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El reordenamiento del mundo se está concretando a golpe de acciones y hechos verificables, pero también de discursos y posicionamientos, es decir, tanto por actos contundentes de fuerza, como por alegatos para definir visiones que encuadren y legitimen las nuevas estrategias.
Escrito por: Enrique Provencio D.
Hemos atestiguado las ofensivas con las que el gobierno estadounidense busca reforzar su poder militar, económico y diplomático. Al principio, durante 2025, predominaron las respuestas defensivas y aisladas, con los gobiernos buscando minimizar los efectos probables del incremento de los aranceles, y emprendiendo negociaciones bilaterales para mitigar los daños.
Mas recientemente, el conocido planteamiento del Primer Ministro canadiense en el foro de Davós, el pasado 20 de enero, fue apreciado como un posicionamiento coherente de lo que puede hacer una potencia intermedia para salir avante frente a la ruptura del orden mundial, como lo definió el propio Mark Carney.
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El planteamiento inspiró a muchos países, no solo por plantar cara a la agresividad del presidente Trump contra Canadá, sino por las vías que sugiere para ampliar la autonomía estratégica de los países, de forma individual o por grupos. Definió una postura basada no solo en rutas de acción, sino también de valores y principios a favor del pluralismo, los derechos, la sustentabilidad ambiental, el multilateralismo, la diversificación y otros. La resonancia de las ideas de Mark Carney fue significativa, mostró una respuesta política y moralmente convincente para responder a la ofensiva del presidente Trump.
Luego vino la intervención del secretario de Estado de Estados Unidos en la Conferencia de Seguridad de Múnich, el pasado 14 de febrero, centrada en un llamado a los países europeos para defender la civilización occidental, a partir de su respaldo a las políticas estadounidenses.
Desde su inicio, y de manera inusual, se trata de un alegato articulado en una narrativa no tanto operativa sino ideológica, que busca racionalizar la política internacional de su gobierno. Las semanas previas, la mayoría de los países europeos habían dado una respuesta contundente a las intenciones estadounidenses de ocupar Groenlandia, de socavar a la OTAN y de seguir elevando los aranceles.
En ese contexto, Marco Rubio apareció en Múnich para proclamar una alianza basada en la historia y en las raíces humanas compartidas, para envolver con la retórica el llamado a proteger los mercados y territorios que Estados Unidos quiere conservar o recuperar.
El discurso pasó de un tono catastrofista, apocalíptico y hasta milenarista, a otro amenazante y paternalista, con notas melosas de seducción cultural y alabanzas a la cultura europea. Equiparó la situación actual a las amenazas soviéticas de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, con un mundo al borde de la destrucción, sobre todo a causa de los efectos de la globalización, a la que acusó de buscar un mundo sin fronteras nacionales y de incumplir sus promesas democráticas y económicas.
Es una lectura torcida de la historia, en la que Estados Unidos se proclama víctima de lo que promovió durante tantos años. De hecho, la globalización no buscó eliminar fronteras. La Unión Europea busca fronteras más fluidas, pero no la desaparición de las naciones que la componen. Ahora el gobierno estadounidense insiste que el dogmatismo se apoderó de los globalizadores, que, supuestamente, arremetieron contra su país para disminuirlo y minar su soberanía, como si el pensamiento único no hubiera sido promovido por las propias instituciones en las que ese país tenía y tiene un rol dominante.
Fue el mismo Estados Unidos el que promovió la desindustrialización o el que impulsó la relocalización hacia el exterior de su base manufacturera pesada, sobre todo la que demanda más energía, genera mayor contaminación atmosférica o más residuos, o la de procesos mecánicos o electrónicos convencionales, que pueden operarse con mano de obra menos calificada y de menor remuneración. Todo eso ahora lo califican como un robo a los estadounidenses, que en muchos casos significó el traspaso de plantas que dañaron el medio ambiente en los países receptores.
Aunque el Secretario de Estado aludió al comercio, la industria, la relocalización y las cadenas de suministro, aunque se refirió a la migración, al medio ambiente y a la crisis de la ONU, su eje fue el llamado a fortalecer una alianza para detener la crisis y para fortalecer su idea de civilización occidental. Esta queda acotada a Europa y a Estados Unidos, nada más, no a América en general ni a Canadá, tampoco a Australia y los otros que Angus Maddison llamaba los “clones occidentales”. Ni siquiera se refiere a toda la actual Europa, sino a su núcleo original, el del siglo XVIII.
Se trata de una concepción civilizatoria que no explica ni representa al mundo contemporáneo, luego de al menos siglo y medio de reacomodos y cambio de los pesos específicos de las regiones y países, de la diversificación demográfica y cultural del mundo contemporáneo. No lo hizo explícito, pero todo el alegato se articuló como un contrapeso al ascenso de China y la India.
También se trata de una trasnochada polarización Oriente – Occidente, donde los orientales están también en el continente americano, dentro de EU y Europa, y a los que se les reitera la declaración de guerra. Es no solo la guerra –aparentemente cultural, económica y tecnológica, pero también la de las armas, las convencionales, las nucleares y las nuevas y sofisticadas piezas del arsenal- contra los enemigos militares potenciales, sino también contra los enemigos internos, sean inmigrantes, intelectuales, ambientalistas o cualquier que según ellos encarne la decadencia, el declive , la deriva cristiana, blanca y petrolera.
La violencia y la declaración de guerra contra los inmigrantes no solo se soporta en la justificación soberanista, en el peligro de contaminación racial o en cualquiera de las razones operativas o de coyuntura, sino también, y sobre todo, en la sobrevivencia civilizatoria, con lo que justifican las medidas xenofóbicas y los crímenes de odio.
El llamado integra las estrategias militares, económicas (comerciales e industriales), migratorias, (anti)ambientales, tecnológicas y culturales, y en tal sentido, a las principales fuentes de poder mundial, en las que Estados Unidos y Europa han perdido peso relativo de manera irremediable.
No se necesita forzar mucho los paralelismos o las similitudes, pero a lo que llama Rubio es a una cruzada en pleno siglo XXI, a la defensa civilizatoria frente a los impíos, en una especie de intolerancia religiosa que en nombre de una conexión espiritual (las palabras no son una casualidad) por la defensa de un modo de vida, enmascara la ocupación de territorios económicos o de relevancia geopolítica.
Las prioridades que definió son, justamente, aquellas en las que la dominancia europeo – estadounidense está en riesgo, o ya avasallada en algunos casos: los minerales o recursos naturales críticos, la robótica y la fabricación flexible, las redes de suministro global, la economía del espacio exterior, la inteligencia artificial.
Sobre todo, y hasta se plantea abiertamente, está en juego “la cuota de mercado en las economías del sur global”, es decir, los mercados de la parte del mundo que más crecerá en lo que resta del siglo. Tras tanta retórica sobre la civilización y la cultura, lo que emerge es simple y sencillamente la necesidad de no seguir perdiendo ante China el control de mercados y territorios.
La invitación a recuperar la alianza con Europa fue retórica, pues se acepte o no, como lo dijo Rubio, de todos modos Estados Unidos seguirá con su programa, se sumen los que se sumen. Es un franco emplazamiento a la subordinación de Europa al interés estratégico del gobierno de Trump, bajo la mascarada de la defensa cultural de Occidente.
Hay al menos otros dos aspectos que se ratificaron en la exposición de Múnich: el rechazo al multilateralismo y a la acción ambiental. Rubio se regodeó en la incapacidad de la ONU para resolver los conflictos, pero es una impotencia generada desde el Consejo de Seguridad y desde el boicot de Estados Unidos. De hecho, lo que se ratificó fue el propósito de recomponer la ONU bajo el mandato de Trump, o de suplantarla parcial o totalmente con nuevas organizaciones de membresía controlada bajo su convocatoria, previa cuota de acceso, bajo la doctrina de un realismo internacional supuestamente superior a lo que califican como “abstracciones del derecho internacional”.
En el fondo del desprecio al multilateralismo, es la pretensión de la ONU de esta incluir en su proyecto de paz, seguridad, libertades y desarrollo a todas las naciones, norteñas o sureñas, orientales u occidentales, lo cual es absurdo desde la convicción de la supremacía WASP. La negación del internacionalismo cooperativo para el desarrollo, al parecer, forma parte esencial del supuesto proyecto de consolidación de la cultura occidental trumpiana.
El otro elemento que claramente incluyó Rubio en su programa es el rechazo tajante a las políticas ambientales, sin inhibiciones no limitaciones. Como lo vienen reafirmando una vez y otra, el gobierno estadounidense parte de que el interés por la protección ambiental es solo un subproducto de la globalización y una de las vías por las que se busca atacar a su país, disminuirlo para favorecer a otras naciones. En esta ocasión, el Secretario de Estado llamó “secta” a quienes impulsan políticas de cambio climático, y sostuvo que la mitigación de emisiones empobrece a Estados Unidos, lo cual es absurdo.
La exposición de Marco Rubio fue, a fin de cuentas, un intento de envolver el programa estadounidense con una justificación de salvamento de Occidente, partiendo de reconocer y hasta de magnificar la crisis y la pérdida de peso relativo frente a China. Tras las menciones a la cultura y la historia, lo que se decanta es la legitimación de la grosería, la prepotencia, la arrogancia en el trato a los otros países, incluyendo a los aliados, no solo a los adversarios o a los enemigos. Lo enfatizó el Secretario: “en Estados Unidos no nos interesa ser los cuidadores educados y ordenados del declive controlado de occidente”.
Al mismo tiempo, y de ahí surge el interés que provocó en muchos, el discurso racionaliza el desencanto, la desesperanza y la frustración que experimentan las fuerzas que nutren el auge de las derechas, que alimentan el voto republicano y el de los partidos europeos en auge, y que abiertamente apoya el gobierno de Trump. Saliendo de Múnich, Rubio acudió a un acto de apoyo abierto a Orbán, el dirigente derechista húngaro, el huevo de la serpiente que muerde desde su propia placenta a la Unión Europea. Esos votantes ya no tienen solo una pulsión conservadora, ahora tienen una misión civilizatoria, o, mejor aún, una misión salvadora del núcleo originario de la cultura occidental, sea esta lo que sea según credo Trumpiano.
Ahora está por verse cómo se rearticula un discurso de futuro desde una perspectiva propiamente europea, no desde esa lectura tan interesada, limitada y sesgada como la del discurso de Múnich. Hay un proyecto europeo vivo y atractivo, a pesar de las tribulaciones que cruzan a la Unión Europea, que se soporta en los éxitos indudables de muchas generaciones, y en el pensamiento ilustrado que sigue moviendo a sus sociedades. Y sigue faltando, por supuesto, una respuesta organizada y argumentada de los países de alcance intermedio, o de las organizaciones que los representan, que proyecte una lectura alternativa del mundo y del futuro cercano.
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