva de elección legaremos a quienes deberán enfrentarlos.

Urge por ello también recuperar visiones como las de Guattari y de Leonardo Boff. Su noción de una ecología integral vincula el conocimiento con una sensibilidad capaz de reconocer nuestra pertenencia a la comunidad de vida. Y es que esa perspectiva tiene un enorme potencial de adquirir un sentido político: los países con mayor responsabilidad histórica y capacidad deben actuar más rápida y decididamente; las poblaciones desproporcionadamente afectadas deben participar en las decisiones. Habrá que resolver entonces cómo se protegen los medios de vida y cómo se preservan los derechos y la soberanía de pueblos cuyos territorios podrían desaparecer.

El informe del PNUMA exige mantener la reducción de emisiones como prioridad inmediata y preparar sociedades capaces de afrontar pérdidas duraderas. Cada fracción de grado evitada y cada año de sobrepaso reducido disminuyen la exposición al daño. Guattari y Boff ayudan a comprender la profundidad de esa tarea: transformar las relaciones económicas, las instituciones y las aspiraciones que orientan nuestra convivencia. Así las cosas, el cuidado de la Tierra deberá expresarse en decisiones verificables sobre energía, financiamiento, alimentación y territorio, mientras todavía conservamos posibilidades de evitar que más comunidades pierdan las condiciones de su existencia.

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Investigador del PUED-UNAM

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