Las y los influencers y la violencia en México - Mexico Social

Escrito por 5:11 am Saúl Arellano • 3 Comentarios

Las y los influencers y la violencia en México

Influencers. Imagen generada con Ai

En los últimos años, México ha sido testigo de un fenómeno, por decir lo menos, perturbador: la vinculación de algunos de los y las influencers mexicanas, con actos de violencia extrema.

Escribe: Saúl Arellano

Casos como el de la influencer “Yosstop”, acusada y procesada por la difusión de material videográfico con escenas de una agresión sexual a una adolescente; el del controvertido “Fofo Márquez”, cuya retórica violenta y la brutal agresión cometida en contra de una mujer, lo que ha generado generado rechazo generalizado; y el de Marianne Gonzaga, acusada de atacar con un arma blanca a otra joven, causándole lesiones graves y que ponen en riesgo su vida, han avivado un debate público sobre la relación entre fama y crimen.

Estos episodios no solo exponen la oscura intersección entre la notoriedad digital y la violencia, sino que también nos exigen examinar las estructuras sociales y culturales que permiten que estas figuras florezcan. ¿Por qué estos personajes acaparan la atención? ¿Qué nos revela su ascenso en popularidad entre amplios sectores de la sociedad mexicana y su relación con la violencia?

La fascinación con el agresor: entre la transgresión y el carisma oscuro

El atractivo que ejercen estos influencers se enmarca en una dinámica en la que la violencia y la transgresión dejan de ser un tabú para convertirse en un “bien de consumo”. La violencia, en su expresión más cruda, ha sido siempre un imán para la atención, pero en la era digital, su estetización y espectacularización alcanzan nuevos niveles.

George Steiner, en su exégesis sobre el mal y su recurrencia histórica, podría haberse detenido en este fenómeno para analizar cómo la figura del agresor, lejos de ser execrada, adquiere un “aura de carisma”, perturbador. En la fascinación por estos personajes se esconde el eco de la hipótesis girardiana del chivo expiatorio: los individuos que transgreden las normas encarnan simultáneamente el deseo reprimido y la condena social. Nos repugnan, pero también nos seducen.

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El criminal que se ostenta como tal, que desafía las estructuras de poder tradicionales y se erige en un nuevo símbolo de auténtico dominio sobre la vida y la muerte, actualiza una larga tradición de figuras liminales que oscilan entre la admiración y el rechazo. Desde los bandidos sociales hasta los caudillos de la modernidad, la fascinación con el agresor se alimenta de una narrativa donde la fuerza y la impunidad se convierten en símbolos de ascenso.

Walter Benjamin describió la estetización de la violencia como una de las manifestaciones más insidiosas del totalitarismo. En el caso de las y los influencers, la estetización de la transgresión adquiere una función comercial: la violencia se convierte en un insumo de mercado, en un signo de “autenticidad” dentro de un espacio digital dominado por la mera apariencia. En nuestra modernidad tardía, la verdad se disuelve en la espectacularización de la existencia.

Contextos criminogénicos: violencia como producto social y tecnología del poder

Para comprender la proliferación de estos personajes, es necesario analizar los contextos criminogénicos que los engendran. México, con sus altos niveles de impunidad, desigualdad extrema y una profunda desconfianza en las instituciones, configura un entorno en el que la ilegalidad no es una anomalía, sino un modo de supervivencia y de ascenso social.

Michel Foucault, en su análisis del poder y la disciplina, nos recordaría que la criminalidad no es un fenómeno aislado, sino el producto de estructuras de control que definen lo permitido y lo prohibido en un contexto específico. La violencia, cuando se convierte en moneda de cambio para la fama, ya no responde solo a la ausencia del Estado o a la debilidad de las instituciones, sino a un régimen discursivo que normaliza la transgresión como estrategia de legitimación.

El panóptico digital de las redes sociales reconfigura las relaciones de poder: ya no es el Estado el único vigilante, sino que el público mismo participa en la generación y reproducción del discurso criminal. La visibilidad de estos influencers no es un error del sistema, sino una consecuencia de su lógica interna. La espectacularización de la violencia se configura de ese modo como un dispositivo de control que perpetúa la desigualdad al presentar el crimen no como una tragedia social, sino incluso como una narrativa de éxito.

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Desde una mirada criminológica, la fascinación por estos influencers no es fortuita: en un país donde la violencia es una vía de acceso al poder, su glorificación responde a una lógica estructural. En un contexto donde las estructuras legales parecen disueltas, donde el crimen organizado coexiste con el Estado en una relación de simbiosis perversa, no es extraño que figuras vinculadas a la violencia encuentren un terreno fértil para la fama.

Hacia una crítica cultural de la violencia

Los casos de “Yosstop”, “Fofo Márquez” y Marianne Gonzaga son, además de episodios mediáticos “viralizados”; son síntomas de una mutación cultural donde la violencia se ha consolidado como una mercancía más en diversos mercados, y predominantemente, el del entretenimiento barato y vulgar de las redes sociales. Por esta razón, la crítica cultural debe ir más allá del escándalo inmediato y adentrarse en la semántica profunda de nuestra relación con el mal.

Steiner nos recordaría que la violencia, cuando se instala como discurso dominante, penetra todos los estratos de la experiencia humana. En una era de sobreexposición digital, la violencia ya no se experimenta en su inmediatez traumática, sino como una textura estética. Se la consume, se la comparte, se la estetiza hasta que su esencia queda disuelta en la banalidad. Esta trivialización es precisamente lo que Arendt denunció: el mal ya no necesita de una justificación ideológica; le basta con su reproducción mecánica y banal en la vida cotidiana.

¿Cuál es el siguiente paso en esta mutación cultural? Si seguimos exaltando figuras cuyo único mérito es su capacidad de transgredir, sin consecuencias, ¿qué futuro nos espera? La pregunta es incómoda, pero ineludible.

Investigador del PUED-UNAM

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