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La educación en México: la niñez como ausencia estructural

Pensar el estado de la educación en México exige desplazar el análisis desde los indicadores convencionales -cobertura, eficiencia terminal, resultados estandarizados- hacia una interrogación más radical: ¿Qué tipo de relación establece el sistema educativo con la niñez como forma de existencia? La pregunta es ontológica y política. En ello, lo que está en juego es la capacidad del Estado y de la sociedad para reconocer a niñas, niños y adolescentes como sujetos plenos de derecho, cuya experiencia del mundo no puede ser subordinada a las lógicas instrumentales de la escolarización.

Escrito por:  Saúl Arellano

En México, el sistema educativo ha sido históricamente concebido como un mecanismo de integración nacional y de movilidad social. Sin embargo, esta promesa ha quedado progresivamente erosionada. La educación no ha logrado constituirse en un vehículo universal para la formación de ciudadanía plena, en el sentido profundo de la constitución de sujetos capaces de habitar el espacio público con agencia, reconocimiento y dignidad.

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Las fallas que hay en esta materia constituyen una dislocación estructural: la educación mexicana no ha sido pensada desde la niñez, sino desde su administración y pretensiones de control y disciplinamiento. La infancia aparece como objeto de intervención, no como horizonte de sentido. En este desplazamiento se pierde algo esencial: la posibilidad de que la educación sea un espacio de cuidado en sentido fuerte, es decir, un ámbito en el que la vida en formación es reconocida en su radical apertura, en su vulnerabilidad constitutiva y en su potencia de mundo.

La ausencia de una perspectiva de niñez en el sistema educativo se manifiesta, en primer lugar, en la débil incorporación del principio del interés superior de la niñez como criterio rector de las decisiones pedagógicas y organizacionales. Las decisiones curriculares, las políticas de evaluación y las dinámicas escolares continúan orientadas por lógicas adultocéntricas que privilegian la estandarización, el control y la eficiencia sobre la experiencia vivida de las y los niños y adolescentes.

En segundo lugar, el derecho de prioridad, que implica otorgar precedencia efectiva a las necesidades de la niñez en la asignación de recursos y en el diseño institucional, no se traduce en prácticas concretas. La persistencia de escuelas con infraestructura precaria, la desigualdad territorial en la calidad educativa y la insuficiencia de apoyos para estudiantes vulnerables, evidencian que la niñez no ocupa, en los hechos, el lugar prioritario que el discurso jurídico le asigna.

Esta situación se agrava en el contexto de las transformaciones tecnológicas contemporáneas. El mundo digital ha reconfigurado de manera profunda las formas de aprendizaje, socialización y construcción de sentido. La niñez habita hoy un ecosistema mediático caracterizado por la simultaneidad y la hiperconectividad. Frente a ello, el sistema educativo mexicano ha mostrado una notable incapacidad para adaptarse con la velocidad y profundidad que estas transformaciones exigen.

El reto se encuentra en repensar las mediaciones pedagógicas en un entorno en el que el conocimiento no se organiza de manera lineal ni jerárquica. La escuela se encuentra desfasada respecto de las formas contemporáneas de producción y circulación del saber. Esta disonancia genera una experiencia de extrañamiento para las y los estudiantes: la escuela no es un espacio significativo y se presenta como una obligación desvinculada de su mundo de vida.

La lentitud en la actualización de los planes de estudio y en la transformación de las estrategias pedagógicas refleja, nuevamente, la ausencia de una ética del cuidado. Cuidar implicaría atender con urgencia las condiciones en las que la niñez construye su relación con el conocimiento y con los otros; y reconocer que la educación no puede permanecer indiferente ante las mutaciones culturales y tecnológicas que atraviesan la experiencia infantil.

Pero la crisis es aún más profunda. La educación mexicana no solo falla en su adaptación a cambios externos: también reproduce formas de violencia simbólica que limitan la constitución de subjetividades libres. La estigmatización de ciertos estudiantes, la normalización del “fracaso escolar” y la invisibilización de las diferencias culturales y socioeconómicas configuran un entorno que contradice la promesa de inclusión.

Estas dinámicas tienen consecuencias de largo alcance. Una educación que no reconoce a la niñez como sujeto de cuidado difícilmente puede formar ciudadanas y ciudadanos capaces de reconocer a otros en su dignidad. La fractura ontológica del cuidado se traduce, así, en una fractura de la comunidad política: se debilitan los lazos de reconocimiento mutuo que sostienen la vida democrática. Frente a este panorama es necesario reconfigurar el fundamento mismo del sistema educativo nacional. Esto implica, en primer lugar, situar a la niñez en el centro de la reflexión y de la acción educativa, como experiencia concreta y plural. Implica también asumir el cuidado como principio organizador, entendido como una relación ética que reconoce la alteridad y la vulnerabilidad.

Asimismo, es indispensable acelerar los procesos de transformación curricular y pedagógica, incorporando de manera crítica las tecnologías digitales y promoviendo formas de aprendizaje que articulen conocimiento, experiencia y comunidad. Esta transformación debe ir acompañada de una redistribución efectiva de recursos que garantice condiciones dignas en todas las escuelas.

Finalmente, la reconstrucción de la educación como espacio de formación de ciudadanía plena requiere una apuesta política sostenida; ello exige una reorientación profunda que reconozca en la niñez no un problema a gestionar, sino una promesa de mundo. Solo en la medida en que la educación sea capaz de acoger esa promesa, de cuidar la vida en su devenir, podrá contribuir a la construcción de una sociedad verdaderamente democrática.

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Investigador del PUED-UNAM

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