En los años de confinamiento, experimentamos un cambio radical. Nos adaptamos a nuevas circunstancias y nos digitalizamos. De manera casi inadvertida, comenzamos a vivir detrás de la pantalla.
Escrito por: Mauxi Sánchez Fernández
No solo trabajamos o estudiamos en línea; también celebramos cumpleaños a través de videollamadas, expresamos condolencias por mensajes y dejamos de encontrarnos en lugares públicos como pasillos, parques o plazas. Guy Debord lo resumió de manera contundente: “todo lo que alguna vez fue vivido directamente se ha convertido en una representación”.
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Las pantallas, que antes eran meras herramientas, se transformaron en nuestro nuevo entorno. Un espacio cómodo, inmediato y, a menudo, adictivo. Al igual que en la alegoría de la caverna de Platón, observamos sombras creyendo que eran la realidad. Aunque surgieron luces —mayor acceso a la información, más libertad creativa, nuevas redes de comunicación— también emergieron sombras más pesadas: infoxicación, ansiedad, polarización y una creciente fatiga emocional.
¿Qué perdemos al desconectarnos de los demás?
El aislamiento social no es siempre evidente de inmediato. Puede parecer liberador al principio: sin interrupciones, sin exigencias, todo “a un clic”. Sin embargo, con el tiempo, se deterioran aspectos fundamentales: la empatía, el sentido de pertenencia y la capacidad de disentir con respeto.
Muchos jóvenes que pasaron años frente a una pantalla ahora enfrentan obstáculos para hablar en público, colaborar en equipo o incluso interactuar sin ansiedad. Este distanciamiento ha dejado marcas que no se borran con un simple “volvamos a la normalidad”. Nuestro cuerpo, voz y mirada necesitan reencontrarse para reconstruir los vínculos.
El pensamiento crítico: Un antídoto ante el ruido
En este panorama, recuperar el pensamiento crítico se convierte en una necesidad urgente. No solo para aprender de manera más efectiva, sino para vivir de forma más plena. Pensar críticamente implica cuestionar antes de compartir, analizar antes de opinar e imaginar antes de repetir.
T. S. Eliot planteó esta cuestión así: “¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento? ¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?”
En una sociedad digital caracterizada por la inmediatez y la fugacidad, pensar se ha transformado en un acto de resistencia. Es una forma de no dejarnos arrastrar por corrientes de odio, miedo o indiferencia. El pensamiento nos ofrece la oportunidad de elegir, construir y crear comunidad.
Volver a estar presentes: Un acto de reconstrucción
Sin embargo, no es suficiente con pensar. Necesitamos volver a ocupar el mundo real. Volver a tocarnos, mirarnos y escucharnos. Redescubrir el valor de los espacios compartidos: una biblioteca, un taller, una plaza, una conversación cara a cara.
La presencialidad trasciende lo logístico; es profundamente simbólica. Es el espacio donde se forjan vínculos duraderos, donde se genera confianza y donde aprendemos a convivir. En una reunión en persona, por ejemplo, no hay filtros ni emojis: hay gestos, pausas y silencios que también comunican. Y eso —justamente eso— nos hace humanos.
¿Por qué pensar? ¿Por qué volver a encontrarnos?
Para sanar. Para reaprender a vivir juntos. Para ser parte de algo más grande que nuestro propio feed personal. Para comprender que el futuro no se construye de manera aislada y que la imaginación crítica es una de nuestras herramientas más poderosas frente al caos.
Hoy, más que nunca, resuenan las palabras de Italo Calvino: “La memoria es como una red de caminos. Sin ella, uno se pierde en su propia ciudad.”
Pensar, recordar, imaginar… Y mirar —más allá de la pantalla— el mundo que aún podemos habitar.
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